Plantar un árbol para celebrar el cumpleaños

Me gusta cumplir años. No solo porque es una buena «excusa» para juntarte con tu familia y amigos a celebrarlo y de paso ponerte al día con ellos, sino también porque celebrar un año más en el que ha habido tanto por lo que dar gracias es motivo de alegría.

A veces la gente se deprime un poco con las nuevas cifras que va alcanzando. Como si fuera mala señal ser mayor, como si nos restara algo… Yo reconozco que a mí siempre me han gustado los años que he cumplido, porque van significando nuevos hitos en el camino y muchas cosas buenas que van llegando y están por llegar. Claro que también acumulamos errores y problemas con el paso del tiempo… pero quiero pensar que tienen menos peso que todo lo bueno, y siempre podemos vivirlos de manera que nos enseñen a crecer. Cuantos más años tienes sabes más sobre la vida y es más probable que hayas aprendido a bandearte mejor en ella. Por tanto, es más fácil que estés más a gusto contigo mismo.

El otro día unos amigos me regalaron un olivito por el cumpleaños para que cumpla la promesa de plantar un árbol este año (así ya completo el proverbio ese de que a lo largo de la vida hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol). Me hizo mucha ilusión porque fue un puntazo, pero también por lo que simbolizaba: el árbol comienza siendo pequeñito y va creciendo, como nosotros, haciéndose más recio y dando más fruto con el paso de los años. Quiero pensar que así nos sucede a nosotros, y que si vivimos la vida a fondo cada año hemos crecido un poco más, estamos más a gusto con nosotros mismos y estaremos agradecidos de poder celebrarlo.

Cuando plante mi olivo lo podré ir observando crecer y dar fruto y será una buena manera de ver por fuera lo que espero que me suceda a mí por dentro: no dejar de crecer, no dejar de agradecer y no dejar de dar fruto.

[A Isa, Miguel y Alberto por el regalo tan inspirador].

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I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.

I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?

Aprender a pedir

Las primeras semanas de embarazo, que es cuando peor estás, pero cuando menos se nota físicamente, me daba un poco de corte pedir el sitio en el metro. Un día de hecho aguanté de pie con el metro a rebosar de gente y un mareo que no podía con él (fue una semana con muchas náuseas y las mañanas eran horribles).

Poco después me planteé que es una tontería tener vergüenza de pedir: al fin y al cabo, la gente no va a saber lo que necesitas si no lo dices (sobre todo si no se te nota), y si realmente te encuentras mal ¿por qué no decirlo y aprovechar la generosidad ajena para hacer mejor el viaje? Con todo, no siempre me animaba a hacerlo. Solo cuando me encontraba más floja.

Vino una racha en la que tuve bastante suerte y casi siempre encontraba sitio, o a veces eran trayectos cortos y ya me encontraba mejor, así que no lo necesitaba en exceso.

Últimamente he vuelto a tener náuseas y estar más floja alguna de las mañanas, y ya se me va notando la barriguita. Alguna vez alguien se ha dado cuenta y me ha dejado el sitio directamente, pero la mayoría de las veces lo digo yo directamente. Todas las veces que lo he pedido ha habido alguien (y muchas veces más de una persona) que se ha levantado como un resorte en cuanto se lo he pedido, y normalmente la gente se excusa diciendo que no se nota mucho o que no se había fijado. Yo les pongo buena cara y les digo que es normal, que todavía no se nota mucho, y que por eso lo digo. El otro día dos chicas encantadoras me dijeron que ellas también habían pasado por eso, que les daba corte pedirlo, y que yo hacía muy bien en decirlo directamente porque la gente no tiene por qué saberlo.

Puede parecer una anécdota muy tonta, pero a mí me ha dado bastante que pensar. Decimos muchas veces que estamos en una sociedad egoísta y que nos cuesta mucho dar. Pero creo que nos cuesta mucho, acaso más, pedir, quizá porque tenemos instalado el chip de que tenemos que poder con todo y ser autosuficientes.

Por supuesto que lo suyo sería que la gente se levantara sin que nadie tuviera que pedirlo; que todos estuviésemos más pendientes del prójimo y de sus necesidades. Pero siendo realistas, no siempre se notan esas necesidades. Por eso ayudamos al prójimo a ayudarnos si en vez de empezar a poner caras y resoplar decimos directamente con educación lo que necesitamos. Yo últimamente lo digo todos los días, y la verdad es que siempre me he encontrado gente amable y dispuesta a ayudar.

Tendríamos que aprender a pedir sin tanta vergüenza (¡claro está, sin echarle morro tampoco!), cuando de verdad lo necesitamos. También es una forma de dar visibilidad a las necesidades y crear conciencia en la gente, que muchas veces está dispuesta pero no siempre sabe que esas necesidades existen.

I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

Dos gestaciones, dos alumbramientos

Esta Navidad ha sido un momento especial. Cuando escribí la reflexión sobre el «escándalo» navideño no os lo conté todo… parte de darme cuenta del escándalo que la Encarnación de Dios suponía se debió a que lo estoy viviendo en mis propias carnes, porque estoy embarazada. Ser consciente de que una vida depende de mí (ahora mismo, para todo) me hizo darme cuenta de que Dios mismo se hizo dependiente de una madre.

Al volver de las vacaciones me esperaba una semana muy intensa, sin yo saberlo. Este miércoles fue la primera ecografía, la de los tres meses; un momento muy emocionante porque por primera vez ves a tu bebé. Ves cómo se mueve y escuchas su corazón y te entra una sensación de paz y de alegría al mismo tiempo. Al día siguiente recibí la noticia de la publicación de mi primer libro, que ya llevaba tiempo escrito y estaba pasando por los diversos trámites editoriales para su publicación. Enseguida me llegaron algunos ejemplares a casa y lo vi anunciado en las novedades de la web de PPC.

Que estos dos sucesos tuvieran lugar durante la misma semana me hizo relacionarlos espontáneamente, porque tienen bastante en común. Son fruto de dos procesos, de dos «gestaciones», que al final ven la luz: el libro, ahora, con su publicación; el bebé, cuando nazca en julio. Durante la gestación de cada uno ha habido etapas de todo tipo. Con el libro tuve un atasco de inspiración importante que en su momento me frustró mucho, pero del que salí gracias a la ayuda de diversas personas. Con la niña o el niño no lo he vivido con frustración, pero sí he pasado la etapa inicial del embarazo, que tiene sus dificultades (estar más cansada, estar con el cuerpo revuelto y cambiado, los cambios de humor…). Lo bueno es que esta vez he aprendido más rápido a «pactar con mi finitud» y a vivir con agradecimiento la etapa, a pesar de que a veces es difícil adaptarte a vivir más despacio, a otra velocidad, siendo consciente de tus límites más que antes.

La gestación es una maduración… tanto del pensamiento como de una nueva vida. Es un proceso que nace de procesos anteriores (los estudios y la reflexión, en el primer caso, mi matrimonio en el segundo) y que se proyecta en procesos futuros. Lo que vivimos tiene conexión con toda nuestra vida. En estos dos casos lo he visto con mucha claridad.

En cuanto entregas un libro para publicar te empiezas a comer el tarro y a ver que hay cosas que podrías haber mejorado y otras que quizá hoy las dirías de forma distinta… pero tienes que lanzarte en algún momento, porque si no, nunca publicarías nada, vivirías reescribiéndolo todo. Supongo que con la maternidad me pasará algo parecido: es tirarse a la piscina, intentando dar lo mejor de ti, pero habrá momentos en los que pudieras haberlo hecho mejor. Espero que cuando lleguen sea capaz de aprender de ellos.

En ambas «gestaciones» he tenido gente cerca que me ha ayudado y acompañado. No concibo ni el escribir ni el ser madre como algo que me atañe solo a mí. Son realidades que, aunque en primer término me conciernan a mí (bueno, la maternidad también a mi marido y su respectiva paternidad), las vivo como algo social, abierto a los demás, porque recibe de ellos y proyecta hacia ellos.

Seguro que hay más detalles en los que se parece escribir un libro y tener un hijo. De todos modos, hay una diferencia importante: el libro son palabras, en cierto sentido, sin encarnar. Están encarnadas en mi vida, si he sido capaz de escribir realmente lo que creo y de lo que vivo, pero en el libro están inertes. Necesitan un lector que les dé vida, que las encarne en su propia existencia una vez que las lea. Siento que con mi hijo o mi hija no sucede lo mismo: ya es encarnación, ya es amor concretado, llevado a la vida, en este caso, a una nueva vida. Por eso para mí tiene una significación mucho mayor el bebé que el libro. Lo que sea capaz de transmitirle a la niña o al niño será una verdad no solo «dicha», sino «hecha» en la existencia de una persona. ¿No es precioso dar algo así al mundo, escribir en una vida y no solo en un papel?

Os dejo testimonio gráfico del bebé y un link al anuncio del libro (Atraídos por lo humilde) en la web:

Atraídos por lo humildeprimera eco bebé

Bohemian Rhapsody

«Is this the real life? Is this just fantasy?
Caught in a landslide, no escape from reality
Open your eyes, look up to the skies and see
I’m just a poor boy, I need no sympathy
Because I’m easy come, easy go, little high, little low
Any way the wind blows doesn’t really matter to me, to me».

Queen, Bohemian Rhapsody

Comienzo la entrada como la semana pasada, con una confesión: cuando me propusieron ir a ver al cine la película Bohemian Rhapsody, sobre la historia del grupo de rock Queen, me dio un poco de pereza al principio. No había visto el tráiler ni había leído nada sobre la película, pero di por hecho que sería tipo documental y con una historia más plana de lo que luego encontré. Pero tuve una sensación de que debía verla, y fui. ¡Y menos mal! La película no tiene desperdicio. Intentaré deciros por qué sin incurrir en excesivos «spoilers» (o, como se diría en castellano, «destripes»… ¡aunque hay que reconocer que el sustantivo queda un poco extraño!). De todas formas, si conocéis la historia de Freddy Mercury y de Queen, tampoco os voy a decir nada que no sepáis. Es verdad que la película, por lo que dicen algunos, no es del todo exacta respecto a lo que realmente ocurrió. Aquí no me detengo en estudiar si lo que aparece fue así o no, sino en destacar un par de aspectos de la historia tal y como la película la cuenta. Es esa historia la que me ha gustado, sea más o menos verídica (en bastantes puntos creo que sí lo es, pero reconozco no ser una experta en el tema).

La película me gustó, en primer lugar, porque me pareció que está bien narrada. No se limitan a mostrarte las batallitas del grupo en su ascenso a la fama, sino que se nota que te quieren contar una historia humana. Y con «humana» me refiero a que lo principal en la historia no es tanto si Queen vende tantos discos o se hace tan famoso (aunque en parte también), sino lo que les ocurre a los personajes, sobre todo al protagonista: qué aprenden de la vida, qué priorizan en ella, cómo valoran a los demás, cómo se descubren a sí mismos…

Hay bastantes temas que aparecen con mayor o menor intensidad y que serían dignos de profundización (por ejemplo, la relación de Mary y Freddy y el descubrimiento de éste de su orientación sexual, un tema muy bien trabajado en la película, para mi gusto; o la relación de Freddy con sus padres), pero si tengo que elegir me quedo con estos dos:

1)      El aprendizaje de que el todo es mayor que la suma de las partes, y que se ve favorecido cuando esas partes son diferentes entre sí. Hacia el final de la película, Freddy se da cuenta de que lo que hacía grande a Queen no era simplemente que él era un genio, sino que formaban un equipo y se potenciaban unos a otros para formar algo mejor. Cuando estaba con gente que no le cuestionaba nada, creció mucho menos como artista.

2)      La importancia de quererse a uno mismo para descubrir la propia identidad y abrirse a una relación sana con los demás. Cuando Freddy hace este proceso personal, recobra la relación con sus amigos de una manera mucho más profunda.

Y no os cuento más, ¡para que veáis la película! Además, con buena banda sonora, eso está garantizado.