I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.

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Cómo me estoy cuidando: Ejercicios Espirituales en la vida diaria

Después de la entrada de hace dos semanas sobre lo importante que es cuidarnos siempre y en todas las dimensiones de nuestra vida, un amigo me dijo que le gustaría que escribiese un poco más sobre ello. En concreto, me preguntó cómo podemos cuidar más la dimensión espiritual en el día a día, sin esperar a «urgencias». Estos días lo he estado pensando y la verdad es que me resultaba difícil contestar a esa pregunta. Entonces me planteé: ¿por qué? ¿Por qué sé que es importante cuidarse e intento hacerlo, pero luego no sé explicar bien cómo?

Hace poco me vino la inspiración y se me ocurrió una primera respuesta: porque cada uno necesitamos cuidarnos de una manera distinta. No lo digo para salirme por la tangente (¡de verdad!), sino que realmente creo que es así. Hay personas más inclinadas a la pereza, a la pasividad, que quizá necesitan crecer en el compromiso activo y responsabilizarse de ciertos ámbitos de su vida que tienen más descuidados. Hay otras personas (entre las que me incluyo) que tendemos a la aceleración y el agobio, y necesitamos aprender a frenar y tomarnos la vida con más calma. Hay personas a las que les preocupa demasiado todo y necesitan aprender una cierta y sana indiferencia, y personas tan indiferentes que lo que necesitan es que los demás les importen un poco más. ¿Cómo dar una receta válida para todos, si cada uno necesitamos algo distinto?

Después de pensar esto, se me ocurrió que todos, independientemente de nuestras diversas necesidades, debemos empezar por lo mismo: ser conscientes de que necesitamos cuidarnos, abrir espacios y tiempos en nuestra vida para ello y elegir medios que nos ayuden a hacerlo. Para contestar a mi amigo con algo más que una generalidad, he decidido compartir cómo me estoy cuidando yo este año en el ámbito espiritual (me ciño a este, pero lo mismo habría que plantearse en el psicológico, el físico, etc.). Así le doy una respuesta más concreta, más encarnada, pero sin pretender que es una respuesta válida sin más para todos.

Como algunos sabéis, para cuidarme espiritualmente siempre me ha ayudado mucho rezar. Cuando estoy rezando con calma, en silencio y centrada solo en eso, Dios me ayuda a sosegarme, ver las cosas con perspectiva e ir transformando mi forma de entender la vida y relacionarme con todo lo que me rodea. No suelo recibir «recetas» para solucionar cada situación, sino más bien un crecimiento interior y una experiencia de estar en las manos de Dios que me ayudan a vivir de otra manera.

Pues bien, este año decidí dar un espacio mayor y más constante a la oración a través de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Él pensó estos Ejercicios para un mes entero en el que la persona se dedicaba solo a ellos, pero los jesuitas han diseñado una nueva forma de llevarlos a cabo en la vida diaria que facilita la experiencia a la gente que no puede dedicar todo un mes seguido. Durante aproximadamente un año, cada día te comprometes a rezar una hora, revisar después la oración, revisar el día antes de acostarte e ir a misa (esto último solo si puedes y quieres).

Los Ejercicios son una mediación muy bonita y completa porque aúnan a su vez otras mediaciones. En primer lugar, el acompañamiento interpersonal. Hay una persona que me acompaña los ejercicios. Nos vemos una vez a la semana: yo le cuento cómo me ha ido la semana y él me propone el tema para la semana siguiente, dándome algunas pautas que me pueden guiar en la oración.

En segundo lugar, la experiencia de otros que han vivido antes de nosotros. San Ignacio, basado en su experiencia y lo que conocía de otros, propone temas para rezar, modos de oración y reglas de discernimiento, que son orientaciones para entender tu mundo interno, aprender a detectar de dónde te viene cada sentimiento y cada idea, cómo integrarlo en tu vida, a qué te sientes llamada, etc.

En tercer lugar, la Biblia: todos los ejercicios incluyen lecturas bíblicas que te ayudan a meditar, a dejarte provocar y abrir a lo novedoso, a detectar qué partes de tu vida necesitan más luz, etc.

En cuarto lugar, la vida de la Iglesia, en concreto la eucaristía. No es obligatorio ir a misa para hacer los Ejercicios, pero a mí me está ayudando intentar acudir todos los días a ella, porque inicio el día centrada en mi dimensión espiritual y poniéndolo todo en manos de Dios.

Los Ejercicios te ayudan también a iluminar el resto de dimensiones de tu vida: lo psicológico aflora, porque estás en contacto permanente con tu mundo interior; lo social también, porque traes a la oración todas las personas que te importan y los problemas que tienes con ellas y quieres resolver o aprender a vivir; lo emocional siempre, porque san Ignacio insiste mucho en que te fijes en qué sentimientos experimentas en cada oración; incluso lo físico, porque los Ejercicios requieren un orden vital que te permita mantener el compromiso (con el consiguiente descanso, entre otras cosas) y una observación de cómo estás en cada momento que hace que te sea más fácil detectar cómo te encuentras, también físicamente.

Además, me siento unida a la gente que me importa porque cada día, además de tener presente a toda mi gente, rezo especialmente por una persona. El nombre de esa persona me acompaña desde el principio del día, en la misa, en la oración, a lo largo del día y finalmente en la revisión del día antes de acostarme. Es una forma de que los demás también estén presentes en mi relación con Dios.

Me diréis, «¿por qué hacer todo esto equivale a cuidarte?» Con la siguiente anécdota creo que se verá con claridad. Cuando empecé el curso, tuve la tentación de agobiarme con todos los frentes distintos a los que tenía que atender: nuevas tareas en el trabajo; llevar al día los estudios; nuevas iniciativas que me surgían en el ámbito eclesial; ponerme al día con mis amigos y familia después del verano; las tareas de la casa, etc.

Además, se me empezaron a estropear las cosas: el ordenador de casa no me iba bien, tardaron un montón en recogérmelo y traérmelo, y cuando vino seguía sin funcionar del todo bien; con los ordenadores de la oficina pasó algo parecido y hubo que ponerlos a punto; el móvil empezó a fallarme para leer el correo, por lo que hubo unos días en los que no sabía bien dónde contestar los e-mails ya que todas las máquinas a mi alrededor se estropeaban; el metro y el tren se averiaron varios días seguidos, causando la consiguiente carrera matutina para no llegar tarde; y para colmo otro día se me rompió una sandalia cuando estaba yendo a la Universidad y tuve que volver a casa a cambiarme.

No eran cosas graves, ni mucho menos, pero sumadas a las preocupaciones habituales, al inicio de una nueva rutina en la que te tienes que situar y los problemas que cada uno tenemos y siempre llevamos con nosotros (me refiero a las cosas que sí son más graves o importantes, tanto nuestras como de gente que nos importa), hubo un momento en el que empecé a agobiarme.

¿Sabéis lo que funcionó? Los Ejercicios. Paradójicamente, lo que mejor me cuidó (y me sigue cuidando) fue ese aparente «no hacer nada». Cuando me acelero, la oración me frena. Cuando me empiezo a hacer daño a mí misma y culparme demasiado por tonterías, Dios me hace ver que eso no me hace bien y me devuelve la confianza en mí misma. Cuando las cosas no salen bien con los demás, me enseña a esperar, tener paciencia y encauzar las situaciones de la mejor manera posible, paso a paso. Cuando he pasado algo importante por alto o no he tratado bien a alguien, me ayuda a verlo. Y un largo etcétera.

¿Qué necesitas para cuidarte y cómo hacerlo? Yo no lo sé, cada uno somos un mundo… solo sé que yo sí necesito ese espacio y ese tiempo de parar, ponerme en manos de Dios y estar dispuesta a profundizar en toda mi persona. Hasta el punto de que todos mis agobios y frustraciones se ponen en un segundo lugar cuando simplemente estoy ante el amor de Dios y confiada a él.

Pienso que los Ejercicios pueden ayudar a mucha más gente, igual que a mí, porque están pensados de tal manera que a cada uno lo ayudan desde donde está y hacia donde más necesita. Pero si no es el momento de hacerlos, seguro que hay otros medios por los que te puedes cuidar espiritualmente. Como digo siempre: lo primero es querer hacerlo. Después, poner los medios. Si de verdad quieres cuidarte, busca el modo. Si necesitas ayuda para ello, pídela. Y, sobre todo, ¡no pongas excusas para no hacerlo!

[Dedicado a Luis… por preguntar, je, je.]

I.E. #2 ¿Estamos predestinados?

Sigo hoy con las inquietudes existenciales que me mandasteis (como cada 15 días, os recuerdo que dedicaré dos entradas al mes a ellas). La de hoy no es de una persona en concreto, sino de varias, porque es un tema que, en mi opinión, preocupa en general a mucha gente: ¿estamos predestinados o somos realmente libres?

Antes de deciros mi opinión, os dejo un texto muy sugerente de un autor cristiano del siglo III, Orígenes de Alejandría. Ya veréis lo actual que es, a pesar de estar escrito hace más de 1700 años:

«El punto siguiente también está definido por la predicación eclesiástica: toda alma racional está dotada de libre albedrío y de voluntad; y está en lucha con el diablo y sus ángeles, así como las potencias adversas, que se esfuerzan entonces por cargarla de pecados; pero si vivimos correcta y sabiamente, debemos procurar sacudirnos y quedar libres de una carga de esta clase.

De esto se sigue, por tanto, que entendemos que no estamos sometidos a la necesidad y que no somos forzados de todas maneras ni a pesar nuestro a obrar el mal o el bien. Dotados como lo estamos del libre albedrío, algunas potencias nos pueden empujar al mal y otras ayudarnos a obrar nuestra salvación; sin embargo no estamos constreñidos por la necesidad a obrar bien o mal.

Piensan lo contrario los que nos dicen que el curso y los movimientos de las estrellas son la causa de los actos humanos, no sólo de aquellos que no dependen del libre albedrío, sino también de los que están en nuestro poder» (Orígenes, Sobre los principios, Prefacio §5).

Vamos a «traducir» a nuestra mentalidad lo que dijo este teólogo (del que, por cierto, soy bastante fan; ya sabéis que me gusta meter cuñas publicitarias), para ver si nos arroja alguna luz sobre esta inquietud que tenemos.

En primer lugar, dice que somos libres y subraya que esta es la doctrina de la Iglesia (dice que está definido por la predicación eclesiástica). Somos libres incluso aunque haya elementos externos a nosotros que nos puedan empujar hacia el bien o hacia el mal. Entonces se hablaba de ángeles y demonios, potencias benignas o adversas. Nosotros podemos asociar esta idea a muchas cosas que nos influyen: otras personas, circunstancias de la vida, modas, opiniones sociales y un largo etcétera. Algunas de estas realidades nos ayudan a elegir el bien y otras nos lo dificultan. Lo que dice Orígenes es que sí, efectivamente, existen esas influencias, pero que a pesar de ello seguimos siendo libres.

De todo esto nuestro teólogo concluye que no estamos constreñidos por la necesidad, es decir, no estamos obligados a actuar de ninguna manera. Orígenes tampoco es iluso y no pretende que lo que sucede a nuestro alrededor no nos afecte. Lo que dice es que, por más que nos pueda influir, nunca nos puede obligar totalmente. Siempre queda un reducto de libertad (aunque sea la libertad interior) en nosotros.

Quien en tiempos del autor achacaba todo lo que ocurría a los movimientos de los astros equivale a quien hoy pretende que todo lo que sucede ocurre así debido a causas que escapan a nuestra decisión. Orígenes, nuevamente, es hábil: no dice que podamos elegirlo todo, sino que hay cosas que dependen de esas causas externas (por ejemplo: el día y la noche dependen del movimiento de la tierra y no hay nada que podamos hacer para detenerla) y otras que dependen de nuestra voluntad.

Os dejo tres reflexiones que me surgen de todo esto:

1) ¿Por qué, si está tan claro que somos libres, nos vemos muchas veces inclinados a esa idea de destino? Yo creo que nos da seguridad y cierta tranquilidad. Tener verdaderamente parte en los acontecimientos nos obliga a una implicación mayor que si todo está dado de antemano. Si lo que sucede es malo, es descorazonador pensar que no lo puedes cambiar, pero al menos no tienes esa inseguridad que te lleva a pensar «¿y si pudiera haber hecho algo?» Es decir, creer que de verdad eres libre te hace responsable de tu vida, de llevar las riendas… y eso a veces genera más vértigo que dejarse arrastrar por esa idea de que todo es así, y punto.

2) Me parece que también tenemos atracción a la idea de destino porque nos da una especie de «sentido espiritual»: cuando conseguimos algo positivo o cuando interpretamos que algo ha sido providencial en nuestra vida parece que nos ayuda pensar que eso «tenía que ser así». Y es verdad que la providencia actúa en nuestra vida… pero quizá deberíamos repensar esta realidad, porque Dios nunca anula nuestra libertad, sino que la libera de todo lo que la ata y de lo que la hace menos plena. Así que, cuando tenemos esa sensación de que algo «tenía que ser así», para no atentar contra nuestra libertad, deberíamos decir mejor «Dios quería esto, yo también lo he querido, y qué bien que ha sido posible». Por supuesto, estoy simplificando demasiado. Sobre este tema habría que volver. Solo quiero dejaros la idea de que no es incompatible la providencia con la libertad, y que esa sensación de que algo superior ha actuado en nuestra vida no invalida la verdad de que somos libres. Más que nada, porque Dios es amor, y el amor no es posible sin libertad (¡sobre esto también habría que volver! Y volveremos).

3) Por otras de mis entradas en el blog, sabéis que insisto mucho en que debemos aprender a vivir aquellos momentos de nuestra vida en que no podemos cambiar nada. ¿Supone eso que no somos libres? Yo pienso, como Orígenes, que no. Incluso cuando hay condicionantes enormes en nuestra vida, somos libres ante ellos. Por lo menos, somos libres de vivirlos e interpretarlos de una forma u otra. La libertad no es una cosa que tienes o no tienes. La libertad es hacerte a ti misma, a ti mismo, como persona. Y para hacerte, para construirte como persona, tienes que contar con todo lo que te viene dado y no puedes cambiar, pero también tienes un margen de posicionamiento frente a ello. A veces ese margen es exteriormente mayor, pero incluso si no lo es siempre te queda la capacidad interior de darle un sentido u otro, de integrarlo en tu vida y de posicionarte internamente ante ello.

Veis que soy una acérrima defensora de la libertad… insisto en que si no hay libertad no es posible el amor y no seríamos dueños de nuestra vida. Ahora bien, quizá lo que nos dificulta entender todo esto es que tenemos un concepto de libertad como hacer lo que queremos en todo momento y como si nada externo pudiera influirnos para nada. Quizá la libertad es ese arte de construir con todo lo que viene, tanto bueno como malo, y no tanto el poder elegir todo eso que viene.

Seguramente os habrán quedado más preguntas que respuestas… eso es buena señal. Sigue preguntándote e intentando responderte, es un buen ejercicio para crecer, también para crecer en libertad.

Cuídate siempre, no solo «in extremis»

Hace unas semanas pedí cita con mi fisioterapeuta. Hacía mucho que no iba a tratarme con ella y durante el verano había tenido épocas en las que me molestaban algunas zonas de la espalda y el cuello. Lo curioso es que en los días anteriores a pedir la cita no me dolía nada, por lo que me planteé si ir o no. Al final, decidí ir para empezar el curso con una buena «puesta a punto». Resulta que cuando la fisio me empezó a masajear la espalda, encontró varios puntos en los que había bastante tensión acumulada y hasta me puso ventosas para aliviarla. Después de la sesión me noté mucho más relajada.

Hace un tiempo mi decisión hubiera sido distinta. Habría pensado: «¡Bah, no me duele nada ahora mismo, no voy y así ahorro, ya iré cuando de verdad me duela!» Claro que, cuando «de verdad te duele», cuando te duele mucho, vas y no basta con una sesión por la cantidad de contracturas que tienes. Cuando ya estás mal, hace falta mucho trabajo para conseguir esa «puesta a punto» que deseas.

La primera vez que fui al fisio (por entonces era uno distinto) lleva muchísimo tiempo teniendo molestias en la espalda, pero me acostumbré a vivir así y no lo notaba demasiado. Se hacía más patente en épocas de estrés y al hacer ejercicio: corría encogida, como con los hombros hacia arriba, porque estaba agarrotada. Después de ir (evidentemente, varias veces) noté un cambio bastante grande: corría más estirada, con una postura más cómoda sin necesidad de forzarla y no sentía tantas molestias en la espalda. Volví a caer en la tentación de pasar del tema y aguantar hasta estar mal otra vez, pero de un tiempo a esta parte decidí que ir al fisio me hacía mucho bien como para no aprovecharlo. Tampoco voy todo el tiempo, porque no tengo ningún problema serio que necesite rehabilitación, pero creo que he ido aprendiendo a cuidar mi espalda más a menudo para estar lo mejor posible y no esperar a tener una tensión flipante para ir a tratarme.

Esto que os acabo de contar no os parecerá raro. Al fin y al cabo, hoy somos bastante sensibles con el tema del cuidado de nuestro cuerpo. Pero yo os pregunto: ¿lo somos también con el cuidado de nuestro espíritu, de nuestra psique, de nuestras emociones, de nuestras relaciones? Me parece que tendemos a esperar a estar «in extremis», destrozados o desesperados por algo, para empezar a pensar en que deberíamos cuidarnos. A veces los malestares se van instalando en nuestro interior sin darnos cuenta de que están ahí y un día estallan y nos encontramos fatal. ¿No nos iría mejor cuidándonos siempre, pidiendo ayuda cuando la necesitemos en pequeñas cosas, para sanarnos poco a poco, en vez de esperar la debacle?

Evidentemente hay situaciones en la vida que no podemos prever, que nos quiebran y necesitan un largo proceso de recuperación. En el ejemplo del fisio, sería como la rehabilitación necesaria tras un accidente. Pero hay otros casos en los que el colapso no se debe a algo puntual y externo, sino a que nos hemos descuidado a nosotros mismos. Estos casos se reducen (o al menos se hacen más llevaderos) cuando tenemos la práctica de cuidarnos: ya sea física, psicológica, espiritual, emocional o socialmente. Todas nuestras dimensiones necesitan cuidado. No esperemos a estar «in extremis» para pensar en ello.

I.E. #1: No ir de puntillas por la vida

Quiero abordar hoy esta primera inquietud existencial (I.E.) que me planteó una persona tras la famosa encuesta que os envié. No la formuló como una pregunta, sino como una preocupación: le agobia la sensación de que muchas veces vamos por la vida como de puntillas, como sin vivirla a fondo, sin ahondar en ciertas cosas y añadía que le preocupa especialmente en las relaciones personales.

¿Por qué empezar por esta inquietud? Porque cuando la leí pensé que es de las primeras y más importantes, al menos como paso previo para poder adentrarse en las otras. Es muy difícil plantearse de verdad una pregunta existencial y querer aproximar una respuesta que (al menos en parte) nos convenza si no estamos dispuestos a vivir profundamente. De lo contrario, la respuesta que demos será superficial y antes o después nos dejará insatisfechos. Solo lo que se gesta en la profundidad va a la raíz de nuestro ser y por eso nos puede ayudar a construir un sentido y encontrar un horizonte de plenitud.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no ir de puntillas por la vida? ¿Cómo bajar a la profundidad? No os voy a dar una respuesta concreta (recordad que cada uno tenemos que buscar la nuestra), sino que voy a compartir con vosotros una imagen que esta semana me ha ayudado a pensar este tema: la clásica imagen del iceberg.

Un iceberg es una gran masa de hielo que se encuentra en el mar y de la cual sobresale solo una parte. Nosotros somos parecidos: lo que se percibe a simple vista de nosotros no es más que una pequeña parte de lo que somos. Vivir superficialmente sería como acercarse al iceberg contando solo con su parte visible e ignorando que hay una gran masa debajo del agua. Quizá no ignorándolo del todo, pero en todo caso no queriendo tomar en serio que es así.

Vivir profundamente consiste, en primer lugar, en creer que existe esa parte oculta (que muchas veces es la mayor parte) y que es tan importante o más que la parte que se ve. En segundo lugar, consiste en atreverse a darse el chapuzón para bajar a la parte escondida. No es algo inmediato: hay que estar dispuesto a nadar, a bajar, a aguantar la respiración y soportar el frío. No siempre es una experiencia placentera ni siempre es fácil, pero es necesario familiarizarse con esa parte para dar el siguiente paso: vivir contando con esas profundidades, pues así vivimos mejor que engañándonos y pensando que solo existe el piquito de fuera. Cuando algo colisiona desde lo más hondo del mar, estaremos totalmente perdidos si creemos que solo existe lo que hay fuera, ya que ahí no se ve lo que ha chocado con nosotros en nuestras profundidades.

Me diréis que la imagen solo nos hace conscientes de todo lo que hay en nosotros que no conocemos, pero que no nos dice cómo hacerlo. ¡Cierto! Porque no hay una receta válida tal cual para todos: cada uno somos un mundo. Algunas pistas que a mí me ayudan: 1) Ser crítica contigo misma y sospechar que detrás de cada reacción y planteamiento que haces hay mucha «trastienda». Acabas encontrando muchas cosas que no esperabas: sentimientos, miedos, ilusiones, cosas que das por supuestas sin darte cuenta… 2) Dedicar tiempo a explorar esa parte sumergida; pararte a pensar; escribir (si te ayuda, a mí me ayuda mucho a sacarlo y objetivarlo). 3) Dialogar con los demás, que muchas veces te hacen de espejo y te ayudan a objetivar ciertas cosas. 4) A mí me ayuda mucho rezar, porque Dios es el mejor maestro en esto de descubrirte cosas de ti misma que ni sospechabas. 5) Vivir todo con densidad, presente en lo que estás haciendo y no pendiente de lo que no ha llegado (aunque en esto también hay que pensar, pero en el momento adecuado) e intentando actuar conforme a tus valores y prioridades en la vida y no dejándote llevar.

Hay muchas más cosas. Estas son algunas que a mí me ayudan. Lo fundamental creo que es el cambio de actitud: no iremos de puntillas por la vida cuando seamos conscientes de que lo estamos haciendo, no queramos seguir haciéndolo y pongamos los medios para ello. Eres un iceberg: grande, hermoso, misterioso. No te contentes con un trocito que sobresale. Aprende a bucear para contemplar el resto. Solo desde ahí puedes profundizar en todo lo demás, como por ejemplo en tus relaciones interpersonales. Al fin y al cabo, los demás también son icebergs. Si no aprendes a sumergirte en ti, difícilmente lo harás de verdad en ellos.

¿Milhojas o palomitas?

Hace unas semanas estaba hablando con mi tía de determinado estado interior que a menudo tenemos todos cuando a ella se le ocurrió la imagen perfecta para describirlo: una máquina de palomitas. ¿A que sabéis a qué estado me refiero, simplemente con esa imagen? Así vamos muchas veces por la vida, con un montón de ideas en la cabeza: «que no se me olvide recoger las botas que le dejé al zapatero», «hay que comprar tomates», «todavía no le he devuelto la llamada a Fulanita», «a ver dónde vamos este año de vacaciones», «qué le digo a Menganito para que olvide la pelea del otro día», «no recuerdo qué día operan a mi madre», «hay que ver lo que hace la gente…» y un largo etcétera. A menudo esas ideas van saltando en nuestra cabeza como las palomitas, mutando a toda velocidad, sin orden ni concierto.

Hasta aquí, todo normal. Lo problemático es que «la máquina de palomitas» amenace con convertirse en nuestro estado permanente y que todo lo queramos resolver así, según hace «pop» en nuestra cabeza. ¿Qué hacer para evitarlo? Preocupada por esta cuestión, otra imagen me vino a la cabeza: un milhojas de frutas del bosque que hice hace unos meses. Era la primera vez que hacía milhojas y, francamente, no me quedó muy bien. Lo bautizamos como el «milhojas rústico», porque no conseguí aplanar bien los hojaldres y se hincharon un montón, de manera que no quedó como el habitual postre delicado y coqueto, sino como una basta superposición de capas. Eso sí, en mi defensa diré que de sabor estaba muy rico.

Resulta que el milhojas vino a mi mente porque se parece más a cómo creo yo que tenemos que hacer con esas ideas que bullen en nuestra cabeza. En primer lugar, ordenarlas: por un lado va la crema, por otro las frutas del bosque y por otro el hojaldre. Cada parte necesita su propio proceso independiente de cocinado antes de integrarse en el conjunto del milhojas. En segundo lugar, distribuirlas adecuadamente y en la proporción justa. No vas a poner un kilo de frutas encima de un hojaldre enano, ni viceversa (es decir, lo que me pasó a mí con esos hojaldres tan enormes). En tercer lugar, dejarlo enfriar en la nevera antes de comértelo.

Con nuestra vida pasa lo mismo: no debería ser constantemente una sucesión de palomitas que saltan en nuestra cabeza. Deberíamos intentar cocinar todos esos ingredientes, primero cada cosa por separado, porque suelen necesitar tratamientos y momentos distintos, y luego ya integrarlo todo de manera ordenada (o, al menos, de la mejor manera posible), respetando la importancia de cada preocupación que tenemos y su mayor o menor valor respecto al resto de preocupaciones. Finalmente, debemos saber también cuándo las cosas deben reposar y enfriarse, para no actuar siempre en caliente, guiados por nuestros impulsos repentinos.

No nos suele salir bien a la primera, como no queda el milhojas perfecto la primera vez que te pones a hacerlo, pero merece la pena cultivar este arte repostero para ir mejorando y viviendo mejor las cosas que llevamos dentro, en vez de dejar que salten ellas solas como y cuando quieran, adueñándose de nuestra cabeza e incitándonos a responder a ellas a tirones, según hacen «pop». En la vida, como en la cocina, hay que tener orden y paciencia.

[Dedicado a mi tía Cristina, la inventora de la metáfora.]

Las cosas que nos preocupan

Hace unos meses mandé un Whatsapp a bastantes de mis contactos pidiéndoles que me dijeran qué preguntas existenciales se hacían o qué inquietudes existenciales tenían (también valían las cosas que les preocuparan o importaran, la pregunta era bastante abierta). Obtuve 36 respuestas, alguna de ellas de gente a la que no conozco y que contestó porque otra persona le envió mi mensaje. Según me iban contestando, fui anotando todas esas inquietudes en un documento de Word y me pareció muy interesante lo que estas personas compartieron conmigo.

Pasado ya algún tiempo, he vuelto a acudir a ese Word para releer las respuestas que me enviaron. Ha sido una experiencia bonita y muy motivadora ahora que comienza el curso y tengo que intensificar mi ritmo de estudio. A veces me da la sensación de que «no hago nada» cuando muchas horas de lectura, estudio, escritura y reflexión personal no parecen llevar a algo concreto o algo nuevo (o, al menos, no inmediatamente). Nuestro mundo va muy rápido y la Teología va despacio. No obstante, este «espejismo» se disipa cuando veo que todos nos seguimos planteando las mismas preguntas que se lleva haciendo la humanidad desde que existe, que nos va la vida en esas preguntas y que precisamente tanto la Filosofía como la Teología no tienen otra motivación que explorarlas e intentar darles respuesta.

La aceleración de vida que llevamos nos induce a pensar que hay que privilegiar lo urgente, lo eficaz, lo que resuelve problemas concretos aquí y ahora… muchas veces a costa de otras cosas que son incluso más importantes. Sin embargo, gracias a las 36 personas que me han contestado, sigo manteniendo la esperanza de que no siempre nos dejamos llevar por la superficialidad y la prisa, sino que seguimos haciéndonos, aunque sea de vez en cuando, las preguntas importantes: cuál es el sentido de nuestra vida y de todo lo que nos rodea, por qué y para qué estamos aquí, cómo vivir la vida para que no pase ella por nosotros sino que seamos nosotros los que la vivamos plenamente, si existen el bien y el mal, si somos libres o el destino está establecido, qué sucede después de la muerte, qué sentido tiene el sufrimiento, quién soy yo y cómo puedo crecer como persona, cómo vivir con coherencia, por qué existe el mal si Dios es bueno, cómo ser felices, cómo afrontar lo que le suceda a nuestros seres queridos… estas y muchas otras recibí después de aquel Whatsapp. Para mí, demuestran que la vida tiene mucho de misterio y que hay muchas cuestiones que nos preocupan que requieren ir más allá de lo que simplemente damos por hecho, es decir, que piden un camino interior.

Como agradecimiento a estas personas, he decidido explorar alguna de sus preguntas en el blog de forma periódica. Durante este curso, dedicaré una entrada cada quince días a los temas que me plantearon. No prometo responder a sus preguntas, porque en realidad cada uno debe respondérselas a sí mismo; pero sí quiero compartir las luces que la Filosofía y la Teología han arrojado sobre mis inquietudes, por si os sirven como ayuda o incentivo para contestar las vuestras propias, para recorrer vuestro propio camino. Ya sabéis lo que pienso: la vida es un peregrinaje y «se hace camino al pensar».

«This is us»

He empezado a ver una serie titulada (como os habréis imaginado) «This is us» [tranquilos, en la entrada no hay «spoilers»]. Hay muchas series o películas que te entretienen y creo que bastantes te pueden dar que pensar (si no te quedas en lo anecdótico y vas más allá), pero no siempre es fácil dar con una que realmente te conmueva. Y esta lo hace, al menos a mí; y eso que llevo pocos capítulos.

La serie trata sobre la vida de una familia que se nos va contando a través de continuos saltos en el tiempo. Según ves cómo se desarrolla la acción y cómo se van perfilando los personajes, te das cuenta de algo que parece un poco paradójico: no tienes la impresión de estar viendo los típicos «clichés» (ni cinematográficos, ni en general), pero al mismo tiempo lo que ves entronca con muchas cosas que has vivido tú u otra gente cercana.

A raíz de esto me he estado acordando de algo que nos dijo un profesor en clase hace unos años: que un clásico es una obra que nunca pasa porque ha conseguido tocar una de nuestras fibras más humanas, es decir, porque trata sobre algo, en cierto modo, universal. También añadió que para llegar a eso tan universal no hay que seguir el camino de la abstracción, sino todo lo contrario: el de la concreción. Porque cuando mejor vemos una historia en su irrepetibilidad, en su unicidad, más capacidad tiene de llegarnos y de hacernos conectar con nuestras propias experiencias.

Esto es justamente lo que me ha ocurrido a mí con esta serie. No estoy diciendo que sea un clásico (además, es pronto para decirlo), pero sí comparte con ellos esa característica de llevarnos a nuestra propia vida a través de la vida de otros. Cuando esa vida es narrada con autenticidad, con profundidad, en toda su complejidad (sin soluciones facilonas, sin dicotomías radicales entre buenos y malos, etc.), es cuando le damos carta de ciudadanía para interpelarnos. Eso es lo que diferencia una buena película o serie de las típicas «de domingo por la tarde», que nos entretienen, pero que sabemos cómo van a acabar desde la primera secuencia. «This is us» es tan imprevisible como cualquier ser humano… porque es muy humana.

Y con esta reflexión y recomendación (por si no habíais leído entre líneas: os recomiendo que la veáis), me despido hasta después del verano, pues los avatares de los siguientes dos meses y medio no me van a permitir seguir el ritmo semanal de publicaciones. Salvo alguna posible excepción… ¡nos vemos en «la vuelta al cole»!

[Agradecimientos a Ianire por animarme a ver la serie ;)]

Relativizar… lo justo, pero también lo necesario

El otro día tuve una conversación muy interesante con dos amigas. Quizá el que fuese un día lluvioso nos puso especialmente filosóficas, porque acabamos hablando de todo lo habido y por haber. En un momento de la conversación las tres compartimos una conclusión a la que cada una había llegado por su cuenta: la importancia de aprender a relativizar ciertas cosas en la vida.

No nos referíamos a que no haya que tomar la vida en serio, ni mucho menos. Las tres somos, además, bastante responsables. Trajimos ese tema a colación al pensar en las decisiones que tomamos en el pasado: cómo hubo ciertos momentos en que creímos que nos jugábamos todo en una decisión y lo vivíamos como si fuera la decisión definitiva de nuestra vida. Lo aplicamos sobre todo a nuestros estudios y carrera profesional. En su momento parecía que no podíamos fallar en la elección del grado que estudiaríamos, en el posterior máster, en qué haríamos a continuación o cómo enfocaríamos nuestra búsqueda de trabajo… a veces vivimos ese tipo de decisiones como si no hubiera vuelta atrás.

Las tres nos reíamos al ver que poco a poco la vida se va asentando y que cada una va encontrando su camino. Coincidíamos en que no todo el mundo lo encuentra al mismo tiempo y que a veces tomamos ese tipo de decisiones como buenamente podemos, aunque no tengamos siempre las cosas claras. A veces sabemos adónde queremos ir antes de partir, pero otras veces encontramos el camino según vamos caminando. No hay recetas para nada ni para nadie.

Esta conversación me dejó pensativa los días siguientes. Es cierto que la palabra «relativizar» no puede aplicarse sin más a cualquier situación. Yo pienso que no hay que relativizar las cosas importantes en la vida. No obstante, me parece que sí hay que aprender a relativizar lo que no es tan importante, porque ayuda a diferenciar lo que sí lo es. Creo que a esto nos referíamos mis amigas y yo el otro día: no se trata de que buscar tu propio camino (tanto en lo personal como en lo profesional) no sea importante, al contrario: lo es, y mucho; el problema está en confundir esa búsqueda con un momento puntual de la misma, como si absolutamente todo se jugara en ese momento, más aún, como si, aunque fallaras en ese momento, luego no hubiera posibilidad de reconducir tu camino.

A veces estamos tan imbuidos del deseo de éxito, de la necesidad de la eficiencia y de demostrar lo que valemos que no nos permitimos cometer ningún fallo por el camino. Y, paradójicamente, a veces esta forma de razonar nos lleva a lo contrario de lo que perseguíamos: como no nos permitimos fallar, no nos atrevemos a elegir, por miedo a hacerlo mal. Relativizar es necesario para desatascarnos, continuar caminando de la mejor manera posible y cuando nos encontremos con un bache o un rumbo errado, recomponernos y buscar el rumbo adecuado. En este caso relativizar lo secundario (el fallo o la pérdida de dirección) nos puede ayudar a ver con más claridad lo principal: nuestra capacidad de rehacer nuestra vida y encaminarla hacia la mejor versión de nosotros mismos.

[Dedicado a mis amigas, por su inspiración y sobre todo por poder compartir con ellas todo lo que me importa y preocupa.]

«Líbranos del elitismo»

Cada vez constato más lo mucho que nos atrae a todos el elitismo. Lo paradójico es que, hasta aquellos que se meten con el elitismo de otros, acaban presos de su propio elitismo. Es una tentación que tenemos todos desde que el mundo es mundo.

Quizá os parezca que es un poco exagerado decir que todos somos elitistas a nuestra manera. Igual es porque pensamos en la «élite» como un grupo de personas famosas, exitosas o poderosas, o al menos como un grupo que, de alguna manera, está socialmente «por encima» de los demás. Pero yo pregunto: ¿qué es estar «por encima»? ¿Acaso puede decirse que hay quien está por encima de otro? He aquí el secreto del elitismo: no se trata de un «por encima» determinado, sino de cualquiera de ellos. En cuanto alguien se cree por encima de las demás personas, ya está formando su propia élite.

Quien se siente superior por defender los derechos sociales es tan elitista como quien se siente superior por tener dinero. Entendedme: no estoy haciendo un juicio moral, sino espiritual. Es decir, no se trata de cuál de esas dos cuestiones es más lícita (buscar tener más dinero o buscar el bien social, en este ejemplo), sino de que en ambas subyace el mismo mecanismo espiritual: mirar por encima del hombro a quien no responde a lo que uno ha marcado como requisito para entrar en su élite.

El problema del elitismo, por tanto, no es tanto qué hacemos, sino cómo lo hacemos, pero de manera que en ese «cómo» nos jugamos el «qué». Cuando una persona considera a otra inferior en dignidad, ya ha perdido la razón, por muy valiosa que fuera su causa. Una cosa es hacer un juicio objetivo sobre las acciones o actitudes de las personas y otra muy distinta es considerarlas inferiores en dignidad. Constituirse en élite y juzgar a los que están fuera de ella como inferiores va por la segunda línea. El problema es que muchas veces no somos capaces de distinguir bien entre ambas cosas y olvidamos que juzgar un acto malo no implica juzgar a la persona que lo ha hecho como no válida, porque todos somos válidos y todos somos dignos. En cuanto olvidamos esto, somos capaces de lo más horrible… y debemos tener cuidado, porque se empieza por algo sencillo y se acaba por una atrocidad.

Por eso deberíamos pedir a Dios, además de «líbranos del mal», «líbranos del elitismo»: líbranos de considerarnos superiores a nadie.

[Dedicado a Rober porque es su cumpleaños y por tratarse de un tema que nos preocupa a ambos.]