I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?

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Para encontrar la felicidad no hay que buscarla

Estoy leyendo un libro titulado Búsqueda de Dios y sentido de la vida en el que se transcribe una interesante conversación entre el psicólogo y psiquiatra Viktor Frankl y el teólogo y estudioso de las religiones Pinchas Lapide, ambos judíos. Frankl y Lapide dialogan sobre el sentido de la vida, el carácter religioso de la existencia, lo que supuso Auschwitz para el pensamiento, la necesidad de purificar nuestra idea de Dios, etc.

Hay un momento en que ambos están hablando sobre la autorrealización o felicidad del ser humano y se muestran de acuerdo en que no puede ser encontrada si se la busca en sí misma, una intuición que yo misma llevo tiempo pensando. Resulta paradójico que no podamos ser felices cuando pretendemos serlo a toda cosa, sino cuando nos entregamos a los demás, a una misión, a algo que nos saque de nosotros mismos. Pero así es. Con estas palabras lo expresa Frankl en el diálogo:

«La autorrealización sólo es posible en la medida en que me pierdo a mí mismo, me olvido de mí, me sobrepaso. He de tener un motivo para realizarme. Y ese motivo consiste en que me entrego a una cosa o una persona, como muy bien acaba usted de decir. Pero cuando ya no miro a la cosa o a la persona que me importa, sino únicamente a mí mismo, entonces dejo de tener una razón para realizarme. Todo el esfuerzo se dirige a la autorrealización en sí misma. Lo mismo ocurre con la lucha por la felicidad o el placer. Cuando no tengo un motivo para la felicidad, me resulta imposible ser feliz; y, por tanto, si sólo aspiro a ser feliz, desaparece de mi vista todo lo que constituiría el fundamento de mi felicidad. Y cuanto más trato de atrapar la felicidad tanto más se me escapa. […] En otras palabras, la felicidad debe surgir como consecuencia, pero en modo alguno debe ser buscada en sí misma.

Lo mismo cabe decir de la autorrealización: quien se propone como fin decisivo la autorrealización desconoce que, en última instancia, el hombre sólo se realiza en la medida de que llena un sentido en el mundo. En otras palabras, la autorrealización fracasa en su propósito en la medida en que, al igual que la felicidad, surge como añadidura de la realización del sentido» (Viktor Frankl, en V. Frankl y P. Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida: Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, Barcelona 2005, pp. 71-72).