Trigo y cizaña

Me pareció muy sugerente el evangelio que leímos ayer en misa, en concreto la parábola que utiliza Jesús para ilustrar cómo en nuestra vida lo mejor está siempre mezclado con lo peor: el trigo y la cizaña. No debemos arrancar la cizaña sin cuidado y a destiempo, o quitaremos el trigo con ella. Hay que esperar a la siega.

Lo mismo sucede con nosotros: lo mejor convive con lo peor y a menudo resulta difícil separarlo completamente. Incluso las cosas que hacemos con buenas motivaciones tienen a veces motivos ocultos y menos honrosos.

Últimamente he meditado especialmente sobre este carácter ambivalente del ser humano: cómo somos capaces de lo más grande y bello, y al mismo tiempo somos capaces de lo más vil y horrible. Tenemos una existencia paradójica.

Como dice el dicho popular, tenemos que intentar “no meter cizaña”, o no más de la que ya hay, y como dice otra parábola de Jesús, se nos invita a plantar nuestra semilla en tierra buena para intentar dar fruto. No obstante, también tenemos que ser conscientes de esa cizaña que, incluso sin quererlo, crece junto a nuestro trigo. No para desesperarnos o fustigarnos, sino para ser honestos con nosotros mismos.

En tiempos difíciles, como los que ahora vivimos, es importante ser consciente de los propios límites y debilidades y quererse a uno mismo a pesar de ellos, y con ellos. Es decir, tenemos que seguir cuidando nuestro trigo, pero siendo conscientes de que también tenemos cizaña. Sin hacer este ejercicio, difícilmente vamos a poder construir una sociedad sana. Por desgracia, muchas veces nos quedamos en ver la cizaña ajena y no la propia (como también dice el evangelio, por cierto: vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio…).

Quiérete, con todo. Intenta mejorar, pero sé consciente de tus pobrezas. Espera a la siega para quitar la cizaña, y mientras tanto, sin obsesionarte con ella, al menos sé consciente de que está ahí.

#CapitalismoAExamen: 8. Pobreza navideña

Estos días he recibido varias veces el meme (un poco “hater”) que pone: “para todos aquellos que os pasáis con las luces de Navidad, recordad que Jesús nació en Belén, no en Las Vegas”. No estoy contra las luces de Navidad (de hecho, en mi casa tenemos varias puestas), pero creo que bajo esa frase se esconde una gran verdad.

Una de las cosas que el mal uso del capitalismo ha generado es la obsesión por el postureo, que todo llame la atención (para ser comprado, por supuesto…). Este espíritu a veces contamina la Navidad, cuando nuestra obsesión se centra en lo llamativos que sean los adornos, vaciándolos de contenido.

Pero precisamente en Navidad celebramos todo lo contrario: la humildad y la pobreza de nuestro Dios, hecho niño y nacido en un establo (no digo pesebre, que lo tenemos tan interiorizado, que no nos paramos a pensar en lo que significa), entre animales. Al ser mi primera Navidad después de haber sido madre, empiezo a entender que la imagen de María dando a luz en el establo es todo menos bucólica… a mí desde luego no me habría motivado mucho tener que dar a luz en esas condiciones.

Y sin embargo celebramos en Navidad una gran riqueza: que el amor, aun siendo pobre en todo lo demás, es rico en sí mismo. Dios no necesita nada más porque su amor es lo que realmente vale. Y ese amor humilde atrae a todos, pastores y magos, pobres y ricos, que van a ofrecerle sus dones.

El próximo día trataré sobre el valor de los regalos, pero hoy quisiera detenerme en la pobreza. No dejemos de festejar, de adornar y de poner luces en estas fiestas, no se trata de eso. Pero tampoco olvidemos que la Navidad va de un Amor que se ofrece en la pobreza. Si olvidamos esto, las luces nos habrán apartado de la verdadera Luz.

Quizá me replicaréis que nosotros no podemos vivir una Navidad en pobreza, puesto que tenemos de todo. En parte, es verdad. No obstante, en estos días pensaba que todos tenemos pobrezas que abrazar y con las que celebrar la Navidad, como el niño en el portal de Belén. No siempre son pobrezas materiales, pero siempre tenemos pobrezas personales. En días que pasamos tanto tiempo con nuestra familia, todos disfrutamos las riquezas de los demás, pero también tenemos que aprender a convivir con las pobrezas propias y ajenas. Este es el primer año que me he dado cuenta de que celebrar la pobreza pasa también por ahí: por acoger con cariño los límites que todos tenemos y entender que las celebraciones en familia (y entre amigos, y con quien sea, porque todas las personas somos limitadas) pasan por ellos. Quizá sea un tiempo para aprender a no instalarnos en la queja, sino celebrar en pobreza la riqueza que nos une, que siempre es mayor: el amor de unos por otros, que nace del Amor de ese niño (y de sus padres) que apostaron por la verdadera Luz, aunque en su portal no tenían luces de colores.

No quites las luces, pero que no te despisten de la Luz. ¡Feliz Navidad!

Sabiduría de un pobre

He estado leyendo de nuevo el libro Sabiduría de un pobre. Ya os lo he citado un par de veces, porque me encanta. En una historia aparentemente sencilla y muy fácil de leer, en realidad se nos está transmitiendo la verdad más difícil: cómo ser pobre de espíritu, pobre de verdad.

Como hoy estoy un poco mareada y poco centrada para escribir, y también porque la obra es una joya en sí misma que no requiere ningún comentario, os dejo uno de los fragmentos que más me han dado que pensar esta vez (ya es la segunda vez que me leo el libro y creo que ha pasado a estar entre mis favoritos). Espero que a vosotros también os deje alguna cosilla para rumiar esta semana (los resaltados son míos):

«-Pero en el mundo -contestó Tancredo- están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

-Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es precios aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta”. Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle.

[…] El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero, ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. […] Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”» (Éloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Encuentro, Madrid 2018, pp. 114-116).