#CapitalismoAExamen: 5. Libertad mal entendida

Antes de continuar con el análisis más concreto de algunas cuestiones (de moral empresarial y personal, fundamentalmente, aunque también alguna de carácter más sistémico) quisiera detenerme hoy en una cuestión de base: cómo el capitalismo ha pervertido nuestra concepción de la libertad.

El comunismo pecó del error contrario: enfatizar tanto la igualdad, que esta engulló la libertad personal. Por eso la Doctrina Social de la Iglesia ha subrayado siempre que un sistema que no respete la libertad humana no es un sistema adecuado. Sin embargo, aunque el capitalismo sí subrayaba su importancia, pervirtió su comprensión. Contra esto también ha reaccionado en múltiples ocasiones la Iglesia, criticando la noción individualista de libertad.

Nosotros estamos tan imbuidos del sistema que muchas veces no nos damos cuenta de hasta qué punto nos creemos a pies juntillas algo que no tiene por qué ser así: que yo hago con mi vida lo que quiero y nadie tiene que decirme nada; que, mientras respete los mínimos sociales, me deben dejar poder para hacer y deshacer, y que lo lógico es que yo busque mi propio beneficio. Y así nos va, con esta lógica… acabamos más solos que la una, pervirtiendo muchas de nuestras relaciones, utilizando a los demás, y llegando (en el mejor de los casos, porque no siempre se llega) a una posición de comodidad, éxito, riqueza y poder que, no obstante, nos deja sumamente vacíos. En ese momento, ¿qué? ¿Vamos a poder “comprar” el amor que no tenemos? Siento ser un poco dura en la forma de expresarlo, pero creo que tenemos que despertar ya. Nos estamos equivocando sobre cómo vivir la vida, y pasa factura…

¿Qué tiene de malo, entonces, la noción de “libertad” del capitalismo más liberal? La concepción individualista del ser humano y de su libertad. Somos seres sociales por naturaleza. Necesitamos a los demás, como dije hace unas semanas en la entrada sobre la dependencia. Y no solo los necesitamos a nivel práctico, sino que no podemos ser felices sin ellos. Si somos felices al amar, necesitamos un prójimo a quien amar y que nos ame. Si lo que da profundidad y dicha a nuestras vidas son las relaciones sanas y buenas, necesitamos construirlas con alguien. Los objetos no pueden suplir esas relaciones, y por eso la lógica consumista no lleva a ninguna parte.

Hasta aquí, quizá haya bastante gente de acuerdo conmigo, pero nos hace falta sacar todas las consecuencias que esto conlleva: si somos seres sociales, no podemos entendernos al margen de los demás. Nuestra libertad no es solo para nosotros, es para construir algo con quienes nos rodean. Nuestra responsabilidad no es solo para vivir nuestra vida de una manera correcta, sino también para edificar una sociedad mejor con los demás. Nuestras ilusiones no son solo nuestras, sino que estamos llamados a compartirlas con los demás. Nuestro dinero no es solo nuestro, además de ser nuestro sustento debemos usarlo teniendo en cuenta a los demás. Nuestros hijos no son solo nuestros, sino que estamos llamados a hacer de ellos buenos amigos, buenos ciudadanos, personas entregadas y abiertas a su prójimo. Y un largo etcétera. Por lo tanto, nuestro objetivo no debe ser intentar tener más (de lo que sea) nosotros solos, sino intentar aportar lo mejor de nosotros para que tanto nosotros como los demás vivamos mejor.

Una libertad que empieza y acaba en mí olvida quién soy y a qué estoy llamada o llamado. Olvida que soy social, olvida que necesito a los demás, olvida que mi destino es amar. Olvida, sobre todo, que el ser humano tiene una vocación más amplia y más bonita que conseguir cosas para sí mismo: la vocación de construir fraternidad. Si habéis tenido la experiencia de amar a alguien de verdad, estaréis de acuerdo conmigo en que la felicidad profunda que eso aporta no es equiparable al éxito que vamos buscando en otros caminos. Si amas de verdad, te das cuenta de que lo demás, aunque pueda ser bueno, es secundario. Sobre esto volveremos el próximo día: una libertad mal entendida nos hace confundir los medios con los fines. Por favor, no caigamos en esa pobreza. Salen perdiendo los demás, pero sobre todo salimos perdiendo nosotros mismos.

#CapitalismoAExamen: 4. Black Friday

Aprovecho que esta semana ha sido el Black Friday para hacer una breve reflexión acerca de ello, que además tiene mucha relación con lo que vimos el día pasado. Como hago muchas veces, comienzo compartiendo una vivencia personal.

Resulta que tenía pensado un regalo para esta Navidad (no os puedo dar detalles, evidentemente, je, je) que era en parte hecho por mí, en parte encargado. Esta semana me di cuenta de que salía mucho más barato encargarlo durante el Black Friday, y decidí acelerar un poco la parte que me tocaba hacer a mí para poder encargarlo con el descuento. El jueves ya lo tenía bastante avanzado y, de haber querido, lo podría haber acabado para el viernes, aunque metiendo un poco de caña. Sin embargo, el jueves, cuando estaba rezando, de repente me di cuenta de que me sentía incómoda por hacerlo así. En primer lugar, porque me daba rabia que el Black Friday decidiese por mí sobre cuándo (esta semana) y cómo (deprisa y corriendo) hacer el regalo. Y, sobre todo, porque no quería participar de la ola de consumismo a la que esa iniciativa nos aboca. De repente me sentí en paz conmigo misma y me dije: “aunque pueda, no lo quiero terminar hoy. Es un regalo que quiero hacer con más calma, con más disfrute, cariño y esmero. Y si lo encargo en un momento que me salga un poco más caro, pues que así sea. No todo en esta vida es el beneficio económico”. Después de esta reflexión, me sentí mejor.

A pesar de que reaccioné a tiempo, como veis yo también me dejo llevar por las “lógicas capitalistas”. Y creo que, aunque en distinta medida, nos pasa a todos. No estoy demonizando los descuentos ni digo que siempre esté mal comprar en Black Friday. Lo que quiero mostrar es que, sin darnos cuenta, el sistema nos lleva por delante y nosotros, acríticamente, nos dejamos llevar. ¿Cuántos no hemos comprado cosas que no necesitábamos, o que podíamos haber pedido a los Reyes Magos, o para las que podíamos haber esperado a nuestro cumpleaños? ¿Cuántas veces hemos dejado que la lógica del beneficio económico pese más que otras lógicas, como pasar tiempo con nuestros seres queridos o hacer las cosas en su debido momento? Porque, por ejemplo, puede suceder que, para beneficiarnos del Black Friday, pongamos las compras por delante de otras cosas que son más importantes. Que sí, que está bien ahorrar… ¿pero es esta la única manera? ¿Es la mejor manera? Y sobre todo… ¿por qué compramos ese día, porque da la casualidad de que necesitamos algo y aprovechamos el descuento, o porque los precios nos vuelven locos y nos ponemos a consumir como posesos?

Iniciativas como el Black Friday nos invitan a vivir por encima de nuestras necesidades. Nos ponen en bandeja consumir, y vamos detrás. Solo pensemos una cosa, cuando vayamos a comprar en un día de estos… planteémonos en conciencia por qué estamos comprando, y si no estaremos contribuyendo a un sistema que nos acaba pervirtiendo.

#CapitalismoAExamen: 3. Vivir por encima de nuestras posibilidades… y necesidades

El otro día salió el tema de quien pide préstamos que no puede pagar, y me gustaría hoy dedicar la entrada a profundizar un poco más en esta cuestión.

Antes de nada, seamos cautos: no conviene hacer generalizaciones indebidas. No todos los préstamos son por capricho ni todas las catástrofes previsibles. Por ejemplo, para comprar una casa casi siempre hay que pedir una hipoteca, porque rara es la persona que puede ahorrar para comprársela a tocateja antes de independizarse. Con lo cara que es la vivienda, lo habitual suele ser ahorrar para dar una entrada lo más grande posible y después pedir una hipoteca por x años (que suelen ser bastantes, tal y como están los precios). Si esperáramos a tener todo el dinero que cuesta una casa, la empezaríamos a disfrutar al final de nuestra vida, cuando ya no tiene mucho sentido.

También hay otras cosas para las que podemos pedir un préstamo por necesidad. Por ejemplo, no es lo mismo comprarse un coche por capricho que hacerlo porque el trabajo que hemos conseguido está en mitad de la nada y no hay buen transporte público, o que por los horarios no lleguemos a tiempo si tenemos que dejar a los niños en el colegio.

Además, decía que no todos los desastres son previsibles. Uno puede pedir un préstamo porque tiene un trabajo estable y previsiones sobradas de poder pagarlo, y de repente un día quiebra la empresa y se encuentra junto con sus compañeros de patitas en la calle.

También puede haber casos de desesperación absoluta, de no tener a quién recurrir y verse en la necesidad de endeudarse para cosas muy necesarias, aunque no se tenga la capacidad de pagar.

Dicho esto, y habiendo excusado los casos que puedan ser excusables, seamos un poco críticos con nuestro estilo de vida. Creo que se ha extendido la idea de que tenemos que vivir todo lo cómodos que podamos e incluso que tenemos “derecho” a hacerlo así. Y como lo queremos todo ya, sin tener que esforzarnos para conseguirlo, recurrimos al préstamo para poder disfrutar ya de las cosas e ir pagándolas poco a poco. No es lo mismo pedir un préstamo por necesidad que por capricho. Ni es lo mismo pedirlo con unas condiciones seguras para poder pagarlo que en una situación inestable. Pero a veces no hacemos toda esta lectura, sino que nos dejamos llevar por lo que nos han vendido que tiene que ser: que yo disfrute ahora de todo y que no me falte de nada. A costa de lo que sea…

El derecho a una vida digna es un derecho humano, con todo lo que ello comporta: alimentación, vivienda, trabajo… Pero no confundamos esto con los caprichos. No digo que esté mal darnos un capricho de vez en cuando, pero creo que erramos al convertir los caprichos en necesidades y tratarlos como si lo fueran. Si, hipotéticamente, necesitara un coche para ir a trabajar porque no me queda otra, ¿es necesario que sea un cochazo carísimo, de la mejor marca del mercado? Como mucho, podría defender que necesito un coche, pero creo que no puede defenderse que “necesito” ese cochazo en concreto. Si necesito una casa para vivir con mi familia (por ejemplo, porque se me haya acabado el alquiler y los precios estén demasiado disparados), ¿necesito directamente un chalé, aunque no tenga las condiciones para poder pagarlo? ¿No me valdría con una vivienda más modesta? Y si necesito muebles para mi casa, ¿necesito que sean los más caros del mercado, si acabo de mudarme y no tengo casi ahorros? Necesito ropa y zapatos para salir a la calle, pero… ¿necesito renovar todo el armario cada temporada? ¿Necesito que todo sea caro y a la última moda?

Creo que de todo este análisis surgen dos conclusiones. Una, que a veces vivimos por encima de nuestras posibilidades, y no es sensato. Sería mejor medir cada uno qué posibilidades y qué necesidades tiene, antes de endeudarse a lo loco, además de aprender a esforzarnos para conseguir aquello que queremos. Porque cuando no se pueden pagar las deudas corremos el riesgo de perderlo todo (además de las repercusiones que esto tiene sobre todo el sistema, como vimos el día pasado).

Pero hay también una segunda conclusión: hemos creado un sistema frenético del tener, del tener siempre más. Y esto no solo es grave para el que no puede permitírselo, sino también para el que sí puede. ¿Por qué? Porque alimenta un estilo de vida que nunca le dará la felicidad (entendida de manera profunda y no superficialmente) y porque alimenta un sistema que genera muchas desigualdades.

Estoy cansada de oír la frase “el dinero no da la felicidad… pero ayuda”. De hecho, muchas veces nos reímos ante quien piensa que el dinero no da la felicidad y a su vez pensamos “¡qué ingenuo!” Sin embargo, cada día estoy más convencida de ello. El dinero “ayuda” sin con esto nos referimos a cubrir las necesidades básicas. Eso sí que me parece central. Nadie debería tener que vivir en condiciones infrahumanas, sin sus necesidades básicas cubiertas (que no son solo materiales, sino también culturales, espirituales, sociales…), y por desgracia nos queda mucho todavía para alcanzar la justicia en ese sentido. Pero creo que cada vez ampliamos más lo que son “necesidades básicas” y nos creamos necesidades que, en realidad, no lo son. O, peor aún, interpretamos superficialmente lo que necesitamos e intentamos llenar nuestro vacío interior con cosas que nunca lo van a llenar. Por eso siempre queremos más, porque si en algún momento paramos la rueda nos damos cuenta de que no estamos yendo a ningún sitio, y que en realidad estamos vacíos… En próximas “entregas” intentaremos volver sobre todo esto.

#CapitalismoAExamen: 2. La crisis de las hipotecas subprime

De lo que más he leído sobre economía financiera ha sido sobre la crisis de 2008, conocida como la crisis de las hipotecas subprime y que Leopoldo Abadía llama la crisis “ninja”. Los “ninjas” son personas sin ingresos, trabajo ni activos (ninja, por las siglas en inglés: no income, no job, no assets), que piden hipotecas a los bancos, y estos se las conceden. ¿Por qué pide hipotecas gente que no puede pagarlas? En algunos casos no habrá más remedio, pero muchas otras veces porque se nos ha inculcado que vamos a ser felices cuanto más tengamos, y que además nos “merecemos” disfrutar de todo ya y no esperar a poder pagarlo. Volveremos sobre esto. ¿Por qué los bancos dejan dinero a gente que no tiene pinta de poder pagarlos? Porque a los bancos también les interesa tener más, y una forma de tener más es conseguir que otros quieran tener más, prestarles y cobrarles intereses. Además, si los prestatarios no pueden pagar, el banco siempre puede quedarse con el bien en cuestión (en el caso de 2008, principalmente viviendas) y venderlo más caro, así que siempre hay negocio.

Uno podría pensar: “o sea, que la crisis de 2008 se debió a que mucha gente pidió hipotecas que no podía pagar, no las pagó, y los bancos se quedaron con muchas casas y sin dinero”. En parte sí, pero esa no es toda la verdad. ¿Qué agravó la crisis? Que el mundo se convirtió en un macro casino y los bancos se dedicaron a apostar con las hipotecas. ¿Cómo? A ver si puedo explicarlo de la manera más sencilla posible.

Los bancos saben que no todos los prestatarios tienen las mismas posibilidades de pagar sus deudas. Con unos corren más riesgos que con otros al prestarles dinero. Por eso, las hipotecas son calificadas según la fiabilidad con la que van a ser pagadas. Las conocidas como hipotecas “subprime” son de una categoría baja, porque los destinatarios tienen unas condiciones económicas y/o laborales precarias (los ninjas de Leopoldo Abadía). Al banco entonces se le ocurre que puede vender esas deudas de baja calificación en el mercado financiero, así recupera el dinero y le “endiña” el riesgo de impago a otro. Pero, evidentemente, algo que no tiene buena pinta no es fácil de vender, eso es primero de marketing. El banco, astutamente, hace un milhojas de hipotecas (la imagen es de Gaël Giraud): mezcla algunas seguras con otras no seguras, para que los compradores vean las primeras y las quieran comprar, quedando las no seguras bien escondidas en medio del milhojas. En terminología financiera, estos milhojas se llaman CDO (Collateralized Debt Obligation, obligaciones de deuda garantizada). Se va creando, así, una pirámide de deuda, pues las inversiones de unos se pagan con lo aportado por otros. Cuando los primeros de la cadena no pagan sus hipotecas, la pirámide se desploma.

Pero aún hay más. Ya os dije que esto se terminaba convirtiendo en un casino. Para disminuir más todavía el riesgo de impago, las entidades financieras inventan un nuevo sistema: los CDS (Credit Default Swap) o permutas de incumplimiento crediticio. Un CDS es como un seguro que funciona como una apuesta (para entendernos): quien compra un CDS sobre una hipoteca o crédito se compromete a pagar periódicamente una cantidad al vendedor. El vendedor del CDS se compromete a pagar al comprador del CDS una cantidad determinada de dinero en caso de que el crédito no sea pagado por el acreedor. ¿Por qué digo que es como una apuesta? Porque es como si el vendedor apostara a que el deudor del crédito va a pagar –de manera que, si acierta, sale ganando porque recibe los pagos del comprador del CDS– y el comprador apostara a que no va a pagar –de forma que, si tiene razón, sale ganando porque el vendedor tendría que pagarle la cantidad acordada por el impago–. Además, es como una apuesta porque, a diferencia de los seguros, quien compra un CDS no tiene que ser propietario del bien sobre el que contrata el CDS. Es decir, se pueden comprar CDS respecto a riesgos ajenos e incluso alguien puede asegurarse varias veces sobre la misma cosa, con sucesivos CDS.

Cuando esta práctica se va extendiendo por el mercado financiero, llega un momento en que nadie sabe quién está asegurado contra quién. Por seguir con la metáfora del casino, no se sabe qué ha apostado cada uno. Y no puede saberse, porque si un banco dice cuál es su situación, puede provocar su propia quiebra, ya que los demás actuarán de acuerdo con esa información para salir ellos como ganadores de las apuestas. Es como si alguien enseñara la mano que lleva jugando al póker: nunca ganaría.

En esas situaciones se generan profecías que provocan su propio cumplimiento: por miedo a perder, uno se apresura a hacer lo que haga la mayoría, pero justo así es como se ocasionan las pérdidas en todo el sistema. Cuando se dispara la alarma, los bancos empiezan a vender sus títulos (los CDO en este caso) para tener liquidez, pero cuanto más se venden, menos liquidez general hay, y se hace cada vez más complicado vender. “Tonto el último”, vaya.

Además, llega un punto en el que las cosas no valen lo que valen en sí mismas -o no solo-, sino que valen según la opinión que tengan los inversores sobre ellas. El mercado financiero acaba preso de tal grado de especulación que se desconecta de la economía real y puede traer muchos problemas.

¿Adónde nos lleva todo esto? A esta conclusión: en 2008, cuando la gente dejó de pagar sus hipotecas subprime, la crisis no solo se debió a ese hecho (que también). La especulación financiera -o el casino financiero, podríamos decir- hizo que este desafortunado hecho se convirtiera en el desplome de todo un castillo de naipes. Los bancos se habían arriesgado de más, pensando que estaban protegidos por los CDS, y no tenían liquidez. Y cuando estalla la crisis, nadie tiene liquidez, porque todo el mundo está preso del sistema de apuestas.

Como veis, una locura. No soy experta en estos temas y seguro que hay mil cuestiones más que tener en cuenta en el análisis de la especulación financiera. Con estos mínimos conceptos solo quiero ilustrar que al error de quienes piden préstamos que no pueden pagar se suma la avaricia de quien consigue que ese error se multiplique y adquiera dimensiones mundiales por las “apuestas” crediticias. Y digo “mundiales” porque, con las compras y ventas de los CDO y CDS a bancos de todo el mundo, los problemas que comienzan en un lugar pueden viajar muy lejos. Por ejemplo, la crisis de 2008 empezó en Estados Unidos y acabó afectando a Europa.

Así que, si vas a invertir, piensa bien en qué estás invirtiendo. Especular, es decir, intentar hacer dinero solo por el juego de apuestas, no es bueno para la economía: ni para los contribuyentes, que acaban sufriendo injustamente el rescate de los bancos, ni para los que apuestan, porque un día les sale rana y lo pierden todo, ni para la sociedad, porque pretende ganar dinero sin producir ningún bien ni servicio, sino solo especulando. Y, si vas a pedir un préstamo, piensa cómo de necesario es lo que necesitas comprar y si vas a poder pagarlo. El próximo día volvemos sobre esto.

#CapitalismoAExamen: 1. Todas las personas somos responsables de la economía

Es difícil saber por dónde empezar en una cuestión tan global y compleja como la que quiero abordar en esta serie de entradas. Intentaré tratar cada día un tema lo más concreto posible dentro de toda esta maraña de preocupaciones que trae el capitalismo. Iba a empezar por algunos rasgos del sistema capitalista (sobre todo de la especulación financiera) que me ponen los pelos de punta. Sin embargo, algo me dice que hay que empezar por el carácter personal de todas estas cuestiones, porque a veces nos dedicamos a hacer análisis técnicos para eludir la parte que nos toca: nuestra responsabilidad en todo esto. No echemos balones fuera. Hay parte de responsabilidad que no es nuestra, pero afrontemos lo que sí está en nuestra mano. ¿Y qué es?

Cada uno tiene la suya. Algunos piden préstamos demasiado grandes sin garantías de poder pagarlos. A veces no queda más remedio, pero… ¿no ocurre a menudo que pretendemos vivir por encima de nuestras posibilidades, habiendo otras opciones? Otros hacen inversiones arriesgadas y ponen en peligro lo poco -o mucho- que tienen, o, peor, ponen en riesgo lo que tiene su familia. También hay quien convence a los demás de hacer lo anterior, quien no regula lo que debe regular para que el sistema funcione, quien hace operaciones arriesgadas con dinero ajeno, quien se deja llevar por la avaricia y es imprudente e inmoral, quien no promueve medidas legislativas y gubernamentales para controlar los excesos del sistema… todo esto son acciones de personas. No son rasgos etéreos de un sistema dañino (aunque, en un segundo momento, podamos analizarlo y ver que así es).

Las crisis surgen de decisiones personales, aunque tengan factores sistémicos. Si siempre escurrimos el bulto y pretendemos que lo que hacemos no tiene incidencia en las catástrofes, las cosas nunca cambiarán. Aunque la economía mundial es una estructura compleja que trasciende a las personas, está constituida por miles de decisiones y acciones personales.

Esto es lo que quiero transmitir hoy: para cambiar la realidad hay que ser consciente de que cada uno jugamos un papel en ella. Habrá cosas que no podremos cambiar, evidentemente. Y al vivir en un sistema que no es ético, porque muchas cosas están mal planteadas de raíz, es casi imposible no contribuir al mal que genera ese sistema, porque no podemos salirnos de él. Sin embargo, esto no es excusa para echar la culpa al sistema en sí, como si fuera un ente abstracto. La famosa “mano invisible” en la que creían los capitalistas acérrimos (una especie de providencia secularizada) no existe. Los hilos del mercado son movidos por personas: algunas, con pequeñas acciones, otras con acciones grandes. Cada uno tiene su margen de actuación y su cuota de responsabilidad: el bróker, como bróker; la empresaria, como empresaria; la trabajadora, como trabajadora; el amo de casa, como gestor de la economía familiar. En los próximos posts abordaré cuestiones que atañen a unos y otros.

No pensemos, sobre todo quienes nos sentimos más lejanos a las cuestiones financieras, que no tenemos nada que ver en todo esto. Como veremos el próximo día, la pasada crisis económica se debió en gran medida a gente particular que pidió préstamos que luego no pudo pagar. Aunque no fueron los únicos responsables.

Cada vez me pone más nerviosa que utilicemos la “sociedad” como chivo expiatorio al que echamos la culpa de todo. La sociedad somos todos, tú y yo también. Así que, para entender y solucionar los males de la “sociedad” (en este caso sus males económicos) tenemos que entendernos y solucionarnos a nosotros mismos. Hasta que no partamos de aquí, todos los libros que leamos sobre economía no servirán para nada.

50 sombras capitalistas

Normalmente suelo leer ensayos de Filosofía y Teología, aunque me interesan también cuestiones relacionadas con otras ciencias y por eso a veces leo artículos o libros de otros ámbitos del saber. Sin embargo, nunca pensé que acabaría leyendo tanto de economía, concretamente financiera. Si hace unos años alguien me dijera que me iba a leer varios libros sobre las crisis financieras, quizá no le habría creído. Pero sí, así ha sido. Hoy me gustaría contaros cómo acabé en ese punto y compartir algunos de los descubrimientos y de las reflexiones que he hecho al respecto. Como no me caben todos en una entrada, dedicaré varios posts a este tema, ya que, además, creo que tiene bastante importancia (y urgencia, añadiría).

Hace unos siete u ocho años, tenía que hacer un comentario de texto sobre la globalización para la asignatura de Historia Contemporánea, que cursaba en Filosofía. Mi padre, que había trabajado mucho este tema, me facilitó varias lecturas. En una de ellas se hacía referencia al problema de la especulación financiera y el daño que hacía a la economía de muchos países en vías de desarrollo. Alguna vez hablé con él sobre el tema y me explicó un poco cómo funcionaba. El “gusanillo” de la especulación financiera se me quedó ahí: quería entender cómo podía ser posible que las transacciones financieras tuvieran tanto impacto en el mundo y, en concreto, en las crisis.

Al año siguiente, estando de Erasmus en Londres, encontré un libro en una tienda de segunda mano titulado Whoops!: why everyone owes everyone and no one can pay (de John Lanchester). Lo leí un tiempo después, cuando ya había regresado a España. El libro es muy didáctico y te explica de una forma muy sencilla dónde está el meollo de la crisis financiera (que intentaré explicar en una entrada posterior). Me di cuenta de que había una parte de responsabilidad de quien pide préstamos para vivir por encima de sus posibilidades y luego no puede pagarlos, pero otra parte, y casi más importante, de un sistema viciado que multiplica y amplifica los riesgos.

En el último curso de Teología cursé la asignatura de Moral social. En ella se nos proponía elegir un tema, leer dos libros de ese tema a lo largo del curso y hacer un trabajo sobre cada uno. Yo elegí la economía financiera y leí dos libros bastante buenos de cristianos que reflexionaban sobre el sistema financiero capitalista y sobre qué sería necesario hacer para evitar las distorsiones de dicho sistema. Además, los libros hacían referencia a la raíz espiritual de toda la problemática, que de ahí en adelante ocupó mis pensamientos: una vez que entendí, más o menos, lo que estaba pasando, me paré a reflexionar sobre por qué las personas estaban dando lugar a ello, y me di cuenta de que es por un nuevo tipo de idolatría (por fuerte que suene).

Pero no queda ahí la cosa. Últimamente me fijo en comentarios y actitudes de la gente que muestran que el sistema nos ha metido un golazo del que no nos hemos dado ni cuenta (quizá, porque no nos interesa). Se nos han vendido como normales valores y actitudes que no debieran serlo. Para no hacer spoilers, no diré nada más. Sobre esto también escribiré una entrada entera.

Finalmente, acabo de leer un libro que explica la relación entre las crisis financieras de la última década y la política internacional. Ambas están íntimamente relacionadas: a veces una influye en la otra, a veces la otra en la una. El análisis a veces era demasiado técnico para mí, que no tengo mucha formación en este ámbito, pero me quedé con esta idea: nuestra política no se mueve por lo que es mejor para todos (o no siempre, para no sonar tan catastrofista) sino que también pesan -y mucho- las influencias de los movimientos financieros (entre otras muchas cosas).

Después de todo este proceso, me doy cuenta de que “la cuestión financiera” tiene muchas aristas e implicaciones distintas (técnicas, morales, espirituales; económicas, políticas, locales, globales…). Y la “cuestión capitalista”, todavía más. Por eso hablo de las “50 sombras”, aunque seguramente me quedo corta. Mi conclusión es que hemos alimentado un sistema (no solo económico, sino vital) de manera acrítica, sin ponerle límites, que está generando muchas desigualdades y que además nos está haciendo infelices, porque lleva a valorar cosas secundarias descuidando lo que es más importante en la vida. Y el problema es que somos muy acríticos con ello. O nos quejamos, pero acabamos cayendo en lo mismo que criticamos. En parte es entendible, porque cuando vives en sociedad es imposible salirte del sistema… pero podríamos y deberíamos ir aportando más granitos de arena y cambiando las cosas.

En suma, el capitalismo nos ha metido un golazo porque no solo ha conseguido dictar las reglas -injustas- del juego de la economía, sino que nos ha impuesto un sistema de valores que es deshumanizador. Con esta serie de entradas solo pretendo una cosa: que seamos conscientes de que tenemos que ponernos en la portería.

Historias contra la indiferencia

Hace ya unos años, cuando iba a cursar Bachillerato, me presenté a una beca (que al final no conseguí). El proceso de selección era bastante intenso y tenía varias fases. En una de ellas nos preguntaron cuál pensábamos que era el mayor mal que aquejaba a la humanidad. Yo dije que la indiferencia. Recuerdo que varias personas del tribunal me miraron con cara rara y me dijeron: “¿la indiferencia? ¿No crees que hay cosas más importantes, como las guerras y el hambre?” Yo les dije que me parecía que la indiferencia era el problema que impedía solucionar esas realidades. Si todos pusiéramos más de nuestra parte y nos interesáramos más por los problemas ajenos (tanto por solucionarlos como por no causarlos), no habría tantos males que aquejasen a la humanidad, o serían más pequeños.

Hace poco he vuelto a pensar en esta cuestión. Sigo creyendo que la indiferencia es uno de los peores males porque es un “mal-raíz”: un mal raíz de otros males, o por lo menos un mal que impide solucionar los otros. Es evidente que, aunque no seamos indiferentes, tampoco podemos luchar por todas las causas. No tendríamos vida suficiente para ello (es decir, no tendríamos tiempo, ni fuerzas, ni capacidad…). No obstante, me parece que nos hemos pasado por el otro lado: como no podemos solucionarlo todo, nos hemos “vacunado” contra todo, de manera que no luchamos por nada. No todos ni todo el tiempo (¡menos mal!), pero diría que es una actitud común en nuestra época.

Por otra parte, estos días he leído un libro titulado El poder de las historias (de Martin Puchner, editorial Crítica). Es un texto muy agradable de leer y muy interesante, porque teje historia, tecnología, geografía y literatura de una manera muy sugerente, mostrando cómo se han gestado los grandes textos de la historia de la humanidad y también cómo han influido en esa misma historia. Al leerlo me daba cuenta del poder que tiene la literatura para cambiar el mundo. Hay textos que han viajado por siglos y continentes y continúan transformando personas y sociedades y, de esta manera, haciendo historia.

Cuando reflexionaba sobre el problema de la indiferencia, venía a mi mente el libro que tenía estos días entre manos y pensaba que, justamente, la literatura sería un buen revulsivo contra nuestra indiferencia. ¿Por qué? Porque cuando nos cuentan una historia, es como si pusiéramos rostro a una realidad, de manera que nos interpela directamente. Cuando un problema es para nosotros un hecho genérico o un titular del periódico, no nos mueve tanto como cuando conocemos a alguien que lo sufre. Si no conocemos a nadie en esa situación, pero leemos una historia concreta sobre ello, también empatizamos enseguida. Ese es el poder de las historias: acercarnos a realidades que no tenemos cercanas, de manera que las hagamos nuestras, que nos “duelan” y nos hagan salir de nuestra indiferencia.

¿Por qué si hoy siguen existiendo historias (no solo en los libros, también en las películas y en las series) seguimos siendo tan indiferentes? Habrá quien diga que porque hoy no leemos buena literatura ni vemos buen cine. Puede ser parte del problema, pero creo que no es la parte principal. También una obra que no tenga mucha calidad puede hacernos reflexionar, si dejamos que nos interpele lo que allí se cuenta. Creo que el problema principal es que acudimos a las historias como mero entretenimiento. No vamos más allá. No dejamos que nos cambien. Vivimos el arte como se viven hoy muchas cosas: de manera superficial. Pongo un ejemplo: podemos ver Juego de Tronos con el único propósito de enterarnos de quién muere, quién se casa con quién o quién gana el trono de hierro (manera superficial de verlo), o dejarnos interpelar y pensar, a raíz de los comportamientos que vemos en la serie, si realmente somos o no leales con nuestra gente, si no nos importa aplastar a otros para conseguir nuestros objetivos y si eso que hayamos descubierto nos parece bien o merecería un cambio de actitud (manera más profunda).

Hoy os dejo estas dos reflexiones que se unen en una: a) vivimos un momento de indiferencia generalizada, muy dañina para la humanidad, porque impide construir fraternidad, que es absolutamente necesaria para la plenitud de todos. b) Casi todos acudimos a historias, normalmente para entretenernos, ya sea a través de la literatura, del cine o de las series (dejo a un lado la prensa del corazón porque creo que se trata de una cuestión distinta y analizarla me llevaría por lo menos otra entrada entera). Pero las historias, desde bien antiguo no han servido solo para entretener, sino para cambiar el mundo. Conclusión clara: ¿por qué no nos dejamos interpelar un poco más por aquello que vemos y leemos y antes de saltar a la siguiente cosa reflexionamos un poco sobre lo visto/leído en la anterior? Para que esto tenga éxito, hace falta criterio, pero no construiremos criterio propio si nunca nos paramos a hacerlo. Está claro que esto no es suficiente para acabar con la “era de la indiferencia”, pero es un primer paso que no nos pilla tan lejos, ¿no?

Bendita dependencia

Los niños son dependientes. Muy dependientes. Cuando tienes que cuidar de un bebé te das cuenta de hasta qué punto venimos a este mundo siendo dependientes de los demás: necesitan de ti para alimentarse, para su aseo e higiene personal, para su consuelo, para ir de un sitio a otro, para aprender a jugar y a descubrir el mundo… y eso en esta primera etapa. Después, será caminar, hablar, leer, escribir y un largo etcétera.

Cuando vamos creciendo, gracias a la educación de nuestros mayores, vamos ganando autonomía. Sin embargo, creo que se nos ha colado un golazo con esto de la autonomía: hemos creído en la ilusión de que la autonomía implica una desaparición, o al menos un descenso drástico, de la dependencia. Y no es así. De hecho, no puede ser así.

Autonomía significa, para mí, ser capaz de construir tu propia vida. Es decir, ser capaz de ejercer libre y responsablemente tu libertad. Es cierto que hay condicionantes vitales que recortan el alcance de esa libertad, pero creo que siempre (o casi siempre, exceptuando casos extremos) queda un margen de libertad, al menos de libertad interior. En todo caso, aunque se recorte la autonomía, (casi) siempre queda un resquicio de ella: el ser dueño interiormente de la propia vida.

Y siempre queda también dependencia. Aunque se vaya disminuyendo, nunca llegamos a ser independientes del todo. Si no, piensa en tu día a día. Sales de casa y vas al trabajo. ¿Cómo vas? ¿En tren? Dependes del maquinista y de todos los que hacen posible que ese tren esté ahí, funcione correctamente y siga su horario. ¿En coche? Dependes de quien lo ha fabricado, de quien proporciona la gasolina, de quien lo arregla si se estropea. Cuando vas a comer, dependes de quien ha recogido la materia prima, de toda la cadena que ha hecho que esa comida llegue a ti y del cocinero o la cocinera si no has preparado tú la comida. En tu trabajo normalmente dependes de que otros también hagan bien su trabajo, porque rara vez trabajamos solos. También dependes de quien fabrica la ropa, para no salir desnudo a la calle, y dependes de quien hace los zapatos, para poder pisar cómodamente sin hacerte daño en los pies. Si te pones enfermo, dependes de los médicos, las enfermeras y el resto del personal hospitalario. Dependes de las industrias farmacéuticas, si tienes que tomar algún tipo de medicación. No quieres que continúe, ¿verdad? Está claro que todos dependemos de todos.

En alguno de estos ámbitos puede que no seamos dependientes, pero por cómo está organizada actualmente la vida, es imposible ser autosuficiente en todo. Para eso tendríamos que vivir en el campo, producir nuestra propia comida, fabricar todos nuestros utensilios, no utilizar electricidad o generarla nosotros mismos… un sueño difícilmente alcanzable (y no sé si deseable). También cuando la vida era más simple dependían unos de otros, empezando por el hecho de que había distintos gremios porque cada uno se especializaba en una cosa distinta. En otras palabras, también dependían unos de otros. ¿Qué tiene de malo? Nada. Lo necesitamos para sobrevivir. El problema está en que no lo reconocemos fácilmente.

Y no solo somos dependientes, sino que para vivir en este estado de cosas necesitamos confiar en los demás. Al depender de otro, confío en que hará su labor, pues la necesito para vivir. Si no me dan muestras de lo contrario, doy por hecho que los demás van a cumplir su parte para que todo funcione y todos podamos vivir adecuadamente.

¿Por qué seguimos contándonos el cuento de que no somos dependientes? Dependemos todos de todos. Es así desde que nacemos hasta que nos vamos de este mundo. Y eso no nos quita nuestra autonomía. Seguimos siendo libres de construir nuestra vida, pero lo que la dependencia nos dice es que no la construimos al margen de los demás, porque los necesitamos. Si lo aceptáramos, creo que viviríamos mejor las situaciones en las que, al menos aparentemente, vemos nuestra dependencia aumentar y la autonomía disminuir. Nos daríamos cuenta de que este binomio autonomía-dependencia no puede separarse, aunque en distintos momentos de la vida sea mayor el peso de una o el peso de la otra. Lo que no debemos pensar es que podemos eliminar una de ellas.

¿Teta o tetina?

Cuando Miguel cumplió un mes, probamos a darle mi leche en biberón, para ver si lo aceptaba y así poder, en el futuro, dejarlo con alguien si yo me tenía que ausentar, con el “bibe” de leche materna preparado. Esa vez se lo tomó del tirón y creímos que no le hacía ascos al biberón. Debía tener hambre, porque las dos siguientes veces que le han dado biberón (ambas en ausencia mía) tardó más en cogerlo y no se lo tomó entero. Cuando yo volví a casa, pidió su ración de pecho, y con eso sí que se quedó dormido plácidamente.

De hecho, la “teta” es el único analgésico 100% efectivo. Estos días, que está acatarrado y agobiado con las flemas, lo único que lo calma cuando ya está muy desesperado es ponerlo al pecho. Y creo que no es solo por el alimento, porque a veces se queda “chupeteando”, pero sin comer. Me parece que lo que la teta le proporciona es el calor de su madre, la seguridad y el confort de saberse cuidado por mí. Por eso lo prefiere a la tetina del biberón.

Evidentemente el biberón es un gran invento y los niños que se alimentan con biberón no están traumatizados por no haber tomado pecho. No se trata de demonizar uno y exaltar lo otro. Pero es verdad que este pequeño ejemplo del día a día me ha hecho pensar y extrapolarlo a otras realidades que vivimos.

Los niños tienen claro que prefieren la teta a la tetina, porque lo que quieren es el contacto humano. ¿Lo tenemos tan claro nosotros? ¿No nos sucede que, a menudo, acabamos más prendados de las cosas que de las personas? Las cosas, y en concreto los inventos, sirven para facilitar el contacto con las personas, pero no para suplantarlo. El biberón sirve para facilitar que unos padres puedan alimentar a su hijo, pero no quita que deban estar con él y arroparlo. El Whatsapp sirve para facilitar el contacto con la gente que está lejos (que me lo digan a mí, ahora que mi hermana vive al otro lado del charco…), pero no para que todas nuestras relaciones estén mediadas por él y suplante totalmente el contacto personal. Y así con todo. También vale para el contacto con el resto de la realidad: las fotos sirven para facilitarnos el acceso a realidades que no podemos ver directamente, pero sería un error verlo todo a través de la cámara y dejar de mirar directamente a la naturaleza o las ciudades que visitamos (¿no está pasando esto peligrosamente con el turismo?).

Los niños son listos. Pudiendo, eligen la teta. ¿Por qué nosotros, tantas veces y cada vez más, nos conformamos con la tetina?

La maternidad: cuidar y dejarse cuidar

Hace un par de semanas amanecí con fiebre. Pasé una noche malísima, muy destemplada, y cuando me desperté me encontraba fatal. Lo primero que pensé fue en mi hijo: ¿cómo iba a cuidarlo si no podía con mi propio cuerpo? Pregunté a mi familia si alguien iba a estar disponible durante el día por si me surgía alguna emergencia. Después, intenté descansar algo y reservé las únicas fuerzas que tenía para dar de comer a Miguel y cambiarle el pañal cuando lo necesitó.

Al rato vi que había contestado mi madre. Tenía planes para el día, pero podía posponer algunos y reorganizar otros para venir a estar conmigo. Yo solo había preguntado por si había alguna emergencia, pero ella vino de todas maneras. Preparó la comida, comió conmigo y cuidó de Miguel un rato para que yo pudiera descansar. Además, hizo varias tareas en casa que me vinieron fenomenal y me acercó al médico en coche para que no tuviera que ir caminando (a pesar de que no está lejos).

Resultó que había sido una “fiebre tonta”, pues no tuve más síntomas y al día siguiente se me había pasado, aunque es cierto que me había sentido flojísima durante todo el día, sobre todo por la mañana. No obstante, una experiencia tan sencilla como estar un poco “pocha” me ayudó a reflexionar sobre lo que significa ser madre.

En el imaginario colectivo la maternidad está íntimamente conectada con el cuidado. Ser madre es, entre otras muchas cosas, cuidar de los hijos. Y es verdad que yo lo viví ese día: cuando tenía fuerzas mínimas, no me levanté ni a desayunar, pero sí para dar de comer a mi hijo. Sin embargo, hay otra dimensión del cuidado que a veces se nos olvida: dejarse cuidar. Cuando mi madre dejó lo que tenía que hacer para venir a cuidarme, me di cuenta de que no solo soy madre, sino también hija, y como tal me tengo que dejar cuidar.

Puede parecer una reflexión de Perogrullo, pero creo que a la hora de vivirlo no nos resulta tan obvia como parece. A menudo caemos en vivir la maternidad desde una total abnegación y entrega -que son necesarias, claro que sí- pero sin reparar en que, igual que nuestros hijos nos necesitan, nosotras necesitamos cuidados, atención, ayuda. No somos superwoman ni podemos con todo solas.

Por eso me gustaría redefinir la relación del cuidado con la maternidad: consiste en cuidar, sí, pero también en dejarse cuidar. Gracias a mi hijo y a mi madre, que ese día me lo recordaron.