El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

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Alegría de Pascua: alegría «gestante»

Cuando me quedé embarazada mis amigas me preguntaron cómo me sentía y si la noticia me había dado «un subidón». Me resultaba un poco difícil explicarles mis sentimientos. Claramente, no era un subidón, pero quería transmitirles que, a pesar de eso, sí era una alegría muy honda, de hecho, más honda que la alegría de los subidones.

El propio proceso de gestación se parece a la alegría que yo he ido sintiendo por tener a mi hijo dentro de mí: primero, sorpresa ante el milagro de la vida, preguntas abiertas, interés por profundizar en lo que me iba a pasar… como ese cogollito de células, aún pequeño, con muchas posibilidades por delante. Después, un crecimiento constante, no solo en tamaño, sino en madurez. La alegría más sorprendida y espontánea del principio (no exenta de algunos miedos) va dando paso a una alegría sosegada, paciente, esperanzada. Ahora, cuanto más avanza la gestación, mi alegría se hace más profunda, más consciente, más querida, porque llevo más tiempo con mi hijo dentro y en ese tiempo lo he ido queriendo cada vez un poco más. Imagino que cuando nazca habrá un salto cualitativo, porque por fin lo podré ver cara a cara.

La semana pasada, que fue la Semana de Pascua, pensé que la alegría pascual se parece a esta alegría «gestante»: no es como la montaña rusa, que crece en expectación y luego cae en picado tras el momento álgido. Es, más bien, como la semilla que va creciendo hasta que da fruto. Es como mi hijo creciendo dentro de mí y como la alegría que yo siento por ello. No es una explosión momentánea, es un proceso en el que cada vez hay más alegría, pero también cada vez es más profunda y consciente de todo lo que aún no se ha visto tocado por ella. Celebramos que Cristo ha resucitado, pero aún queda mucho por hacer en nuestro mundo para construir el Reino. La vivencia de la resurrección, si la vivimos en serio, puede ser cada vez mayor, puede ir creciendo y ahondándose, pero poniéndonos en compromiso con ella, no limitándonos a levantar las manos en el carrusel esperando a que vuelva a caer.

A raíz de estas reflexiones me pregunto si no estaremos haciendo mal al valorar todas nuestras alegrías desde el paradigma de la montaña rusa: buscamos los mayores momentos de subidón, sin darnos cuenta de que duran un instante y enseguida se desvanecen. ¿No sería mejor buscar esta otra alegría, la alegría pascual o «gestante», más tranquila, más progresiva, pero que no deja de crecer ni se desvanece cuando vienen circunstancias adversas? La alegría del amor es así: también se alimenta de momentos, pero no son lo único ni lo principal. Crece porque hay una entrega mantenida, esperanzada y amante. Imagino que así será la alegría de ser madre.

I.E. # 8: La coherencia

Como hace ya tiempo que no contesto a vuestras inquietudes existenciales, he tenido que releerlas todas de nuevo para elegir una para hoy. Al hacerlo, me he dado cuenta de que a muchos os preocupa el tema de la coherencia personal. La manera de formularlo es distinta, pero en resumidas cuentas todos confluís en que os preocupa si realmente vivimos siendo coherentes con nuestros principios y si esto es posible.

Así sin pensarlo demasiado, tirándome un poco a la piscina, diría dos cosas: 1) Sí es posible ser bastante coherente, aunque es difícil serlo del todo. 2) Actualmente creo que la coherencia no es una actitud que abunde. Partiendo de este análisis de la realidad, me planteo qué puede estar pasando para que esto sea así: todos queremos coherencia, en principio sería posible tenerla, pero vemos que como sociedad «sacamos poca nota» en esta actitud.

Mi primera hipótesis es que no somos coherentes porque nos falta asentar un poco el primer fundamento de la coherencia: los principios o los valores. Si la coherencia se define como actuar conforme a los propios principios, ¿cómo vamos a atenernos a unos principios que ni tenemos claros y que cambian constantemente según lo que nos viene mejor? Claro que en la vida vamos madurando y cambiando de parecer y no tenemos los mismos principios siempre. Me refiero, más bien, a que se está implantando en nuestra sociedad un inmediatismo (muchas veces emotivo y visceral) que nos arrastra a opinar de todo, cada día según nos dé. Para tener principios hay que pararse un poco a pensar cuáles son y por qué los tienes. Sin este paso previo, no tienes nada con lo que ser coherente, nada a lo que atenerte con tus actos.

En segundo lugar, estamos tan preocupados de que los demás se atengan o no a sus principios (para poder criticarlos) que no nos queda tiempo, interés ni fuerzas para observar nuestra propia coherencia. Dicho de forma más simple, somos demasiado «juzgones» y demasiado «bocazas». Lo primero nos pone siempre en guardia frente a los demás y nos disuade de ponernos en guardia ante nosotros mismos. Lo segundo añade más dificultad a la coherencia propia, porque cuantas más cosas critiquemos, más cosas nos tenemos que exigir a nosotros mismos para ser coherentes. Como no lo conseguimos, acabamos teniendo una sensación de falsedad generalizada.

Finalmente, está la cuestión de la pereza y la comodidad (sálvese quien pueda). Ser coherente requiere control, sacrificio y discernimiento; no vale cualquier decisión ante determinada situación. Y reconozcamos que muchas veces no estamos dispuestos. Recurrimos a lo anterior, buscamos un chivo expiatorio al que criticar, y nos olvidamos de que nosotros también tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás.

Sé que hoy he sido más dura de lo habitual. Creo que hay cuestiones en las que no conviene que nos sigamos engañando todos. Como siempre, no valen las generalizaciones, y hay gente que no sigue estos patrones o no de manera tan drástica. Pero seamos sinceros: estamos fomentando una sociedad superficial, criticona y acomodada. Con todo, yo sigo permaneciendo optimista y os diré por qué:

1) Creo que sí tenemos principios, pero nos falta darles nombre y asentarlos. No es que seamos gente sin valores, pero no dedicamos el tiempo suficiente a pensarlos y priorizarlos. Ante una situación suele haber varios valores en juego y no podemos dejarnos llevar por la primera impresión que la situación nos produce. Así, creo que seguimos teniendo sensibilidad y capacidad de valoración, pero nos falta desarrollar un juicio más crítico.

2) No estamos tan lejos de la coherencia porque al menos la entendemos como un valor y no nos gusta cuando falta. La parte positiva de nuestra «compulsión al juicio» es que somos capaces de ver como negativo lo que no es bueno. Ahora bien, tendríamos que empezar por dirigir esa mirada crítica hacia nosotros mismos, y no utilizarla para hacernos daño sino para crecer (la actitud criticona dirigida hacia uno mismo también es muy dañina… no se trata de culpar, sino de mejorar como persona). Una vez que hemos hecho este proceso personal, tendremos más capacidad para que la crítica que hagamos, tanto a nosotros mismos como a los demás, sea constructiva y compasiva y no destructiva.

Esta semana me gustaría que todos hiciéramos estos deberes: pensar un poco más con calma y profundidad qué está en juego en cada situación y cómo debemos valorarla; esforzarnos por actuar un poco más fielmente a ese discernimiento que hemos hecho; controlar un poco nuestra lengua y empezar por buscar nuestra propia coherencia antes de exigírsela hipócritamente a los demás.

Sin enfrentarse a crecer uno mismo creo que no se está en situación de hacer ninguna crítica (y ojo que digo «hacer crítica» y no «juzgar» o «criticar»). Podemos ser coherentes, pero nos lo tenemos que currar un poco más.

El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

Bohemian Rhapsody

«Is this the real life? Is this just fantasy?
Caught in a landslide, no escape from reality
Open your eyes, look up to the skies and see
I’m just a poor boy, I need no sympathy
Because I’m easy come, easy go, little high, little low
Any way the wind blows doesn’t really matter to me, to me».

Queen, Bohemian Rhapsody

Comienzo la entrada como la semana pasada, con una confesión: cuando me propusieron ir a ver al cine la película Bohemian Rhapsody, sobre la historia del grupo de rock Queen, me dio un poco de pereza al principio. No había visto el tráiler ni había leído nada sobre la película, pero di por hecho que sería tipo documental y con una historia más plana de lo que luego encontré. Pero tuve una sensación de que debía verla, y fui. ¡Y menos mal! La película no tiene desperdicio. Intentaré deciros por qué sin incurrir en excesivos «spoilers» (o, como se diría en castellano, «destripes»… ¡aunque hay que reconocer que el sustantivo queda un poco extraño!). De todas formas, si conocéis la historia de Freddy Mercury y de Queen, tampoco os voy a decir nada que no sepáis. Es verdad que la película, por lo que dicen algunos, no es del todo exacta respecto a lo que realmente ocurrió. Aquí no me detengo en estudiar si lo que aparece fue así o no, sino en destacar un par de aspectos de la historia tal y como la película la cuenta. Es esa historia la que me ha gustado, sea más o menos verídica (en bastantes puntos creo que sí lo es, pero reconozco no ser una experta en el tema).

La película me gustó, en primer lugar, porque me pareció que está bien narrada. No se limitan a mostrarte las batallitas del grupo en su ascenso a la fama, sino que se nota que te quieren contar una historia humana. Y con «humana» me refiero a que lo principal en la historia no es tanto si Queen vende tantos discos o se hace tan famoso (aunque en parte también), sino lo que les ocurre a los personajes, sobre todo al protagonista: qué aprenden de la vida, qué priorizan en ella, cómo valoran a los demás, cómo se descubren a sí mismos…

Hay bastantes temas que aparecen con mayor o menor intensidad y que serían dignos de profundización (por ejemplo, la relación de Mary y Freddy y el descubrimiento de éste de su orientación sexual, un tema muy bien trabajado en la película, para mi gusto; o la relación de Freddy con sus padres), pero si tengo que elegir me quedo con estos dos:

1)      El aprendizaje de que el todo es mayor que la suma de las partes, y que se ve favorecido cuando esas partes son diferentes entre sí. Hacia el final de la película, Freddy se da cuenta de que lo que hacía grande a Queen no era simplemente que él era un genio, sino que formaban un equipo y se potenciaban unos a otros para formar algo mejor. Cuando estaba con gente que no le cuestionaba nada, creció mucho menos como artista.

2)      La importancia de quererse a uno mismo para descubrir la propia identidad y abrirse a una relación sana con los demás. Cuando Freddy hace este proceso personal, recobra la relación con sus amigos de una manera mucho más profunda.

Y no os cuento más, ¡para que veáis la película! Además, con buena banda sonora, eso está garantizado.

Igualdad, pero no de cualquier manera

A raíz del día de la mujer de la semana pasada he estado pensando bastante sobre el tema de la igualdad y he tenido varias conversaciones sobre ello. Las conversaciones con gente que vive de algún modo la desigualdad y las reivindicaciones de otras mujeres me hacen cada vez más consciente de que estamos lejos de haber conseguido una plena igualdad de derechos y deberes. Aún alucino de las dificultades laborales que encuentran muchas mujeres que se quedan embarazadas… cuando es evidente que ninguno estaríamos aquí de no ser porque una mujer, nuestra madre, ha estado embarazada de nosotros nueve meses y nos ha dado a luz. Me parece que roza el cinismo que traer un nuevo ser a la vida, un nuevo miembro de la sociedad, implique para las mujeres perder su trabajo o no ser contratadas en las mismas condiciones de los hombres.

Y como este hay otros tantos temas en los que seguir reivindicando la igualdad. Con todo, también he estado pensando estos días que como mujer no quiero hacer esa reivindicación de cualquier manera. En primer lugar, exigir la igualdad no implica diluir las diferencias. Yo pienso que no se trata de uniformizar a los hombres y las mujeres para luchar por la igualdad entre ambos. Esto es extrapolable a otros rasgos de la persona: cultura, orientación sexual, religión… somos iguales en dignidad y derechos, pero diferentes en muchas cosas, y esa es la gracia. La igualdad debe ser pensada desde la justicia, de forma que permita que todos podamos desarrollarnos en nuestra unicidad, en nuestra diferencia.

En segundo lugar, pensaba sobre la actitud con la que se reivindica la igualdad. Hacerlo con condescendencia o paternalismo por parte de los hombres no tiene sentido, puesto que si se quiere la igualdad nos tenemos que tratar como iguales. Pero creo que, aunque a veces haya motivos para ello, tampoco ayudamos las mujeres si lo hacemos con resentimiento, porque el resentimiento hace más grande la herida, en vez de curarla. Aunque entiendo que en ciertos casos debe ser difícil por lo que la persona vive y sufre, creo que como colectivo las mujeres podemos y debemos mostrar que la igualdad consiste en reconocernos mutuamente como personas válidas y dignas, contando con nuestras diferencias, pero sin que ellas sean una excusa para abrir una brecha de injusticia o infravaloración entre nosotros. Cuanta más elegancia de espíritu tengamos en esta reivindicación, creo que más frutos recogeremos… exigiendo lo que es debido, pero esforzándonos por construir puentes y no muros. Porque una igualdad conquistada a fuerza de muros creo que tiene menos futuro (y menos humano) que si se conquista a fuerza de puentes.

Un tercer aspecto en el que he pensado bastante estos días es en el alarmante número de mujeres maltratadas por hombres. Pensaba, en la línea de lo que vengo comentando, que es una realidad triste e indignante que no debemos permitir, pero que tampoco debemos caer en la tentación de demonizar a todos los hombres. Me acordaba además de los hombres que son injustamente acusados y de los que son maltratados. Aunque haya más casos de mujeres, el esfuerzo por educarnos como sociedad en el respeto mutuo es tarea de todos, de uno y otro sexo. Por eso me parece que debemos incidir en la educación (sin ideologizar el tema, que siempre puede llevar a verlo de forma excesivamente parcial) y en la conversión de cada persona para que nos relacionemos sanamente, unas con otros y viceversa.

Evidentemente, también hay que implementar políticas que ayuden a conseguirlo… pero ya estamos viendo en muchos casos concretos que la ley tiene limitaciones y siempre hay quien intenta aprovecharse de la situación, por lo que, sin un adecuado camino interior hacia el respeto, a la larga las políticas no resuelven todo el problema.

De un tema como este siempre habría mucho más que plantear, como la perplejidad sobre por qué habrá durado tanto esa infravaloración de la mujer (una duda a la que no sé contestar, francamente), pero no quiero alargarme. Solo quería compartir esta inquietud de que las reivindicaciones son importantes, pero también cómo las hagamos. Algunas actitudes fomentan una guerra de unos y otros, cuando lo que necesitamos es la reconciliación. Confío en que crezcamos como sociedad en la valoración de todas las personas con la consiguiente igualdad que ello implica. Un reto que incluye la igualdad de hombres y mujeres, pero también otras tantas situaciones de personas que, por una u otra razón, no pueden ejercer sus derechos. Y un reto en el que no se pueden reivindicar derechos sin tener presentes los deberes que todos tenemos como individuos, como miembros de la sociedad.

Replanteemos nuestros «exempla»

La semana pasada en clase de Griego nos estuvo hablando el profesor sobre las características personales que se valoraban en la antigüedad. Nos contaba que no se pensaba en términos de «valores», en abstracto, sino de «exempla», es decir, personas concretas que encarnaban esas cualidades tan valoradas. Yo le dije que hoy, en el fondo, nos seguimos moviendo mucho por las personas que nos atraen. Decimos a menudo lo de «fulanito es mi ídolo» o nos pronunciamos sobre lo que nos gustan o disgustan determinados personajes (especialmente públicos).

Sin embargo, mi profe me hizo ver que, aunque nos sigamos fijando en modelos o ejemplos, ha cambiado mucho qué valoramos en ellos. En la antigüedad se estimaba tener perseverancia y aguante en las circunstancias malas de la vida, es decir, ante el sufrimiento (no tirar la toalla a la primera de cambio) y en los momentos de bienestar o dicha, ser agradecido (no centrarse en el mérito propio sino en todo lo que uno ha recibido que le ha ayudado a llegar hasta esa situación o lo que se le ha regalado para poder disfrutar de una situación).

Tiene razón… ¡cualquier parecido con nuestros «ídolos» de hoy es pura coincidencia! Primero, porque no queremos mirar al sufrimiento a la cara y solemos preferir tirar por la borda aquello que nos lo está produciendo «y a otra cosa, mariposa». Tanto nosotros como nuestros modelos. Segundo, porque es muy frecuente en nuestra sociedad actual que cuando uno está bien se alegra de todo lo que ha hecho para llegar a esa situación, como si todo dependiera de él. Dicho de otra manera, se valoran características bastante superficiales como el éxito, el aspecto físico o la fama, y caen en el olvido aquellas otras que permiten enfrentarse con verdad y hondura a la vida: la humildad, la perseverancia, la acogida de nuestra vulnerabilidad, el agradecimiento, la conciencia de que no podemos nada sin los otros…

Con todo, abro un rayito de esperanza. Estos modelos son los que más aparecen y los que más «ruido mediático» hacen. Pero creo que para mucha gente hay otros modelos que inspiran mucha más sabiduría de la vida y que encarnan valores más importantes. Seguro que todos habéis pensado en más de uno. Lo que tenemos que hacer es que sean ellos los que nos muevan a querer ser mejores y que los propongamos como los verdaderos «exempla», a ver si más gente se fija en ellos y nos ayudan a querer ser mejores y construir un mundo mejor.