Cuídate siempre, no solo «in extremis»

Hace unas semanas pedí cita con mi fisioterapeuta. Hacía mucho que no iba a tratarme con ella y durante el verano había tenido épocas en las que me molestaban algunas zonas de la espalda y el cuello. Lo curioso es que en los días anteriores a pedir la cita no me dolía nada, por lo que me planteé si ir o no. Al final, decidí ir para empezar el curso con una buena «puesta a punto». Resulta que cuando la fisio me empezó a masajear la espalda, encontró varios puntos en los que había bastante tensión acumulada y hasta me puso ventosas para aliviarla. Después de la sesión me noté mucho más relajada.

Hace un tiempo mi decisión hubiera sido distinta. Habría pensado: «¡Bah, no me duele nada ahora mismo, no voy y así ahorro, ya iré cuando de verdad me duela!» Claro que, cuando «de verdad te duele», cuando te duele mucho, vas y no basta con una sesión por la cantidad de contracturas que tienes. Cuando ya estás mal, hace falta mucho trabajo para conseguir esa «puesta a punto» que deseas.

La primera vez que fui al fisio (por entonces era uno distinto) lleva muchísimo tiempo teniendo molestias en la espalda, pero me acostumbré a vivir así y no lo notaba demasiado. Se hacía más patente en épocas de estrés y al hacer ejercicio: corría encogida, como con los hombros hacia arriba, porque estaba agarrotada. Después de ir (evidentemente, varias veces) noté un cambio bastante grande: corría más estirada, con una postura más cómoda sin necesidad de forzarla y no sentía tantas molestias en la espalda. Volví a caer en la tentación de pasar del tema y aguantar hasta estar mal otra vez, pero de un tiempo a esta parte decidí que ir al fisio me hacía mucho bien como para no aprovecharlo. Tampoco voy todo el tiempo, porque no tengo ningún problema serio que necesite rehabilitación, pero creo que he ido aprendiendo a cuidar mi espalda más a menudo para estar lo mejor posible y no esperar a tener una tensión flipante para ir a tratarme.

Esto que os acabo de contar no os parecerá raro. Al fin y al cabo, hoy somos bastante sensibles con el tema del cuidado de nuestro cuerpo. Pero yo os pregunto: ¿lo somos también con el cuidado de nuestro espíritu, de nuestra psique, de nuestras emociones, de nuestras relaciones? Me parece que tendemos a esperar a estar «in extremis», destrozados o desesperados por algo, para empezar a pensar en que deberíamos cuidarnos. A veces los malestares se van instalando en nuestro interior sin darnos cuenta de que están ahí y un día estallan y nos encontramos fatal. ¿No nos iría mejor cuidándonos siempre, pidiendo ayuda cuando la necesitemos en pequeñas cosas, para sanarnos poco a poco, en vez de esperar la debacle?

Evidentemente hay situaciones en la vida que no podemos prever, que nos quiebran y necesitan un largo proceso de recuperación. En el ejemplo del fisio, sería como la rehabilitación necesaria tras un accidente. Pero hay otros casos en los que el colapso no se debe a algo puntual y externo, sino a que nos hemos descuidado a nosotros mismos. Estos casos se reducen (o al menos se hacen más llevaderos) cuando tenemos la práctica de cuidarnos: ya sea física, psicológica, espiritual, emocional o socialmente. Todas nuestras dimensiones necesitan cuidado. No esperemos a estar «in extremis» para pensar en ello.

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Para encontrar la felicidad no hay que buscarla

Estoy leyendo un libro titulado Búsqueda de Dios y sentido de la vida en el que se transcribe una interesante conversación entre el psicólogo y psiquiatra Viktor Frankl y el teólogo y estudioso de las religiones Pinchas Lapide, ambos judíos. Frankl y Lapide dialogan sobre el sentido de la vida, el carácter religioso de la existencia, lo que supuso Auschwitz para el pensamiento, la necesidad de purificar nuestra idea de Dios, etc.

Hay un momento en que ambos están hablando sobre la autorrealización o felicidad del ser humano y se muestran de acuerdo en que no puede ser encontrada si se la busca en sí misma, una intuición que yo misma llevo tiempo pensando. Resulta paradójico que no podamos ser felices cuando pretendemos serlo a toda cosa, sino cuando nos entregamos a los demás, a una misión, a algo que nos saque de nosotros mismos. Pero así es. Con estas palabras lo expresa Frankl en el diálogo:

«La autorrealización sólo es posible en la medida en que me pierdo a mí mismo, me olvido de mí, me sobrepaso. He de tener un motivo para realizarme. Y ese motivo consiste en que me entrego a una cosa o una persona, como muy bien acaba usted de decir. Pero cuando ya no miro a la cosa o a la persona que me importa, sino únicamente a mí mismo, entonces dejo de tener una razón para realizarme. Todo el esfuerzo se dirige a la autorrealización en sí misma. Lo mismo ocurre con la lucha por la felicidad o el placer. Cuando no tengo un motivo para la felicidad, me resulta imposible ser feliz; y, por tanto, si sólo aspiro a ser feliz, desaparece de mi vista todo lo que constituiría el fundamento de mi felicidad. Y cuanto más trato de atrapar la felicidad tanto más se me escapa. […] En otras palabras, la felicidad debe surgir como consecuencia, pero en modo alguno debe ser buscada en sí misma.

Lo mismo cabe decir de la autorrealización: quien se propone como fin decisivo la autorrealización desconoce que, en última instancia, el hombre sólo se realiza en la medida de que llena un sentido en el mundo. En otras palabras, la autorrealización fracasa en su propósito en la medida en que, al igual que la felicidad, surge como añadidura de la realización del sentido» (Viktor Frankl, en V. Frankl y P. Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida: Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, Barcelona 2005, pp. 71-72).