I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.

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