I.E. #11: ¿Hay una crisis económica y educativa o una crisis de la persona?

Disculpad que haya descuidado un poco el blog últimamente, he estado algo liada. Retomo hoy vuestras preguntas existenciales con esta inquietud sobre la crisis actual. La persona que me la mandó la ponía en relación con la Universidad, preguntándose si su finalidad es diseñar buenos formadores o bien generar máquinas de producir libros y artículos académicos. En el fondo, esa pregunta nos sirve para todo hoy: ¿estamos en una crisis concreta o en una crisis más general, una crisis de la persona?

Me inclino más bien por la segunda opción: se trata de una crisis de la persona, una crisis general que lo impregna todo y por eso la vemos ejemplarizada cada uno en nuestro entorno más inmediato. “Crisis” no tiene por qué significar directamente “hecatombe” (aunque en algunos casos sí lo sea), sino, más en general, “cambio”. Cuando entramos en crisis suele ser porque algo ha cambiado y no nos hemos adaptado a ello. Necesitamos, entonces, resituar nuestra vida, y ese proceso suele costar bastante trabajo.

Quizá lo que ocurre hoy es precisamente eso: más allá de las situaciones difíciles y malas que está viviendo la humanidad, que las hay, lo que desde luego nos está ocurriendo es que todo ha cambiado con mucha rapidez y no hemos hecho todo el proceso necesario para adaptarnos críticamente a ello. Nos hemos dejado llevar por el avance técnico, por los cambios sociales, por las nuevas posibilidades abiertas para la humanidad, y hemos adaptado nuestros valores a todo ello, sin haber profundizado en cómo vivirlo adecuadamente para no perder el norte.

Así, me parece que lo que nos falta es ese horizonte, ese “norte” que nos guíe. Tenemos muchos valores positivos, pero a veces falta algo que les dé unidad y coherencia y que nos permita jerarquizarlos.

En el ejemplo que decía esta persona de la Universidad, sucede también esto: como ahora nuestra investigación puede tener un impacto mayor que antes y llegar más rápido a todos los lugares, y como valoramos la eficiencia en otros ámbitos, asumimos a veces acríticamente esa necesidad de impacto y de eficacia y acabamos generando un sistema que nos sumerge en una vorágine de publicaciones y de criterios un poco “tiquismiquis”, que ponen más el foco en cuestiones burocráticas que en la calidad de la investigación. En teoría todo esto surgió para asegurar dicha calidad, pero en la práctica a veces desvía de ello.

Lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida: valoramos la tecnología, pero en vez de utilizarla sabiamente acabamos siendo esclavos de ella. Valoramos hacer bien nuestro trabajo, pero a veces nos lleva al extremo de descuidar la relación con la gente que queremos. Valoramos nuestros ideales y luchamos por ellos, pero a veces no nos detenemos a pensar que hay más ideales y que hay que ponerlos en diálogo, o que hay que saber priorizar qué cosas son más importantes. Valoramos el cariño a nuestros hijos, pero se nos olvida que también hay que educarlos y eso pasa por poner límites…

Quizá hay una crisis de la persona porque nos hemos ido sumando a muchas cosas sin habernos hecho cada uno como personas. Nos falta solidez, nos falta criterio, nos falta horizonte. No siempre, claro está, pero muchas veces sí. Y desde luego eso es a lo que se nos aboca, porque la sociedad funciona de tal manera que nos empuja en esta dirección: a ser “líquidos”, en vez de sólidos.

Está fenomenal afrontar los cambios y hacerlos nuestros, pero con criterio. Hoy dejo más preguntas que respuestas, pero quizá ese criterio pasa por preguntarnos con más seriedad adónde vamos con todo esto… adónde vamos con las publicaciones, en el caso universitario, si realmente a mejorar a las personas y contribuir a su crecimiento o a sumar títulos a nuestro CV; adónde vamos con nuestro trabajo, si a generar solo dinero o a contribuir a mejorar la sociedad; adónde vamos con todo lo que tenemos y lo que queremos tener… si es para contribuir al enriquecimiento de nuestra vida o si a veces nos distrae de lo que es esencial.

Hoy, que es día de elecciones, espero que tanto nosotros como nuestros políticos nos hayamos preguntado adónde estamos yendo y adónde queremos ir en realidad. La crisis empieza por no tenerlo claro… o, mucho peor, poner tener claro un supuesto “adónde” que no es el idóneo, y así nos acaba yendo.

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I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.

I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?

I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

I.E. #5: ¿Existe el mal para hacernos conscientes de cuál es el bien?

Alguien me envió esta inquietud: «¿Dios nos pone en nuestro camino a gente que parece que la enfermedad y la adversidad se ceba con ella para que veamos qué es importante y qué no lo es en la vida?» Dura, ¿eh? Pero totalmente lógico planteársela… todos conocemos personas en las que parece que la adversidad se concentra en determinados momentos de su existencia. Y no puede sino surgirnos la pregunta de por qué eso es así, y si el sentido de ello es que aprendamos a valorar la vida y lo que es más importante en ella.

A esta pregunta yo respondería en primer lugar que no, pero luego matizaría que sí, en otro sentido. Os explico: pienso que Dios no es quien nos envía los males, las enfermedades, las adversidades, las desgracias… todo esto es propio de una existencia limitada como la nuestra y se agrava con el mal que cometemos las personas y repercute en los demás. Es decir, todo esto viene sin más, no es que Dios quiera enviarnos los males para darnos una lección.

Dios no actúa en nuestro mundo como un titiritero moviendo los hilos. Nos ha hecho libres en un mundo autónomo. Ahora bien, esto no significa que Dios permanezca de brazos cruzados frente a lo que ocurre en el mundo. A través de lo que sucede él siempre se hace presente para encaminarlo todo desde dentro al bien. No debemos identificarlo con las causas concretas de lo que ocurre, sino que su providencia se sitúa en un nivel superior, trascendente, y actúa a través de esas otras causas (por eso decimos siempre que Dios actúa a través de nosotros en beneficio de los demás).

Y aquí viene la segunda parte de mi respuesta: aunque Dios no “envía” esos males a la persona para que nosotros distingamos el bien del mal, sí intenta que aprendamos de su situación a hacer esa distinción. No es lo mismo decir que Dios quiere el mal para llevarnos al bien, que decir que Dios aprovecha el mal (que ya hay y que no es causa suya) para intentar encaminarnos desde ahí hacia el bien. Su providencia es su cuidado de nosotros a través de todo lo que pasa. Por eso incluso cuando lo que ocurre es malo Dios sabe encontrar modos de ayudarnos a superarlo, aprender de ello y encaminarnos más al bien. ¡Pero ojalá pudiera hacer esto mismo desde una situación buena, sin necesidad de que el mal se meta por medio!

Este texto que leí hace unos días lo refleja muy bien:

“…en realidad Dios no nos manda desgracias, sino que está tan cerca del que las sufre que las asume como proyecto suyo para aquel que ha de vivirla. De lo que siempre podemos estar seguros es de que en todo cuanto nos sobreviene, Dios se complica, se ocupa, lo convierte en su interés… e interviene. En ese sentido sí podemos afirmar que es ‘su voluntad’, porque todo su querer está implicado. Pero no en el sentido de que él es la causa directa de lo que está aconteciendo” (Nurya Martínez-Gayol ACI, El sentido apostólico de la adoración, Sal Terrae, Madrid 2018, pp. 102-103).

“…adorar significa reconocer esa posibilidad de Dios de rehacer nuestros caminos, nuestros planes, nuestros proyectos, y dotarlos de sentido, pase lo que pase. Cuando los planes se vienen abajo, por debilidad, por fragilidad, a causa de las libertades de otros, de desgracias naturales o de acontecimientos que nos sobrepasan, adorar nos da la posibilidad de creer que Dios se reinventa para nosotros y nos ofrece una y otra vez un nuevo camino, como propio y personal. Adorar nos invita a creer que aquello que tenemos que abrazar porque la vida nos lo impone y no nos queda más remedio, él está dispuesto a transformarlo en camino de salvación. […] el dolor de no haber podido recorrer el camino que deseábamos no se quedará sin sentido” (ibíd., p. 104).

La autora habla de “adorar” porque el libro trata sobre la adoración. En todo caso, su reflexión nos viene muy bien para el tema de hoy. Donde pone “adorar” podemos poner también “orar” o “relacionarnos con Dios”… la idea es que Dios no nos envía el mal, pero ante las frustraciones de la vida nos ayuda a buscar un sentido y reconstruir nuestro camino. Creo que, al menos casi siempre, el sentido no es algo que venga de las cosas mismas, sino que nosotros lo buscamos. El mal que sufrimos o vemos a otros sufrir no tiene sentido por sí mismo… se lo podemos dar si decidimos partir de esa situación hacia un horizonte de amor y de crecimiento personal.

Por eso, no justifiquemos las cosas malas como si fueran necesarias para aprender a distinguir, valorar y elegir el bien. Es cierto que a veces no nos damos cuenta de lo que es importante en la vida hasta que no nos suceden desgracias (por cierto, sería interesante plantearnos por qué…) y en ese sentido ese puede ser un momento importante de revelación y de aprendizaje. Pero no significa que esas cosas suceden por una especie de designio superior. Eso sí, cuando vengan, aprovechémoslas para crecer. Nunca está todo perdido y nunca perdemos la capacidad de rehacernos. Dios siempre tiene esperanza en nosotros… tengámosla también.

Las cosas que nos preocupan

Hace unos meses mandé un Whatsapp a bastantes de mis contactos pidiéndoles que me dijeran qué preguntas existenciales se hacían o qué inquietudes existenciales tenían (también valían las cosas que les preocuparan o importaran, la pregunta era bastante abierta). Obtuve 36 respuestas, alguna de ellas de gente a la que no conozco y que contestó porque otra persona le envió mi mensaje. Según me iban contestando, fui anotando todas esas inquietudes en un documento de Word y me pareció muy interesante lo que estas personas compartieron conmigo.

Pasado ya algún tiempo, he vuelto a acudir a ese Word para releer las respuestas que me enviaron. Ha sido una experiencia bonita y muy motivadora ahora que comienza el curso y tengo que intensificar mi ritmo de estudio. A veces me da la sensación de que «no hago nada» cuando muchas horas de lectura, estudio, escritura y reflexión personal no parecen llevar a algo concreto o algo nuevo (o, al menos, no inmediatamente). Nuestro mundo va muy rápido y la Teología va despacio. No obstante, este «espejismo» se disipa cuando veo que todos nos seguimos planteando las mismas preguntas que se lleva haciendo la humanidad desde que existe, que nos va la vida en esas preguntas y que precisamente tanto la Filosofía como la Teología no tienen otra motivación que explorarlas e intentar darles respuesta.

La aceleración de vida que llevamos nos induce a pensar que hay que privilegiar lo urgente, lo eficaz, lo que resuelve problemas concretos aquí y ahora… muchas veces a costa de otras cosas que son incluso más importantes. Sin embargo, gracias a las 36 personas que me han contestado, sigo manteniendo la esperanza de que no siempre nos dejamos llevar por la superficialidad y la prisa, sino que seguimos haciéndonos, aunque sea de vez en cuando, las preguntas importantes: cuál es el sentido de nuestra vida y de todo lo que nos rodea, por qué y para qué estamos aquí, cómo vivir la vida para que no pase ella por nosotros sino que seamos nosotros los que la vivamos plenamente, si existen el bien y el mal, si somos libres o el destino está establecido, qué sucede después de la muerte, qué sentido tiene el sufrimiento, quién soy yo y cómo puedo crecer como persona, cómo vivir con coherencia, por qué existe el mal si Dios es bueno, cómo ser felices, cómo afrontar lo que le suceda a nuestros seres queridos… estas y muchas otras recibí después de aquel Whatsapp. Para mí, demuestran que la vida tiene mucho de misterio y que hay muchas cuestiones que nos preocupan que requieren ir más allá de lo que simplemente damos por hecho, es decir, que piden un camino interior.

Como agradecimiento a estas personas, he decidido explorar alguna de sus preguntas en el blog de forma periódica. Durante este curso, dedicaré una entrada cada quince días a los temas que me plantearon. No prometo responder a sus preguntas, porque en realidad cada uno debe respondérselas a sí mismo; pero sí quiero compartir las luces que la Filosofía y la Teología han arrojado sobre mis inquietudes, por si os sirven como ayuda o incentivo para contestar las vuestras propias, para recorrer vuestro propio camino. Ya sabéis lo que pienso: la vida es un peregrinaje y «se hace camino al pensar».