Educar: hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos

A raíz de mi cercana maternidad es frecuente que la gente que ya ha vivido la experiencia de ser madre o padre me dé consejos sobre lo que piensan que es mejor a la hora de criar y educar a los hijos. Para bastantes cosas me declaro heredera de la sabiduría tradicional que me viene de mis propios familiares. De hecho, muchas de estas ideas estaban fuertemente implantadas en mi manera de entender lo que son la educación y la crianza, y de primeras me costaba mucho cambiarlas, aunque en algunas cosas me he ido abriendo a nuevos horizontes.

Os pondré un ejemplo, que para mí ha sido el más determinante en la reflexión que hoy voy a compartir con vosotros. Mis mayores siempre me han transmitido la importancia de poner límites a los niños. Yo veía clarísimo que es algo fundamental y que hoy no siempre lo sabemos hacer, de manera que malcriamos a los niños con la intención de mostrarles un amor supuestamente más incondicional, pero olvidando que amar incondicionalmente requiere, precisamente, poner esos límites para que el otro crezca adecuadamente.

Pues bien, sigo estando 100% de acuerdo con el principio general, pero hay una de las supuestas aplicaciones en las que he meditado mucho y que, tras un proceso largo, he empezado a ver de otra manera: no coger a los bebés cuando lloran para que no se malacostumbren. Otra de las aplicaciones es no darles de comer cuando ellos quieran, sino acostumbrarlos a un horario. Para mí ambas máximas eran muy claras porque respondían a ese principio de poner límites que me parece tan necesario.

Sin embargo, al comenzar las clases pre-parto, las distintas matronas por las que pasé insistían en que hay que atender siempre a los niños cuando lloran, incluso si lo que quieren es simplemente el contacto contigo, es decir, que los cojas. Al principio esto chocaba con mi propia idea de lo que debía hacerse, que había visto practicar en mi familia y que a mí me parecía que funcionaba bien.

Entonces indagué un poco más. Hablé con amigos psicólogos y empecé a leer un libro de una psicóloga sobre la teoría del apego en la infancia. Tanto las conversaciones como la lectura me hicieron comprender que hay un motivo detrás de este consejo de las matronas: un bebé no tiene desarrollada la capacidad racional que le permitiría entender que no lo coges en brazos siempre que llora para que no se acostumbre. Lo que necesita, en esta primera etapa tan temprana, es formar un vínculo con sus padres caracterizado por el apego seguro: poder confiar en que siempre que necesite algo habrá alguien ahí que se lo proporcionará. Esto lo ayudará en su desarrollo como ser confiado y también autónomo, porque la autonomía se construye sobre la base del apego seguro. No responder a sus demandas puede llevarlo a sentir que no es digno de ser amado y desarrollar un apego inseguro. Las matronas lo explicaban de manera más cotidiana: un bebé recién nacido viene de un lugar cómodo y pequeñito, donde está totalmente seguro, a un mundo muy grande e incierto para él. Por eso requiere la seguridad que le dan sus padres. Para contribuir a esa seguridad es bueno atender a sus demandas, aunque solo llore para pedir compañía.

Me costó un poco “cambiar mi chip”, pero creo que lo que nos recomiendan hacer ahora, tanto las matronas como los psicólogos y los médicos, es adecuado: hay que construir un apego seguro para el niño, y ya después, según tenga capacidad de entender y procesar, ir poniéndole los límites pertinentes para que sea un niño autónomo y no dependiente. Lo mismo con la alimentación: hay que ir regulando al niño, pero al principio es preferible responder siempre a las necesidades que manifiesta (por eso se recomienda la lactancia a demanda).

Aunque me he enrollado un poco, todo esto es solo el “preámbulo” de la entrada. La reflexión que para mí ha sido más importante no ha sido si coger o no al niño cuando llore (aunque en esto he tenido un aprendizaje, como os acabo de contar), sino la respuesta que he dado a esta pregunta: ¿significa que nuestras abuelas, nuestras madres, nuestros padres lo hicieron mal cuando nos dejaban llorar para que no nos acostumbrásemos a estar siempre en brazos? Creo, sin ser relativista, que no. Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Tuvieron bastante sentido común para muchas cosas. No sabían, seguramente, psicología evolutiva (o al menos tenían solo los rudimentos que da la experiencia, pero no conocimientos de todos los procesos cognitivos y emocionales que se van desarrollando en los niños). Pero creo que, en la mayoría de los casos, nos dieron lo mejor que tenían y pusieron lo mejor de sí mismos para educarnos. Nuestra educación fue para ellos muy importante, y por eso nos aconsejan que sigamos sus pasos en tantos aspectos: la mayoría de las veces les fue bien, y si no les fue bien, quizá lo achaquen a otras cuestiones. Porque educar tampoco es 2+2=4, hay muchos factores que intervienen y cada niño es un mundo. Ni siquiera los mismos consejos valen para dos hermanos, porque hay que contar con que son personas diferentes y tienen necesidades diferentes. De ahí que nuestros mayores comprendiesen que su modo de hacer las cosas no siempre diera el resultado esperado. No obstante, eso a veces los lleva a pensar que las cosas tienen que hacerse como ellos las hicieron, y eso ya es más matizable.

Por nuestra parte, sería absurdo no escuchar los consejos de los profesionales. Hoy la medicina ha avanzado más, por eso se sabe la causa de muchos abortos que antes no se sabían, y se toman las debidas precauciones (por ejemplo, evitando ciertas comidas que pueden tener parásitos que dañen al bebé). Nuestras madres no hicieron mal al no privarse de las comidas, porque no lo sabían, pero nosotras tampoco hacemos mal privándonos, porque ahora sí se sabe y conviene tomar las precauciones posibles. La psicología también ha avanzado. Por eso se ha podido estudiar la evolución de personas que tenían un apego inseguro en la infancia y se recomiendan conductas que ayuden a construir un apego seguro. ¿Significa que nuestras madres no lo hicieron bien por llevar a cabo de manera distinta alguna de esas conductas, como la de no cogernos cuando llorábamos? No, porque no lo sabían. Y muchos hemos desarrollado, aun así, un apego seguro, porque quitando esos casos, estaban ahí siempre para nosotros. Y así con tantas cosas.

Todo esto puede pareceros demasiado obvio, pero creo que no es así. Muchas veces tendemos a necesitar validar la manera en que nosotros hacemos las cosas para sentirnos seguros: “Si mi forma de educar no es la que hoy se recomienda (aunque sea solo en algún punto)… ¿no me hace pensar que lo que hice estuvo mal? Y sin embargo siento que di todo lo que pude a mis hijos. Por tanto, voy a luchar todo lo posible por validar eso que hice, que para mí fue entregar la vida”. Este razonamiento, casi siempre inconsciente, lo hacemos todos y con muchas realidades, no solo la educación. Les pasa a nuestros mayores con su forma de ver las cosas y también a nosotros con la forma que nosotros tenemos de verlas. Nadie está libre de esta potencial inseguridad.

Creo que la manera de encontrar seguridad debe ser otra. No tanto si cada cosa en concreto que hice debe hacerse universalmente así, sino si cada cosa que hice, la hice lo mejor que pude, con la capacidad que tenía en ese momento, y buscando siempre crecer en mi tarea de educadora o educador. Si he hecho esto, si me he entregado de verdad por mi hijo/alumno/nieto/etc., claro que he educado bien. Me habré equivocado en cosas, como todo el mundo. Pero lo importante es que el fundamento que sustentaba lo que yo hacía era bueno.

Lo mismo debemos pensar hoy: no que todo lo que se hizo antes estuvo mal y damos el pendulazo hacia el otro lado (pues suele ocurrir que nos pasamos de la raya y, por ejemplo, buscando mayor cercanía con nuestros hijos, a veces caemos en no saber ponerles los límites que necesitan); ni pensar que lo actual es la panacea ni tampoco sospechar de todo lo novedoso que nos digan. Debemos tener la misma actitud que tuvieron nuestros mayores (o al menos muchos de ellos): entregarnos sinceramente, buscar lo mejor para nuestros hijos y estar abiertos a crecer en nuestra tarea. Educar es un arte, no hay recetas universales… en cada momento hay que ir integrando distintas dimensiones y logrando una armonía que no siempre es igual, pues las circunstancias pueden requerir que le demos más peso a una dimensión que a otra en un momento dado, siempre sin absolutizarla.

De todo este recorrido personal que he hecho a lo largo del embarazo y que seguiré haciendo durante la crianza me quedo con esto, precisamente: que intentaré hacerlo lo mejor que pueda; que escucharé a los profesionales que hoy me ofrecen el estado más avanzado de las ciencias, pero no acríticamente, sino en diálogo con mis propios valores y tradiciones heredadas; que también escucharé los consejos de todos los que me rodean, en especial de mis familiares, pero tampoco acríticamente, sino en diálogo con el estado actual de la cuestión en las ciencias y en diálogo con mis propios valores, que a veces no coinciden 100% con los de mis mayores; que me equivocaré, como todos, y que intentaré aprender de mis errores, y que no me debo comparar, porque cada uno tiene que discernir por sí mismo cómo educar a sus hijos y eso requiere tener en cuenta muchas cosas que los demás no saben de tus hijos, de tu familia, de tus valores, de tus circunstancias. Y todo esto intentando ser respetuosa con otras maneras de educar, pasadas y presentes, pues debemos creer, hasta que no se demuestre lo contrario, que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Ciertamente, lo que hacemos o hacen otros a veces no es lo mejor, y tenemos que aprender a verlo, pero la manera de hacer ese proceso no es mediante una crítica destructiva desde fuera, sino desde un diálogo respetuoso y abierto.

¿Cogeré a mi niño cuando llore? Seguramente sí. Seguramente también hay momentos en que no pueda o no quiera hacerlo por agotamiento o por otras razones. En todo caso, lo que intentaré es darle lo mejor con las herramientas que tengo, que, evidentemente, como las de todos, son limitadas.

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Amar los días grises

El fin de semana pasado fue muy intenso; entre otras cosas fue mi graduación del Máster en Teología. Iba a escribir sobre ello, pero como no paré en todo el finde, no pude, así que os cuento hoy la reflexión que hice al respecto.

Tuvimos la suerte de que el padrino de la promoción fuera José María Rodríguez Olaizola, SJ. Yo había leído alguna cosilla suya, pero nunca lo había visto hablar “en directo”. Igual que me ocurrió en mi graduación del Grado en Teología con quien fue el padrino de la promoción entonces, esta vez también conecté totalmente con las palabras del padrino de la promoción actual.

Dijo varias cosas muy potables, pero me quedé sobre todo con la importancia de amar la rutina, los “días grises”, y la advertencia de que en nuestra vida profesional nos íbamos a encontrar de todo, no solo éxitos, sino también fracasos; no solo alegrías, sino también tristezas.

Siempre tengo la sensación de que en las graduaciones y en actos similares se enfatiza mucho el esfuerzo realizado, el éxito conseguido y el éxito que nos depara el futuro a los que hemos llegado hasta aquí. El “tú puedes/nosotros podemos/no te rindas al perseguir tus sueños” es normalmente el leitmotiv de los discursos de graduación. Y no digo que no sea verdad, porque también soy una apasionada de lo que hago y creo profundamente en que cada uno responda a su vocación, pero creo que hay que matizar el “todo es posible” y el “todos vamos a triunfar”.

Olaizola lo expresó muy bien. Nos dio la enhorabuena por lo que habíamos alcanzado, pero no se quedó en un discurso superficial sobre todos los éxitos que estarían por llegar. Nos recomendó detectar nuestra vocación y responder totalmente a ella, pero sabiendo que es un camino en el que no todo siempre sale bien, en el que hay éxito, pero también fracaso, en el que hay momentos especiales, pero también mucha rutina. Una de las ideas que más me gustaron fue la de que precisamente cuando amamos la rutina es cuando tenemos mayor capacidad para vivir y celebrar los momentos especiales como parte de la vida.

Ya sabéis que esto de la rutina es una de mis obsesiones constantes. Quizá insisto tanto porque veo que socialmente estamos dando el “pendulazo” hacia el otro lado y no está siendo beneficioso para la manera que tenemos de vivir el tiempo. Estoy muy de acuerdo con él en que la mayor parte de la vida es rutina y, además, no hay nada malo en ella. Casi hasta reformularía lo que él llamaba “los días grises”. En la rutina hay días grises, pero también soleados. Puede vivirse la normalidad de una manera novedosa, de una manera creativa, de forma que no tenga la connotación de ser algo “gris”, aunque haya días que, por diferentes motivos, sí lo sean.

Lo importante, me parece, es haber esclarecido de manera profunda el sentido de nuestra vocación. Porque entonces esos días más normales, e incluso los más tristes (que también los hay), estarán en el marco de un sentido, de una vida que tiene raíz y tiene dirección. Lo importante es qué construimos con nuestra vida. Los momentos en los que construimos son de lo más variados, nuestras vivencias de los mismos también. No nos engañemos pensando que hay que coleccionar momentos de subidón, lo que hay que hacer es construir. Construirte a ti mismo, construir tu entorno, construir relaciones valiosas… re-construir lo más roto del mundo que habitamos. Cuando haces eso, y lo haces sincera y desinteresadamente, los éxitos que tengan que venir vienen por sí solos. Y tampoco faltarán días de celebración. Pero la celebración tiene sentido porque has construido algo, no porque quieras tener un momento de emotividad vacía.

Creo que, al graduarnos, tenemos que ser realistas y no olvidar que en la vida nos vamos a encontrar de todo y que vamos a tener que enfrentarnos no solo a éxitos y alegrías, sino también a tristezas y fracasos, y a muchos días de normalidad que a veces no están de un lado ni del otro. Pero todo eso puede vivirse con plenitud si hemos respondido a una vocación, tan sencilla como se quiera, donde lo que cuenta es nuestra respuesta para construir un mundo mejor.

Partido a partido

Ayer una amiga de la universidad me dijo que le había sorprendido verme tan tranquila durante todo este curso a pesar de la cantidad de cosas que había tenido que hacer y de las que había tenido que preocuparme. Esta conversación me dejó pensativa. Como he vivido todo con bastante calma, mi sensación ha sido la de no haber hecho “tantas” cosas. Pero si echo la vista atrás, la verdad es que ha sido un año bastante intenso, lleno de acontecimientos, procesos y personas importantes a todos los niveles.

No nos engañemos, es cierto que he tenido mis pequeños momentos de saturación y agobio. Sin embargo, siento que este curso esos momentos han sido menos y que cuando los ha habido los he resituado más rápido que otras veces. Ni siquiera cuando tuve que entregar el TFM (o tesina, como lo llamamos en Teología) estuve sin dormir o sin descansar. Seguí mi rutina normal y lo entregué incluso un poco antes de que cerrara el plazo. Con un examen que tuve que estudiar un poco a última hora por lo liada que había estado me pasó lo mismo: los días previos estuve bastante centrada en eso y en algún momento un poco agobiada pensando en si me daría tiempo a estudiarlo todo, pero tampoco perdí la cabeza ni dejé de “vivir”. De hecho, la noche anterior al examen fui a ver al Mago Pop y disfruté mucho el espectáculo.

Creo que el secreto de haber vivido así este curso está en lo que ya os conté sobre la calma que me había aportado el embarazo. Ser capaz de pactar con mis límites y no pretender exigirme más de la cuenta ha sido fundamental. Con todo, tampoco se trata de no exigirte nada, sino de no saturarte pretendiendo llegar a más de lo que puedes. Si te organizas bien, teniendo claras tus prioridades y tus capacidades, y vas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabas llegando.

Relacionado con lo anterior está el aspecto sobre el que quisiera incidir hoy: ir partido a partido, como el Atleti. Otras veces he tendido a agobiarme porque pensaba en todo lo que me quedaba por delante y en si tendría tiempo para ello. Este año he entrenado mi capacidad de vivir el presente sin que lo que me aguardaba me distrajera de lo que estaba haciendo. He ido cerrando proyectos y abriendo otros, dando a cada cosa el tiempo que creía que tenía que dar. No siempre ha sido fácil, pero creo que es el año en que he vivido mejor esta faceta de la organización del tiempo.

Creo que el tiempo que he dedicado a la oración a través de los Ejercicios espirituales en la vida diaria me ha ayudado a lograr esto. La oración me da la paz necesaria para afrontar las cosas sin acelerarme ni agobiarme y me ayuda también a la aceptación de mí misma, central para no vivir siempre intentando responder a las expectativas ajenas (y propias), sino intentando dar lo mejor que puedo en cada momento, sabiendo que no siempre lo logro y que hay que vivirlo con humildad.

No caigamos en la trampa de pensar que no hemos hecho nada solo porque estamos tranquilos y hemos dedicado tiempo a descansar. Esa fue mi tentación al principio. Pero siendo justa conmigo misma he tenido que reconocer que, aunque quizá he llegado a menos “cosas” que antes, en realidad ha sido un año lleno de compromisos y de esfuerzo. Quizá lo que cambia es a qué van dirigidos esos esfuerzos: todo lo que lleva consigo el embarazo (empezando por las mil citas médicas y el tiempo que ello supone, y siguiendo por el aumento del cansancio y la consiguiente necesidad de descansar mejor) ha cambiado mi rutina y me ha hecho cambiar algunas opciones. Lo importante es plantearte si, con el cambio de circunstancias y el reajuste vital que comporta, sigues respondiendo a tu vocación. Ahí es donde está el quid de la cuestión.

No ha sido un año perfecto y seguro que en algunas cosas podría haberlo hecho mejor o haberme comprometido más. Eso está claro. Sin embargo, ahora que llega el verano y el cierre de esta etapa, echando la vista atrás creo que, en lo central, he seguido respondiendo a mi vocación y a mi misión. Quizá por eso lo he vivido todo con bastante paz. Quizá por eso me ha costado menos ir respondiendo a los retos “partido a partido”.

[Dedicado a Arrate, inspiradora de la entrada.]

La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

Alegría de Pascua: alegría «gestante»

Cuando me quedé embarazada mis amigas me preguntaron cómo me sentía y si la noticia me había dado «un subidón». Me resultaba un poco difícil explicarles mis sentimientos. Claramente, no era un subidón, pero quería transmitirles que, a pesar de eso, sí era una alegría muy honda, de hecho, más honda que la alegría de los subidones.

El propio proceso de gestación se parece a la alegría que yo he ido sintiendo por tener a mi hijo dentro de mí: primero, sorpresa ante el milagro de la vida, preguntas abiertas, interés por profundizar en lo que me iba a pasar… como ese cogollito de células, aún pequeño, con muchas posibilidades por delante. Después, un crecimiento constante, no solo en tamaño, sino en madurez. La alegría más sorprendida y espontánea del principio (no exenta de algunos miedos) va dando paso a una alegría sosegada, paciente, esperanzada. Ahora, cuanto más avanza la gestación, mi alegría se hace más profunda, más consciente, más querida, porque llevo más tiempo con mi hijo dentro y en ese tiempo lo he ido queriendo cada vez un poco más. Imagino que cuando nazca habrá un salto cualitativo, porque por fin lo podré ver cara a cara.

La semana pasada, que fue la Semana de Pascua, pensé que la alegría pascual se parece a esta alegría «gestante»: no es como la montaña rusa, que crece en expectación y luego cae en picado tras el momento álgido. Es, más bien, como la semilla que va creciendo hasta que da fruto. Es como mi hijo creciendo dentro de mí y como la alegría que yo siento por ello. No es una explosión momentánea, es un proceso en el que cada vez hay más alegría, pero también cada vez es más profunda y consciente de todo lo que aún no se ha visto tocado por ella. Celebramos que Cristo ha resucitado, pero aún queda mucho por hacer en nuestro mundo para construir el Reino. La vivencia de la resurrección, si la vivimos en serio, puede ser cada vez mayor, puede ir creciendo y ahondándose, pero poniéndonos en compromiso con ella, no limitándonos a levantar las manos en el carrusel esperando a que vuelva a caer.

A raíz de estas reflexiones me pregunto si no estaremos haciendo mal al valorar todas nuestras alegrías desde el paradigma de la montaña rusa: buscamos los mayores momentos de subidón, sin darnos cuenta de que duran un instante y enseguida se desvanecen. ¿No sería mejor buscar esta otra alegría, la alegría pascual o «gestante», más tranquila, más progresiva, pero que no deja de crecer ni se desvanece cuando vienen circunstancias adversas? La alegría del amor es así: también se alimenta de momentos, pero no son lo único ni lo principal. Crece porque hay una entrega mantenida, esperanzada y amante. Imagino que así será la alegría de ser madre.

I.E. #11: ¿Hay una crisis económica y educativa o una crisis de la persona?

Disculpad que haya descuidado un poco el blog últimamente, he estado algo liada. Retomo hoy vuestras preguntas existenciales con esta inquietud sobre la crisis actual. La persona que me la mandó la ponía en relación con la Universidad, preguntándose si su finalidad es diseñar buenos formadores o bien generar máquinas de producir libros y artículos académicos. En el fondo, esa pregunta nos sirve para todo hoy: ¿estamos en una crisis concreta o en una crisis más general, una crisis de la persona?

Me inclino más bien por la segunda opción: se trata de una crisis de la persona, una crisis general que lo impregna todo y por eso la vemos ejemplarizada cada uno en nuestro entorno más inmediato. “Crisis” no tiene por qué significar directamente “hecatombe” (aunque en algunos casos sí lo sea), sino, más en general, “cambio”. Cuando entramos en crisis suele ser porque algo ha cambiado y no nos hemos adaptado a ello. Necesitamos, entonces, resituar nuestra vida, y ese proceso suele costar bastante trabajo.

Quizá lo que ocurre hoy es precisamente eso: más allá de las situaciones difíciles y malas que está viviendo la humanidad, que las hay, lo que desde luego nos está ocurriendo es que todo ha cambiado con mucha rapidez y no hemos hecho todo el proceso necesario para adaptarnos críticamente a ello. Nos hemos dejado llevar por el avance técnico, por los cambios sociales, por las nuevas posibilidades abiertas para la humanidad, y hemos adaptado nuestros valores a todo ello, sin haber profundizado en cómo vivirlo adecuadamente para no perder el norte.

Así, me parece que lo que nos falta es ese horizonte, ese “norte” que nos guíe. Tenemos muchos valores positivos, pero a veces falta algo que les dé unidad y coherencia y que nos permita jerarquizarlos.

En el ejemplo que decía esta persona de la Universidad, sucede también esto: como ahora nuestra investigación puede tener un impacto mayor que antes y llegar más rápido a todos los lugares, y como valoramos la eficiencia en otros ámbitos, asumimos a veces acríticamente esa necesidad de impacto y de eficacia y acabamos generando un sistema que nos sumerge en una vorágine de publicaciones y de criterios un poco “tiquismiquis”, que ponen más el foco en cuestiones burocráticas que en la calidad de la investigación. En teoría todo esto surgió para asegurar dicha calidad, pero en la práctica a veces desvía de ello.

Lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida: valoramos la tecnología, pero en vez de utilizarla sabiamente acabamos siendo esclavos de ella. Valoramos hacer bien nuestro trabajo, pero a veces nos lleva al extremo de descuidar la relación con la gente que queremos. Valoramos nuestros ideales y luchamos por ellos, pero a veces no nos detenemos a pensar que hay más ideales y que hay que ponerlos en diálogo, o que hay que saber priorizar qué cosas son más importantes. Valoramos el cariño a nuestros hijos, pero se nos olvida que también hay que educarlos y eso pasa por poner límites…

Quizá hay una crisis de la persona porque nos hemos ido sumando a muchas cosas sin habernos hecho cada uno como personas. Nos falta solidez, nos falta criterio, nos falta horizonte. No siempre, claro está, pero muchas veces sí. Y desde luego eso es a lo que se nos aboca, porque la sociedad funciona de tal manera que nos empuja en esta dirección: a ser “líquidos”, en vez de sólidos.

Está fenomenal afrontar los cambios y hacerlos nuestros, pero con criterio. Hoy dejo más preguntas que respuestas, pero quizá ese criterio pasa por preguntarnos con más seriedad adónde vamos con todo esto… adónde vamos con las publicaciones, en el caso universitario, si realmente a mejorar a las personas y contribuir a su crecimiento o a sumar títulos a nuestro CV; adónde vamos con nuestro trabajo, si a generar solo dinero o a contribuir a mejorar la sociedad; adónde vamos con todo lo que tenemos y lo que queremos tener… si es para contribuir al enriquecimiento de nuestra vida o si a veces nos distrae de lo que es esencial.

Hoy, que es día de elecciones, espero que tanto nosotros como nuestros políticos nos hayamos preguntado adónde estamos yendo y adónde queremos ir en realidad. La crisis empieza por no tenerlo claro… o, mucho peor, poner tener claro un supuesto “adónde” que no es el idóneo, y así nos acaba yendo.

Plantar un árbol para celebrar el cumpleaños

Me gusta cumplir años. No solo porque es una buena «excusa» para juntarte con tu familia y amigos a celebrarlo y de paso ponerte al día con ellos, sino también porque celebrar un año más en el que ha habido tanto por lo que dar gracias es motivo de alegría.

A veces la gente se deprime un poco con las nuevas cifras que va alcanzando. Como si fuera mala señal ser mayor, como si nos restara algo… Yo reconozco que a mí siempre me han gustado los años que he cumplido, porque van significando nuevos hitos en el camino y muchas cosas buenas que van llegando y están por llegar. Claro que también acumulamos errores y problemas con el paso del tiempo… pero quiero pensar que tienen menos peso que todo lo bueno, y siempre podemos vivirlos de manera que nos enseñen a crecer. Cuantos más años tienes sabes más sobre la vida y es más probable que hayas aprendido a bandearte mejor en ella. Por tanto, es más fácil que estés más a gusto contigo mismo.

El otro día unos amigos me regalaron un olivito por el cumpleaños para que cumpla la promesa de plantar un árbol este año (así ya completo el proverbio ese de que a lo largo de la vida hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol). Me hizo mucha ilusión porque fue un puntazo, pero también por lo que simbolizaba: el árbol comienza siendo pequeñito y va creciendo, como nosotros, haciéndose más recio y dando más fruto con el paso de los años. Quiero pensar que así nos sucede a nosotros, y que si vivimos la vida a fondo cada año hemos crecido un poco más, estamos más a gusto con nosotros mismos y estaremos agradecidos de poder celebrarlo.

Cuando plante mi olivo lo podré ir observando crecer y dar fruto y será una buena manera de ver por fuera lo que espero que me suceda a mí por dentro: no dejar de crecer, no dejar de agradecer y no dejar de dar fruto.

[A Isa, Miguel y Alberto por el regalo tan inspirador].

I.E.#10: ¿Por qué aun «teniéndolo todo» podemos caer en una crisis profunda?

Una de las inquietudes existenciales que me llegaron me pareció algo dura en su formulación, pero muy cierta y muy necesario planteársela. Os la transcribo entera: «Depresión, suicidio, soledad hiriente son rasgos de jóvenes bien formados de nuestro tiempo… ¿qué suelo firme es posible ofrecer al ser humano de hoy? ¿Qué horizonte cabe presentar para esperarlo?» Había otras inquietudes que apuntaban más o menos en la misma dirección o a temas relacionados, pero me he quedado con esta formulación porque creo que lleva el planteamiento a sus últimas consecuencias: ¿por qué, aun cuando parece que se tiene todo, hay tanto vacío e infelicidad?

Empezaré con un ejemplo concreto del que me he enterado esta semana (aunque creo que no es una noticia nueva). El otro día encendí la tele un poco antes de que empezara el telediario y pillé un trozo de «Corazón, corazón». Salió la noticia de que Justin Bieber había reconocido públicamente que estaba atravesando una depresión y que se quería centrar en resolver las cuestiones personales que lo estaban alejando de la felicidad antes de continuar con su carrera artística (o algo así me pareció entender).

La noticia me dejó pensativa. Bieber ha sido el ídolo de muchos (y sobre todo «muchas») jóvenes durante bastante tiempo. Ha conseguido fama y éxito desde pronto en su vida. Y, sin embargo, cuando parece que está en lo alto, a lo que todos aspiramos, dice que tiene depresión. No estoy muy enterada del caso (no llevo al día el famoseo y todas estas cosas) y no sé en este caso concreto a qué se debe. Es cierto que a veces la depresión tiene causas médicas que escapan a la decisión de la persona, y que, cuando no es así, puede tener muchas causas; pero creo que hay bastantes de las veces en que se debe a una falta de sentido en la vida, y me parece que el caso de este cantante va por ahí. El suicidio, aunque sucede lo mismo en cuanto a la variedad de causas y casos, también tiene muchas veces ese componente de falta de sentido. Por eso me planteo si esos casos a los que se refiere esta inquietud, «depresión, suicidio, soledad hiriente» no estarán relacionados, precisamente, con un vacío que todos los «éxitos del mundo» no pueden llenar.

Por mis anteriores entradas (y mi libro, si lo habéis leído) sabréis que siempre respondo a esta cuestión desde la necesidad de amor en nuestra vida, que equivale a la construcción de relaciones sanas y profundas con los demás. Es la respuesta típica que todos damos por buena, pero muchas veces añadimos: «ya, si el dinero no da la felicidad… pero ayuda»; «lo más importante son las personas… pero ahora mismo mi prioridad es no estancarme profesionalmente»; «tenemos demasiadas cosas… pero me voy a comprar este móvil nuevo y más avanzado porque lo necesito», y un largo etcétera. Es decir, sabemos que hay muchas cosas que no llenan lo profundo de nuestra vida, pero no sé si estamos convencidos del todo, porque nos dejamos llevar por lo que nos dicen que nos va a dar la felicidad o lo que es necesario para poder siquiera planteársela: comodidad, dinero, éxito, reconocimiento…

Yo me pregunto de qué le ha servido a Justin Bieber tener todo eso, si como quiera ha acabado en una depresión. Quizá estas cosas no «ayudan» tanto como creemos, porque a veces despistan, más que ayudar. Evidentemente no estoy diciendo que no tengamos que tener lo necesario para vivir con dignidad ni estoy demonizando el dinero, ni el éxito, ni la fama. Lo que estoy diciendo es que eso no es lo esencial, y, aunque lo decimos muchas veces de boquilla, creo que muchas veces no lo acabamos de creer. Hasta que no seamos plenamente conscientes de que esas realidades no son un suelo firme, no podremos construir nuestra vida de manera satisfactoria, y antes o después eso acabará saliendo a la luz…

Ya que somos tan fans de nuestros ídolos, aprendamos también de sus fracasos y caídas, no solo de lo que más brilla de ellos. En este caso, si Justin Bieber se ha dado cuenta de que tiene que replantearse su vida, quienes lo siguen con tanto frenesí podrían plantearse que les vendría bien hacer lo mismo. Y los demás también, por supuesto. Antes de plantearnos hacia qué horizonte caminar y qué suelo es firme para construirnos sobre él, debemos caer en la cuenta de los horizontes y suelos insuficientes con los que nos hemos apañado momentáneamente, pero que no pueden conseguirnos lo que prometen.