Educar: hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos

A raíz de mi cercana maternidad es frecuente que la gente que ya ha vivido la experiencia de ser madre o padre me dé consejos sobre lo que piensan que es mejor a la hora de criar y educar a los hijos. Para bastantes cosas me declaro heredera de la sabiduría tradicional que me viene de mis propios familiares. De hecho, muchas de estas ideas estaban fuertemente implantadas en mi manera de entender lo que son la educación y la crianza, y de primeras me costaba mucho cambiarlas, aunque en algunas cosas me he ido abriendo a nuevos horizontes.

Os pondré un ejemplo, que para mí ha sido el más determinante en la reflexión que hoy voy a compartir con vosotros. Mis mayores siempre me han transmitido la importancia de poner límites a los niños. Yo veía clarísimo que es algo fundamental y que hoy no siempre lo sabemos hacer, de manera que malcriamos a los niños con la intención de mostrarles un amor supuestamente más incondicional, pero olvidando que amar incondicionalmente requiere, precisamente, poner esos límites para que el otro crezca adecuadamente.

Pues bien, sigo estando 100% de acuerdo con el principio general, pero hay una de las supuestas aplicaciones en las que he meditado mucho y que, tras un proceso largo, he empezado a ver de otra manera: no coger a los bebés cuando lloran para que no se malacostumbren. Otra de las aplicaciones es no darles de comer cuando ellos quieran, sino acostumbrarlos a un horario. Para mí ambas máximas eran muy claras porque respondían a ese principio de poner límites que me parece tan necesario.

Sin embargo, al comenzar las clases pre-parto, las distintas matronas por las que pasé insistían en que hay que atender siempre a los niños cuando lloran, incluso si lo que quieren es simplemente el contacto contigo, es decir, que los cojas. Al principio esto chocaba con mi propia idea de lo que debía hacerse, que había visto practicar en mi familia y que a mí me parecía que funcionaba bien.

Entonces indagué un poco más. Hablé con amigos psicólogos y empecé a leer un libro de una psicóloga sobre la teoría del apego en la infancia. Tanto las conversaciones como la lectura me hicieron comprender que hay un motivo detrás de este consejo de las matronas: un bebé no tiene desarrollada la capacidad racional que le permitiría entender que no lo coges en brazos siempre que llora para que no se acostumbre. Lo que necesita, en esta primera etapa tan temprana, es formar un vínculo con sus padres caracterizado por el apego seguro: poder confiar en que siempre que necesite algo habrá alguien ahí que se lo proporcionará. Esto lo ayudará en su desarrollo como ser confiado y también autónomo, porque la autonomía se construye sobre la base del apego seguro. No responder a sus demandas puede llevarlo a sentir que no es digno de ser amado y desarrollar un apego inseguro. Las matronas lo explicaban de manera más cotidiana: un bebé recién nacido viene de un lugar cómodo y pequeñito, donde está totalmente seguro, a un mundo muy grande e incierto para él. Por eso requiere la seguridad que le dan sus padres. Para contribuir a esa seguridad es bueno atender a sus demandas, aunque solo llore para pedir compañía.

Me costó un poco “cambiar mi chip”, pero creo que lo que nos recomiendan hacer ahora, tanto las matronas como los psicólogos y los médicos, es adecuado: hay que construir un apego seguro para el niño, y ya después, según tenga capacidad de entender y procesar, ir poniéndole los límites pertinentes para que sea un niño autónomo y no dependiente. Lo mismo con la alimentación: hay que ir regulando al niño, pero al principio es preferible responder siempre a las necesidades que manifiesta (por eso se recomienda la lactancia a demanda).

Aunque me he enrollado un poco, todo esto es solo el “preámbulo” de la entrada. La reflexión que para mí ha sido más importante no ha sido si coger o no al niño cuando llore (aunque en esto he tenido un aprendizaje, como os acabo de contar), sino la respuesta que he dado a esta pregunta: ¿significa que nuestras abuelas, nuestras madres, nuestros padres lo hicieron mal cuando nos dejaban llorar para que no nos acostumbrásemos a estar siempre en brazos? Creo, sin ser relativista, que no. Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Tuvieron bastante sentido común para muchas cosas. No sabían, seguramente, psicología evolutiva (o al menos tenían solo los rudimentos que da la experiencia, pero no conocimientos de todos los procesos cognitivos y emocionales que se van desarrollando en los niños). Pero creo que, en la mayoría de los casos, nos dieron lo mejor que tenían y pusieron lo mejor de sí mismos para educarnos. Nuestra educación fue para ellos muy importante, y por eso nos aconsejan que sigamos sus pasos en tantos aspectos: la mayoría de las veces les fue bien, y si no les fue bien, quizá lo achaquen a otras cuestiones. Porque educar tampoco es 2+2=4, hay muchos factores que intervienen y cada niño es un mundo. Ni siquiera los mismos consejos valen para dos hermanos, porque hay que contar con que son personas diferentes y tienen necesidades diferentes. De ahí que nuestros mayores comprendiesen que su modo de hacer las cosas no siempre diera el resultado esperado. No obstante, eso a veces los lleva a pensar que las cosas tienen que hacerse como ellos las hicieron, y eso ya es más matizable.

Por nuestra parte, sería absurdo no escuchar los consejos de los profesionales. Hoy la medicina ha avanzado más, por eso se sabe la causa de muchos abortos que antes no se sabían, y se toman las debidas precauciones (por ejemplo, evitando ciertas comidas que pueden tener parásitos que dañen al bebé). Nuestras madres no hicieron mal al no privarse de las comidas, porque no lo sabían, pero nosotras tampoco hacemos mal privándonos, porque ahora sí se sabe y conviene tomar las precauciones posibles. La psicología también ha avanzado. Por eso se ha podido estudiar la evolución de personas que tenían un apego inseguro en la infancia y se recomiendan conductas que ayuden a construir un apego seguro. ¿Significa que nuestras madres no lo hicieron bien por llevar a cabo de manera distinta alguna de esas conductas, como la de no cogernos cuando llorábamos? No, porque no lo sabían. Y muchos hemos desarrollado, aun así, un apego seguro, porque quitando esos casos, estaban ahí siempre para nosotros. Y así con tantas cosas.

Todo esto puede pareceros demasiado obvio, pero creo que no es así. Muchas veces tendemos a necesitar validar la manera en que nosotros hacemos las cosas para sentirnos seguros: “Si mi forma de educar no es la que hoy se recomienda (aunque sea solo en algún punto)… ¿no me hace pensar que lo que hice estuvo mal? Y sin embargo siento que di todo lo que pude a mis hijos. Por tanto, voy a luchar todo lo posible por validar eso que hice, que para mí fue entregar la vida”. Este razonamiento, casi siempre inconsciente, lo hacemos todos y con muchas realidades, no solo la educación. Les pasa a nuestros mayores con su forma de ver las cosas y también a nosotros con la forma que nosotros tenemos de verlas. Nadie está libre de esta potencial inseguridad.

Creo que la manera de encontrar seguridad debe ser otra. No tanto si cada cosa en concreto que hice debe hacerse universalmente así, sino si cada cosa que hice, la hice lo mejor que pude, con la capacidad que tenía en ese momento, y buscando siempre crecer en mi tarea de educadora o educador. Si he hecho esto, si me he entregado de verdad por mi hijo/alumno/nieto/etc., claro que he educado bien. Me habré equivocado en cosas, como todo el mundo. Pero lo importante es que el fundamento que sustentaba lo que yo hacía era bueno.

Lo mismo debemos pensar hoy: no que todo lo que se hizo antes estuvo mal y damos el pendulazo hacia el otro lado (pues suele ocurrir que nos pasamos de la raya y, por ejemplo, buscando mayor cercanía con nuestros hijos, a veces caemos en no saber ponerles los límites que necesitan); ni pensar que lo actual es la panacea ni tampoco sospechar de todo lo novedoso que nos digan. Debemos tener la misma actitud que tuvieron nuestros mayores (o al menos muchos de ellos): entregarnos sinceramente, buscar lo mejor para nuestros hijos y estar abiertos a crecer en nuestra tarea. Educar es un arte, no hay recetas universales… en cada momento hay que ir integrando distintas dimensiones y logrando una armonía que no siempre es igual, pues las circunstancias pueden requerir que le demos más peso a una dimensión que a otra en un momento dado, siempre sin absolutizarla.

De todo este recorrido personal que he hecho a lo largo del embarazo y que seguiré haciendo durante la crianza me quedo con esto, precisamente: que intentaré hacerlo lo mejor que pueda; que escucharé a los profesionales que hoy me ofrecen el estado más avanzado de las ciencias, pero no acríticamente, sino en diálogo con mis propios valores y tradiciones heredadas; que también escucharé los consejos de todos los que me rodean, en especial de mis familiares, pero tampoco acríticamente, sino en diálogo con el estado actual de la cuestión en las ciencias y en diálogo con mis propios valores, que a veces no coinciden 100% con los de mis mayores; que me equivocaré, como todos, y que intentaré aprender de mis errores, y que no me debo comparar, porque cada uno tiene que discernir por sí mismo cómo educar a sus hijos y eso requiere tener en cuenta muchas cosas que los demás no saben de tus hijos, de tu familia, de tus valores, de tus circunstancias. Y todo esto intentando ser respetuosa con otras maneras de educar, pasadas y presentes, pues debemos creer, hasta que no se demuestre lo contrario, que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Ciertamente, lo que hacemos o hacen otros a veces no es lo mejor, y tenemos que aprender a verlo, pero la manera de hacer ese proceso no es mediante una crítica destructiva desde fuera, sino desde un diálogo respetuoso y abierto.

¿Cogeré a mi niño cuando llore? Seguramente sí. Seguramente también hay momentos en que no pueda o no quiera hacerlo por agotamiento o por otras razones. En todo caso, lo que intentaré es darle lo mejor con las herramientas que tengo, que, evidentemente, como las de todos, son limitadas.

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Cuídate siempre, no solo «in extremis»

Hace unas semanas pedí cita con mi fisioterapeuta. Hacía mucho que no iba a tratarme con ella y durante el verano había tenido épocas en las que me molestaban algunas zonas de la espalda y el cuello. Lo curioso es que en los días anteriores a pedir la cita no me dolía nada, por lo que me planteé si ir o no. Al final, decidí ir para empezar el curso con una buena «puesta a punto». Resulta que cuando la fisio me empezó a masajear la espalda, encontró varios puntos en los que había bastante tensión acumulada y hasta me puso ventosas para aliviarla. Después de la sesión me noté mucho más relajada.

Hace un tiempo mi decisión hubiera sido distinta. Habría pensado: «¡Bah, no me duele nada ahora mismo, no voy y así ahorro, ya iré cuando de verdad me duela!» Claro que, cuando «de verdad te duele», cuando te duele mucho, vas y no basta con una sesión por la cantidad de contracturas que tienes. Cuando ya estás mal, hace falta mucho trabajo para conseguir esa «puesta a punto» que deseas.

La primera vez que fui al fisio (por entonces era uno distinto) lleva muchísimo tiempo teniendo molestias en la espalda, pero me acostumbré a vivir así y no lo notaba demasiado. Se hacía más patente en épocas de estrés y al hacer ejercicio: corría encogida, como con los hombros hacia arriba, porque estaba agarrotada. Después de ir (evidentemente, varias veces) noté un cambio bastante grande: corría más estirada, con una postura más cómoda sin necesidad de forzarla y no sentía tantas molestias en la espalda. Volví a caer en la tentación de pasar del tema y aguantar hasta estar mal otra vez, pero de un tiempo a esta parte decidí que ir al fisio me hacía mucho bien como para no aprovecharlo. Tampoco voy todo el tiempo, porque no tengo ningún problema serio que necesite rehabilitación, pero creo que he ido aprendiendo a cuidar mi espalda más a menudo para estar lo mejor posible y no esperar a tener una tensión flipante para ir a tratarme.

Esto que os acabo de contar no os parecerá raro. Al fin y al cabo, hoy somos bastante sensibles con el tema del cuidado de nuestro cuerpo. Pero yo os pregunto: ¿lo somos también con el cuidado de nuestro espíritu, de nuestra psique, de nuestras emociones, de nuestras relaciones? Me parece que tendemos a esperar a estar «in extremis», destrozados o desesperados por algo, para empezar a pensar en que deberíamos cuidarnos. A veces los malestares se van instalando en nuestro interior sin darnos cuenta de que están ahí y un día estallan y nos encontramos fatal. ¿No nos iría mejor cuidándonos siempre, pidiendo ayuda cuando la necesitemos en pequeñas cosas, para sanarnos poco a poco, en vez de esperar la debacle?

Evidentemente hay situaciones en la vida que no podemos prever, que nos quiebran y necesitan un largo proceso de recuperación. En el ejemplo del fisio, sería como la rehabilitación necesaria tras un accidente. Pero hay otros casos en los que el colapso no se debe a algo puntual y externo, sino a que nos hemos descuidado a nosotros mismos. Estos casos se reducen (o al menos se hacen más llevaderos) cuando tenemos la práctica de cuidarnos: ya sea física, psicológica, espiritual, emocional o socialmente. Todas nuestras dimensiones necesitan cuidado. No esperemos a estar «in extremis» para pensar en ello.

Para encontrar la felicidad no hay que buscarla

Estoy leyendo un libro titulado Búsqueda de Dios y sentido de la vida en el que se transcribe una interesante conversación entre el psicólogo y psiquiatra Viktor Frankl y el teólogo y estudioso de las religiones Pinchas Lapide, ambos judíos. Frankl y Lapide dialogan sobre el sentido de la vida, el carácter religioso de la existencia, lo que supuso Auschwitz para el pensamiento, la necesidad de purificar nuestra idea de Dios, etc.

Hay un momento en que ambos están hablando sobre la autorrealización o felicidad del ser humano y se muestran de acuerdo en que no puede ser encontrada si se la busca en sí misma, una intuición que yo misma llevo tiempo pensando. Resulta paradójico que no podamos ser felices cuando pretendemos serlo a toda cosa, sino cuando nos entregamos a los demás, a una misión, a algo que nos saque de nosotros mismos. Pero así es. Con estas palabras lo expresa Frankl en el diálogo:

«La autorrealización sólo es posible en la medida en que me pierdo a mí mismo, me olvido de mí, me sobrepaso. He de tener un motivo para realizarme. Y ese motivo consiste en que me entrego a una cosa o una persona, como muy bien acaba usted de decir. Pero cuando ya no miro a la cosa o a la persona que me importa, sino únicamente a mí mismo, entonces dejo de tener una razón para realizarme. Todo el esfuerzo se dirige a la autorrealización en sí misma. Lo mismo ocurre con la lucha por la felicidad o el placer. Cuando no tengo un motivo para la felicidad, me resulta imposible ser feliz; y, por tanto, si sólo aspiro a ser feliz, desaparece de mi vista todo lo que constituiría el fundamento de mi felicidad. Y cuanto más trato de atrapar la felicidad tanto más se me escapa. […] En otras palabras, la felicidad debe surgir como consecuencia, pero en modo alguno debe ser buscada en sí misma.

Lo mismo cabe decir de la autorrealización: quien se propone como fin decisivo la autorrealización desconoce que, en última instancia, el hombre sólo se realiza en la medida de que llena un sentido en el mundo. En otras palabras, la autorrealización fracasa en su propósito en la medida en que, al igual que la felicidad, surge como añadidura de la realización del sentido» (Viktor Frankl, en V. Frankl y P. Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida: Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, Barcelona 2005, pp. 71-72).