Amar los días grises

El fin de semana pasado fue muy intenso; entre otras cosas fue mi graduación del Máster en Teología. Iba a escribir sobre ello, pero como no paré en todo el finde, no pude, así que os cuento hoy la reflexión que hice al respecto.

Tuvimos la suerte de que el padrino de la promoción fuera José María Rodríguez Olaizola, SJ. Yo había leído alguna cosilla suya, pero nunca lo había visto hablar “en directo”. Igual que me ocurrió en mi graduación del Grado en Teología con quien fue el padrino de la promoción entonces, esta vez también conecté totalmente con las palabras del padrino de la promoción actual.

Dijo varias cosas muy potables, pero me quedé sobre todo con la importancia de amar la rutina, los “días grises”, y la advertencia de que en nuestra vida profesional nos íbamos a encontrar de todo, no solo éxitos, sino también fracasos; no solo alegrías, sino también tristezas.

Siempre tengo la sensación de que en las graduaciones y en actos similares se enfatiza mucho el esfuerzo realizado, el éxito conseguido y el éxito que nos depara el futuro a los que hemos llegado hasta aquí. El “tú puedes/nosotros podemos/no te rindas al perseguir tus sueños” es normalmente el leitmotiv de los discursos de graduación. Y no digo que no sea verdad, porque también soy una apasionada de lo que hago y creo profundamente en que cada uno responda a su vocación, pero creo que hay que matizar el “todo es posible” y el “todos vamos a triunfar”.

Olaizola lo expresó muy bien. Nos dio la enhorabuena por lo que habíamos alcanzado, pero no se quedó en un discurso superficial sobre todos los éxitos que estarían por llegar. Nos recomendó detectar nuestra vocación y responder totalmente a ella, pero sabiendo que es un camino en el que no todo siempre sale bien, en el que hay éxito, pero también fracaso, en el que hay momentos especiales, pero también mucha rutina. Una de las ideas que más me gustaron fue la de que precisamente cuando amamos la rutina es cuando tenemos mayor capacidad para vivir y celebrar los momentos especiales como parte de la vida.

Ya sabéis que esto de la rutina es una de mis obsesiones constantes. Quizá insisto tanto porque veo que socialmente estamos dando el “pendulazo” hacia el otro lado y no está siendo beneficioso para la manera que tenemos de vivir el tiempo. Estoy muy de acuerdo con él en que la mayor parte de la vida es rutina y, además, no hay nada malo en ella. Casi hasta reformularía lo que él llamaba “los días grises”. En la rutina hay días grises, pero también soleados. Puede vivirse la normalidad de una manera novedosa, de una manera creativa, de forma que no tenga la connotación de ser algo “gris”, aunque haya días que, por diferentes motivos, sí lo sean.

Lo importante, me parece, es haber esclarecido de manera profunda el sentido de nuestra vocación. Porque entonces esos días más normales, e incluso los más tristes (que también los hay), estarán en el marco de un sentido, de una vida que tiene raíz y tiene dirección. Lo importante es qué construimos con nuestra vida. Los momentos en los que construimos son de lo más variados, nuestras vivencias de los mismos también. No nos engañemos pensando que hay que coleccionar momentos de subidón, lo que hay que hacer es construir. Construirte a ti mismo, construir tu entorno, construir relaciones valiosas… re-construir lo más roto del mundo que habitamos. Cuando haces eso, y lo haces sincera y desinteresadamente, los éxitos que tengan que venir vienen por sí solos. Y tampoco faltarán días de celebración. Pero la celebración tiene sentido porque has construido algo, no porque quieras tener un momento de emotividad vacía.

Creo que, al graduarnos, tenemos que ser realistas y no olvidar que en la vida nos vamos a encontrar de todo y que vamos a tener que enfrentarnos no solo a éxitos y alegrías, sino también a tristezas y fracasos, y a muchos días de normalidad que a veces no están de un lado ni del otro. Pero todo eso puede vivirse con plenitud si hemos respondido a una vocación, tan sencilla como se quiera, donde lo que cuenta es nuestra respuesta para construir un mundo mejor.

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La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?

I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

Para encontrar la felicidad no hay que buscarla

Estoy leyendo un libro titulado Búsqueda de Dios y sentido de la vida en el que se transcribe una interesante conversación entre el psicólogo y psiquiatra Viktor Frankl y el teólogo y estudioso de las religiones Pinchas Lapide, ambos judíos. Frankl y Lapide dialogan sobre el sentido de la vida, el carácter religioso de la existencia, lo que supuso Auschwitz para el pensamiento, la necesidad de purificar nuestra idea de Dios, etc.

Hay un momento en que ambos están hablando sobre la autorrealización o felicidad del ser humano y se muestran de acuerdo en que no puede ser encontrada si se la busca en sí misma, una intuición que yo misma llevo tiempo pensando. Resulta paradójico que no podamos ser felices cuando pretendemos serlo a toda cosa, sino cuando nos entregamos a los demás, a una misión, a algo que nos saque de nosotros mismos. Pero así es. Con estas palabras lo expresa Frankl en el diálogo:

«La autorrealización sólo es posible en la medida en que me pierdo a mí mismo, me olvido de mí, me sobrepaso. He de tener un motivo para realizarme. Y ese motivo consiste en que me entrego a una cosa o una persona, como muy bien acaba usted de decir. Pero cuando ya no miro a la cosa o a la persona que me importa, sino únicamente a mí mismo, entonces dejo de tener una razón para realizarme. Todo el esfuerzo se dirige a la autorrealización en sí misma. Lo mismo ocurre con la lucha por la felicidad o el placer. Cuando no tengo un motivo para la felicidad, me resulta imposible ser feliz; y, por tanto, si sólo aspiro a ser feliz, desaparece de mi vista todo lo que constituiría el fundamento de mi felicidad. Y cuanto más trato de atrapar la felicidad tanto más se me escapa. […] En otras palabras, la felicidad debe surgir como consecuencia, pero en modo alguno debe ser buscada en sí misma.

Lo mismo cabe decir de la autorrealización: quien se propone como fin decisivo la autorrealización desconoce que, en última instancia, el hombre sólo se realiza en la medida de que llena un sentido en el mundo. En otras palabras, la autorrealización fracasa en su propósito en la medida en que, al igual que la felicidad, surge como añadidura de la realización del sentido» (Viktor Frankl, en V. Frankl y P. Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida: Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, Barcelona 2005, pp. 71-72).

«Nestorianismo existencial», el mal de nuestro tiempo

Mi profesor de cristología siempre nos decía que la herejía más común en la actualidad (aunque sin que la gente sea consciente de ello) es el nestorianismo, que consiste en pensar que en Cristo hay dos personas totalmente separadas e independientes entre sí: por un lado, la divinidad y por otro, la humanidad. Es considerado herejía porque para la Iglesia Cristo es una sola persona en la que están unidas perfectamente la divinidad y la humanidad. Evidentemente mi profesor no se refería a que hubiera mucha gente que hiciera de esta herejía su causa y quisiera por ello escindirse de la Iglesia, sino más bien a que es el error más común a la hora de pensar la persona de Jesucristo.

A raíz del nestorianismo he estado pensando bastante últimamente si no será uno de los principales problemas de la crisis antropológica actual una especie de «nestorianismo existencial», es decir: que separamos tanto las dimensiones de nuestra vida que casi es como si fuéramos distintas personas en los distintos ámbitos.

Cuando estamos con la familia, tenemos nuestro código familiar. Cuando estamos en el trabajo, respondemos como empleados. Como ciudadanos, nos quejamos de toda la injusticia y corrupción política y social. Y un largo etcétera. Pero no sé si siempre nos paramos a pensar que somos una persona y que deberíamos mostrar coherencia personal en todos los ámbitos, por mucho que en cada uno haya que comportarse de una manera adecuada al mismo (que eso nadie lo discute).

Por ejemplo: si nos quejamos como ciudadanos de la injusticia social, no deberíamos ser injustos en nuestro trabajo. Si nos quejamos de la corrupción, no deberíamos ser corruptos en nuestro empleo o para favorecer a nuestra familia. Si nos quejamos de quien obra inmoralmente, no tiene sentido que después nos permitamos esas inmoralidades para progresar intelectual o empresarialmente. Es decir: no somos por un lado morales, por otro lado, inteligentes, por otro, trabajadores y por otro, familiares. Y el hecho de ser una persona debería tener sus repercusiones en todos estos ámbitos.

Pero, yendo más allá: no sólo deberíamos plantearnos de forma integral nuestros valores y coherencia moral, sino también nuestra felicidad y el sentido de nuestra vida. A veces nos dedicamos a coleccionar momentos independientes entre sí, momentos de diversión fragmentaria que creemos que van a llenar todas las inquietudes que tiene nuestro corazón; y en parte conseguimos «ir tirando», pero a la larga el vacío acaba asomando cuando nos falta un proyecto, una dirección, un sentido que dé unidad a todo.

En el fondo, no es que no sepamos del todo lo que nos hace felices; el problema es que no nos paramos a definir nuestras prioridades, de manera que algo que en realidad es menos importante puede llegar a quitarle espacio a lo que es o debería ser lo esencial, porque todo queda sumergido en el mismo maremágnum de fragmentos. Para priorizar, debemos preguntarnos quiénes somos y qué queremos realmente en la vida. Vivirnos de forma unitaria no implica que haya que eliminar ámbitos vitales. Significa tener unas prioridades y unos valores con los que ser coherentes para dar sentido a la amalgama de cosas que luego irán apareciendo. Porque, de lo contrario, dando a todas las cosas la misma importancia, limitándonos a coleccionar fragmentos, iremos a merced de los vientos que soplen más fuerte y acabaremos viviendo divididos.

No sé si es justo calificar a esta división (o más bien dispersión) existencial en la que vivimos como «nestorianismo existencial», porque seguro que el pobre Nestorio tampoco estaría de acuerdo con este modo de vida. Lo que él quería era valorar en su justa medida la humanidad de Cristo, sin que se la (con perdón) «merendara» la divinidad. Y quizá ese es nuestro miedo: que nada nos impida tener en nuestra vida un fragmento más. Es decir, que no tengamos que renunciar a nada. La contestación de la Iglesia a Nestorio, aunque hay que salvar mucho las distancias, también nos puede servir a nosotros: que en Cristo haya dos naturalezas (divina y humana) no impide que haya una perfecta unidad. Apliquémonos esto mismo: que tengamos familia, trabajo, inquietudes intelectuales, moralidad, diversión y un largo etcétera no significa que tengamos que vivirlo todo fragmentariamente. Mejor nos iría si lo viviésemos con unidad y coherencia y, sobre todo, con dirección y sentido.