Lo bueno se hace esperar

Si habéis seguido el blog durante los últimos meses sabréis que he llevado el embarazo con bastante calma. El fin de curso en el Máster y el curro fue intenso, pero también lo manejé con bastante tranquilidad, sin prisa, pero sin pausa. Sin embargo, cuando el embarazo va llegando a su fin y cada vez tienes menos “cosas” que hacer (menos responsabilidades, menos entregas con plazo, etc.) es difícil no dar rienda suelta al nerviosismo y al deseo de que el bebé nazca ya. En mi caso, ese “nerviosismo” ha durado poco, y la “obsesión” por que nazca el bebé solo me ha invadido durante unos pocos días. Esa vivencia, aunque breve, me ha hecho reflexionar.

Primero os pongo en situación para que entendáis por qué se quebró un poco la “calma chicha” del embarazo. Después de un curso con trabajo, estudio (último año de máster, por tanto, incluyendo la escritura y defensa de la tesina), charlas de pastoral, Ejercicios Espirituales en la vida diaria y alguna que otra cosilla más, haber ido cerrando todos esos proyectos me ha dejado bastante tiempo libre. He estado más de un mes tranquila y activa, entre acabar de cerrar cosas en el trabajo, ponerme al día con mis propios papeleos y burocracias que tenía pendientes, dejar listo lo necesario para la venida del bebé, aprovechar para ordenar papeles y hacer recados varios, ver a gente que hacía tiempo que no veía… pero ya los últimos días iba teniendo cada vez menos cosas que hacer, o al menos las que se me ocurría que podían venir bien no siempre me apetecían por el cansancio físico y los dolores en la pelvis al hacer ciertos movimientos, amén del calorazo que ha estado haciendo desde finales de junio.

Además, se sumaba que todo el mundo está super pendiente de mí y del bebé. Es algo que desde el principio he agradecido mucho, porque es una suerte tener tanta gente buena alrededor preocupada por ti y que se ilusiona con tus propias ilusiones. No obstante, sin querer muchos han ido proyectando en mí sus propias “ansias” y deseos de que Miguel nazca pronto. Yo lo llevaba bien y les decía que nacerá cuando tenga que nacer, sin hacerme mayor problema. Pero claro, llega un punto en el que no eres del todo impermeable a lo que los demás dicen, sumando a ello tu propio cansancio, los dolores y el deseo de conocer ya a tu hijo. Por eso hace unos días empecé a obsesionarme un poco más con el momento en que nacería, me observaba mucho más físicamente (por ejemplo, si notaba contracciones, aunque no fueran dolorosas aún, las contaba y me obsesionaba con si serían ya el preludio de parto).

Hace un par de días me di cuenta de que estaba equivocándome con mi manera de vivir la espera. ¿Qué sentido tenía estar ahora obsesionada con que naciera mi pequeño, después de haber mantenido la paciencia y la calma durante tantos meses? Y sobre todo… ¿qué se escondía detrás de esa obsesión? Por un lado, un deseo positivo, que es conocerlo y que tiene todo el sentido del mundo. Pero eso, antes o después, va a acontecer de todos modos. ¿Por qué las prisas? Pues, en el fondo, por motivaciones que no son las que tenían que ser: por evitarme la pesadez del final del embarazo, por responder a los deseos de los demás, que cada día me mostraban más impaciencia porque naciera ya, por tener qué hacer y no sentirme “inútil” por estar tan parada por el cansancio…

Decidí cambiar de actitud, porque esa no me estaba ayudando. Decidí centrarme en las actividades que podía hacer y disfrutar, y no en aquellas que me resultaban demasiado pesadas. Por ejemplo, he retomado varias lecturas de ocio que tenía pendientes para las que no había tenido tiempo durante el curso; he intentado ir más a caminar, pero a horas algo menos calurosas; he hecho alguna salida más de ocio con mi marido… así no tenía la cabeza permanentemente en el “¿nacerá ya?”, aunque inevitablemente alguna vez te sigue viniendo ese pensamiento a la cabeza.

Mi conclusión de todo esto es que somos demasiado impacientes. Es cierto que es totalmente lógico que queramos que llegue algo bueno. Por eso tiene sentido que todos estemos tan excitados con la llegada del bebé (digo “todos” porque incluyo a familia y amigos). Sin embargo, a veces centrarnos tanto en lo que ha de llegar y en cuándo lo queremos nos impide vivir bien el momento presente. Claro que voy a seguir pensando en mi hijo y en las ganas que tengo de que nazca, pero flaco favor me hago si en vez de aprovechar estos días para disfrutar de las actividades que aún me es posible realizar estoy todo el día “rallándome el coco” porque no viene. Aprender a esperar, además, te enseña a ser más gratuito, a no pretender que todo sea como y cuando tú quieres, sino estar abierto a que hay dones que vienen cuando menos lo esperas. Me alegro de haberlo recordado justo antes del final de este proceso. Espero que me ayude a vivir mejor el tramo final.

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Cersei vs. Daenerys: extremos que se acaban tocando

*Advertencia: esta entrada contiene spoilers del final de la serie Juego de Tronos.

Desde el principio de la serie Juego de Tronos Cersei Lannister es un personaje que cae mal. Para muchos, es un gran personaje, porque está muy bien caracterizado, pero no quita que nos ponga de los nervios lo “tirana” que es. A lo largo de la serie se va viendo cómo cada vez es más maquiavélica y está dispuesta a todo con tal de salirse con la suya. No piensa más que en sí misma, en conservar el poder, y, como mucho, en sus hijos y en su hermano-amante Jaime (más en los primeros que en el segundo). Desde luego, aquellos para quienes se supone que gobierna no son nunca su prioridad.

Daenerys Targaryen, por el contrario, desde el principio cae bastante bien. Nos compadecemos al ver las manipulaciones de su hermano Viserys, que la “vende” a cambio del apoyo de los Dothraki para conseguir el trono de hierro y lo que sufre al principio al verse forzada al matrimonio con Khal Drogo. Nos gusta su evolución, consiguiendo que su esposo deje de tratarla con tosquedad y, es más, consiguiendo que lo que era un matrimonio concertado acabe siendo satisfactorio para ambos. A lo largo de la serie, Daenerys va ganando confianza en sí misma, carisma y fuerza, a base de soportar los golpes de la vida y salir fortalecida de ellos. También atrae el hecho de que quiera gobernar de otra manera, liberando a los esclavos y los oprimidos y rompiendo con la “rueda”, como ella la llama, de quienes gobiernan despóticamente.

Quizá por todo esto decepciona la evolución del personaje al final de la serie: no está dispuesta a compartir el trono de hierro (ni siquiera con Jon, a quien quiere, que la quiere y que sería el legítimo heredero) y acaba calcinando Desembarco del Rey (King’s Landing, en el original) sin ninguna necesidad. Sin embargo, creo que esta evolución no es del todo absurda (en el sentido de que había indicios que apuntaban a que podía acabar así) y muestra el otro extremo al que puede llegarse: querer lo mejor para los demás (al menos en teoría), pero vincular tanto esta causa a uno mismo sin apertura al diálogo ni sopesar lo que es aceptable y lo que no, que se acaba cometiendo atrocidades en nombre de esta causa.

Daenerys habla de misericordia, pero castiga severamente a quienes considera culpables (¿es, entonces, misericordia?), y esto desde el principio de la serie, no solo al final. Habla de romper la “rueda” de los que gobiernan despóticamente, pero en realidad actúa como una déspota cuando desoye las opiniones de sus consejeros y quema toda la ciudad montada en su dragón… cuando la ciudad ya se había rendido y no había necesidad para ello. Justifica la muerte de los inocentes diciendo que Cersei no le había dejado opción, pero en realidad podía haber tomado la ciudad sin tantas muertes y, en todo caso, ¿no es utilizar así la violencia seguir precisamente en esa rueda que quería romper? Finalmente, dice que lo que quiere es cambiar el mundo, pero cuando no está dispuesta a compartir el trono de hierro con el personaje más noble de la serie (Jon Snow), que actúa siempre por el bien de los demás, sino que lo ve como una amenaza, se está retratando: ¿quiere realmente un mundo mejor o lo que quiere es ser ella la que haga esos cambios, es decir, hacer las cosas a su manera y tener ella el poder? ¿Qué está en el centro, entonces, el mundo mejor, o ella misma?

La comparación de estos dos personajes me ha retrotraído a las clases de Historia contemporánea que tuve durante la carrera de Filosofía. Recuerdo que, al explicarnos el nazismo y el comunismo, yo me mostré asombrada de la cantidad de cosas en las que, desde ideologías supuestamente contrarias, coincidían ambos extremismos. Mi profesora me dijo que es que los extremos se acaban tocando. Y tiene razón: el radicalismo consiste en ponerse a uno mismo por encima de los demás, en estar totalmente cerrado a otras ideas y el querer defender las propias con tanto ahínco que se consienten medios ilegítimos. Por eso, ya quieras tu bien propio o el bien de los demás, si caes en esta espiral, acabas haciendo atrocidades: tanto Cersei como Daenerys las cometieron. Los valores de la segunda eran más nobles que los de la primera, de acuerdo, pero… ¿no acabó presa de la misma “rueda” de rabia y destrucción que la otra? Pensemos un poquito no solo en nuestros fines y valores, sino también en nuestros medios y en si estamos dispuestos a ceder en algo al dialogar con los demás o si somos la única referencia que admitimos. Eso en mi pueblo se llama soberbia, y lleva por mal camino.

Juego de Tronos

Aunque el “fenómeno Juego de Tronos” lleva años estando ahí, reconozco que nunca me había interesado por esta serie (ni por los libros que la inspiraron). De hecho, tenía bastantes prejuicios hacia ella, pues me habían dicho que era muy violenta, obscena y explícita en varios sentidos.

Sin embargo, este año me animé a verla por tener algo que ver con mi marido por las noches y desconectar un poco del ajetreo del día. Al principio no me enganchó del tirón, aunque tampoco la repelí. Veía los capítulos haciendo otras cosas, como colorear mandalas (muy relajante, por cierto), y por eso no siempre estaba del todo atenta y tenía que preguntar algunas cosas después. Con el tiempo la serie me fue enganchando, sobre todo las últimas temporadas (quizá porque ya tenía más tiempo para verla y avanzaba más rápido, y también porque cuanto más se acerca el final más expectación tienes por saber qué ocurre).

Como veis, no he vivido el fenómeno fan que ha despertado la serie como los demás. No he esperado ansiosa año tras año a que saliera una nueva temporada ni he tenido tiempo de “rallarme” con teorías sobre lo que pasaría, ya que la he visto más o menos del tirón, en pocos meses, y cuando ya toda la serie estaba rodada (la última temporada es reciente, pero cuando llegué a ella ya había salido). Por eso quizá mi perspectiva es algo diferente. Sin embargo, como al final sí me “vicié” un poco porque quería saber cómo acababa, he podido observar en mí misma qué me atraía de la serie y eso me ha ayudado a pensar por qué habría tenido tanto éxito con otras personas.

Podríamos analizar muchos elementos distintos, y seguramente dedicaré otras entradas a algunos de ellos. Hoy me quedo con la lectura general. La serie te capta porque es una buena historia, con una trama más o menos compleja en la que intervienen muchos personajes y que evoluciona constantemente, a veces con saltos inesperados. Además, los personajes presentan su propia evolución, que es interesante de observar. Juego de Tronos ha sabido volcar estas cualidades de una buena historia en el formato “serie”, que es tan popular hoy, además con buenos medios: buenos efectos, buen vestuario, buenos escenarios, buen reparto, etc.

Sin embargo, no han faltado buenas historias, como esta y mejores, en la historia de la literatura. Por ejemplo, El Señor de los Anillos es también una historia fantástica, con muchos y variados personajes, con una trama general que a su vez englobaba las diversas historias y misiones de los personajes, etc. Y yo personalmente diría que El Señor de los Anillos es mejor que Juego de Tronos. Si esta ha tenido tanto éxito es porque se nos ha dado en un formato y con una calidad que hoy “venden”.

También hay otras razones. Entre ellas, he escuchado a bastante gente señalar que le gustaba la serie por ser menos “idealista” que otras narrativas, por presentar la vida “en su crudeza” y todos los personajes con sus grises y luchas internas, sin caer en el prototipo del héroe perfecto contra el “malo malísimo”. En este sentido, creo que en parte es cierto, pero a mí me parece que la serie, sobre todo al principio, peca de un pesimismo antropológico excesivo. Una cosa es que se presente la vida en su crudeza y en su complejidad, y otra muy distinta mirar la realidad ya con esa presuposición de que todo el mundo es egoísta y de que los buenos salen perdiendo en un mundo gobernado por los malos.

La realidad, evidentemente, tiene cosas buenas y malas. Las personas también. Igual de poco realista es verlo todo en positivo como verlo todo en negativo. Juego de Tronos tampoco pretende mostrar una realidad del todo negativa, pero mi impresión es que el comienzo es bastante pesimista en cuanto a la visión del ser humano y que después la propia serie se va corrigiendo y mostrando el lado bueno de unos y otros.

Hay gente que se ha frustrado con el final de Juego de Tronos porque esperaba un final más épico, feliz o simplemente como lo había imaginado. Pero si desde el principio todo el mundo alababa esa falta de idealización en la serie… ¿no sería coherente estar conforme con un final no tan “ideal” o típico? Esto me ha hecho pensar que, en realidad, todos queremos que las historias acaben bien. Y creo que esto es así por un motivo antropológico: el ser humano necesita razones para la esperanza, necesita creer que el bien es posible y en el fondo lo desea con todo su corazón. Por eso, por más que pongamos la fachada de resignación con un mundo cruel, en realidad deseamos el mundo que querríamos tener, y las historias nos ayudan a creer que es posible. Una buena historia nunca será “facilonamente idealista”, pero nos hará alimentar la esperanza en que es posible vencer el mal y construir un mundo mejor (por ejemplo, El Señor de los Anillos así lo hace).

Cuando una historia no lleva a eso, también podemos aprender de ella, analizando por qué nos choca lo que nos choca y qué esperábamos de ella que no nos ha dado. En algunos puntos, así me ha pasado a mí con Juego de Tronos. Aunque también reconozco que hay otros puntos en los que sí me ha satisfecho. Por otra parte, quitando las cuestiones en las que la serie puede ser juzgada objetivamente (como cualquier obra de arte), queda una parte subjetiva sobre la cual no tenemos el control. Que a mí me guste más o menos no quiere decir que sea mejor o peor. Pero sí me puede hacer reflexionar sobre por qué me ha merecido ese juicio, y me parece que ese análisis nos da mucha información sobre lo que anhelamos y lo que esperamos. Como veis, estoy siendo un poco abstracta, para intentar evitar los spoilers. En otro momento analizaré puntos concretos en los que la discusión puede ser más rica.

Resumiendo: me ha parecido una buena serie con una buena historia, pero tampoco la “panacea”, porque ha habido buenísimas historias antes que esta (de muchas de ellas bebe seguro, por otra parte); es interesante la evolución de los personajes y el hecho de que se nos muestre su lado más claro y el más oscuro, pero en algunos momentos se peca en exceso de lo segundo, como si siempre tuviera más fuerza; independientemente de los derroteros que haya tomado la serie y las emociones que eso nos haya producido, podemos aprender de ella al reflexionar sobre qué nos ha provocado; finalmente, debemos ser conscientes de que desear un “final feliz” no tiene por qué ser infantil por nuestra parte, sino que nos está informando sobre nuestra condición humana, necesitada de bien y de esperanza.

Otro día me meto en cuestiones más concretas. Entre ellas, el tipo de “héroes” que nos propone la serie y cómo es nuestra identificación con ellos.

Educar: hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos

A raíz de mi cercana maternidad es frecuente que la gente que ya ha vivido la experiencia de ser madre o padre me dé consejos sobre lo que piensan que es mejor a la hora de criar y educar a los hijos. Para bastantes cosas me declaro heredera de la sabiduría tradicional que me viene de mis propios familiares. De hecho, muchas de estas ideas estaban fuertemente implantadas en mi manera de entender lo que son la educación y la crianza, y de primeras me costaba mucho cambiarlas, aunque en algunas cosas me he ido abriendo a nuevos horizontes.

Os pondré un ejemplo, que para mí ha sido el más determinante en la reflexión que hoy voy a compartir con vosotros. Mis mayores siempre me han transmitido la importancia de poner límites a los niños. Yo veía clarísimo que es algo fundamental y que hoy no siempre lo sabemos hacer, de manera que malcriamos a los niños con la intención de mostrarles un amor supuestamente más incondicional, pero olvidando que amar incondicionalmente requiere, precisamente, poner esos límites para que el otro crezca adecuadamente.

Pues bien, sigo estando 100% de acuerdo con el principio general, pero hay una de las supuestas aplicaciones en las que he meditado mucho y que, tras un proceso largo, he empezado a ver de otra manera: no coger a los bebés cuando lloran para que no se malacostumbren. Otra de las aplicaciones es no darles de comer cuando ellos quieran, sino acostumbrarlos a un horario. Para mí ambas máximas eran muy claras porque respondían a ese principio de poner límites que me parece tan necesario.

Sin embargo, al comenzar las clases pre-parto, las distintas matronas por las que pasé insistían en que hay que atender siempre a los niños cuando lloran, incluso si lo que quieren es simplemente el contacto contigo, es decir, que los cojas. Al principio esto chocaba con mi propia idea de lo que debía hacerse, que había visto practicar en mi familia y que a mí me parecía que funcionaba bien.

Entonces indagué un poco más. Hablé con amigos psicólogos y empecé a leer un libro de una psicóloga sobre la teoría del apego en la infancia. Tanto las conversaciones como la lectura me hicieron comprender que hay un motivo detrás de este consejo de las matronas: un bebé no tiene desarrollada la capacidad racional que le permitiría entender que no lo coges en brazos siempre que llora para que no se acostumbre. Lo que necesita, en esta primera etapa tan temprana, es formar un vínculo con sus padres caracterizado por el apego seguro: poder confiar en que siempre que necesite algo habrá alguien ahí que se lo proporcionará. Esto lo ayudará en su desarrollo como ser confiado y también autónomo, porque la autonomía se construye sobre la base del apego seguro. No responder a sus demandas puede llevarlo a sentir que no es digno de ser amado y desarrollar un apego inseguro. Las matronas lo explicaban de manera más cotidiana: un bebé recién nacido viene de un lugar cómodo y pequeñito, donde está totalmente seguro, a un mundo muy grande e incierto para él. Por eso requiere la seguridad que le dan sus padres. Para contribuir a esa seguridad es bueno atender a sus demandas, aunque solo llore para pedir compañía.

Me costó un poco “cambiar mi chip”, pero creo que lo que nos recomiendan hacer ahora, tanto las matronas como los psicólogos y los médicos, es adecuado: hay que construir un apego seguro para el niño, y ya después, según tenga capacidad de entender y procesar, ir poniéndole los límites pertinentes para que sea un niño autónomo y no dependiente. Lo mismo con la alimentación: hay que ir regulando al niño, pero al principio es preferible responder siempre a las necesidades que manifiesta (por eso se recomienda la lactancia a demanda).

Aunque me he enrollado un poco, todo esto es solo el “preámbulo” de la entrada. La reflexión que para mí ha sido más importante no ha sido si coger o no al niño cuando llore (aunque en esto he tenido un aprendizaje, como os acabo de contar), sino la respuesta que he dado a esta pregunta: ¿significa que nuestras abuelas, nuestras madres, nuestros padres lo hicieron mal cuando nos dejaban llorar para que no nos acostumbrásemos a estar siempre en brazos? Creo, sin ser relativista, que no. Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Tuvieron bastante sentido común para muchas cosas. No sabían, seguramente, psicología evolutiva (o al menos tenían solo los rudimentos que da la experiencia, pero no conocimientos de todos los procesos cognitivos y emocionales que se van desarrollando en los niños). Pero creo que, en la mayoría de los casos, nos dieron lo mejor que tenían y pusieron lo mejor de sí mismos para educarnos. Nuestra educación fue para ellos muy importante, y por eso nos aconsejan que sigamos sus pasos en tantos aspectos: la mayoría de las veces les fue bien, y si no les fue bien, quizá lo achaquen a otras cuestiones. Porque educar tampoco es 2+2=4, hay muchos factores que intervienen y cada niño es un mundo. Ni siquiera los mismos consejos valen para dos hermanos, porque hay que contar con que son personas diferentes y tienen necesidades diferentes. De ahí que nuestros mayores comprendiesen que su modo de hacer las cosas no siempre diera el resultado esperado. No obstante, eso a veces los lleva a pensar que las cosas tienen que hacerse como ellos las hicieron, y eso ya es más matizable.

Por nuestra parte, sería absurdo no escuchar los consejos de los profesionales. Hoy la medicina ha avanzado más, por eso se sabe la causa de muchos abortos que antes no se sabían, y se toman las debidas precauciones (por ejemplo, evitando ciertas comidas que pueden tener parásitos que dañen al bebé). Nuestras madres no hicieron mal al no privarse de las comidas, porque no lo sabían, pero nosotras tampoco hacemos mal privándonos, porque ahora sí se sabe y conviene tomar las precauciones posibles. La psicología también ha avanzado. Por eso se ha podido estudiar la evolución de personas que tenían un apego inseguro en la infancia y se recomiendan conductas que ayuden a construir un apego seguro. ¿Significa que nuestras madres no lo hicieron bien por llevar a cabo de manera distinta alguna de esas conductas, como la de no cogernos cuando llorábamos? No, porque no lo sabían. Y muchos hemos desarrollado, aun así, un apego seguro, porque quitando esos casos, estaban ahí siempre para nosotros. Y así con tantas cosas.

Todo esto puede pareceros demasiado obvio, pero creo que no es así. Muchas veces tendemos a necesitar validar la manera en que nosotros hacemos las cosas para sentirnos seguros: “Si mi forma de educar no es la que hoy se recomienda (aunque sea solo en algún punto)… ¿no me hace pensar que lo que hice estuvo mal? Y sin embargo siento que di todo lo que pude a mis hijos. Por tanto, voy a luchar todo lo posible por validar eso que hice, que para mí fue entregar la vida”. Este razonamiento, casi siempre inconsciente, lo hacemos todos y con muchas realidades, no solo la educación. Les pasa a nuestros mayores con su forma de ver las cosas y también a nosotros con la forma que nosotros tenemos de verlas. Nadie está libre de esta potencial inseguridad.

Creo que la manera de encontrar seguridad debe ser otra. No tanto si cada cosa en concreto que hice debe hacerse universalmente así, sino si cada cosa que hice, la hice lo mejor que pude, con la capacidad que tenía en ese momento, y buscando siempre crecer en mi tarea de educadora o educador. Si he hecho esto, si me he entregado de verdad por mi hijo/alumno/nieto/etc., claro que he educado bien. Me habré equivocado en cosas, como todo el mundo. Pero lo importante es que el fundamento que sustentaba lo que yo hacía era bueno.

Lo mismo debemos pensar hoy: no que todo lo que se hizo antes estuvo mal y damos el pendulazo hacia el otro lado (pues suele ocurrir que nos pasamos de la raya y, por ejemplo, buscando mayor cercanía con nuestros hijos, a veces caemos en no saber ponerles los límites que necesitan); ni pensar que lo actual es la panacea ni tampoco sospechar de todo lo novedoso que nos digan. Debemos tener la misma actitud que tuvieron nuestros mayores (o al menos muchos de ellos): entregarnos sinceramente, buscar lo mejor para nuestros hijos y estar abiertos a crecer en nuestra tarea. Educar es un arte, no hay recetas universales… en cada momento hay que ir integrando distintas dimensiones y logrando una armonía que no siempre es igual, pues las circunstancias pueden requerir que le demos más peso a una dimensión que a otra en un momento dado, siempre sin absolutizarla.

De todo este recorrido personal que he hecho a lo largo del embarazo y que seguiré haciendo durante la crianza me quedo con esto, precisamente: que intentaré hacerlo lo mejor que pueda; que escucharé a los profesionales que hoy me ofrecen el estado más avanzado de las ciencias, pero no acríticamente, sino en diálogo con mis propios valores y tradiciones heredadas; que también escucharé los consejos de todos los que me rodean, en especial de mis familiares, pero tampoco acríticamente, sino en diálogo con el estado actual de la cuestión en las ciencias y en diálogo con mis propios valores, que a veces no coinciden 100% con los de mis mayores; que me equivocaré, como todos, y que intentaré aprender de mis errores, y que no me debo comparar, porque cada uno tiene que discernir por sí mismo cómo educar a sus hijos y eso requiere tener en cuenta muchas cosas que los demás no saben de tus hijos, de tu familia, de tus valores, de tus circunstancias. Y todo esto intentando ser respetuosa con otras maneras de educar, pasadas y presentes, pues debemos creer, hasta que no se demuestre lo contrario, que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Ciertamente, lo que hacemos o hacen otros a veces no es lo mejor, y tenemos que aprender a verlo, pero la manera de hacer ese proceso no es mediante una crítica destructiva desde fuera, sino desde un diálogo respetuoso y abierto.

¿Cogeré a mi niño cuando llore? Seguramente sí. Seguramente también hay momentos en que no pueda o no quiera hacerlo por agotamiento o por otras razones. En todo caso, lo que intentaré es darle lo mejor con las herramientas que tengo, que, evidentemente, como las de todos, son limitadas.

Amar los días grises

El fin de semana pasado fue muy intenso; entre otras cosas fue mi graduación del Máster en Teología. Iba a escribir sobre ello, pero como no paré en todo el finde, no pude, así que os cuento hoy la reflexión que hice al respecto.

Tuvimos la suerte de que el padrino de la promoción fuera José María Rodríguez Olaizola, SJ. Yo había leído alguna cosilla suya, pero nunca lo había visto hablar “en directo”. Igual que me ocurrió en mi graduación del Grado en Teología con quien fue el padrino de la promoción entonces, esta vez también conecté totalmente con las palabras del padrino de la promoción actual.

Dijo varias cosas muy potables, pero me quedé sobre todo con la importancia de amar la rutina, los “días grises”, y la advertencia de que en nuestra vida profesional nos íbamos a encontrar de todo, no solo éxitos, sino también fracasos; no solo alegrías, sino también tristezas.

Siempre tengo la sensación de que en las graduaciones y en actos similares se enfatiza mucho el esfuerzo realizado, el éxito conseguido y el éxito que nos depara el futuro a los que hemos llegado hasta aquí. El “tú puedes/nosotros podemos/no te rindas al perseguir tus sueños” es normalmente el leitmotiv de los discursos de graduación. Y no digo que no sea verdad, porque también soy una apasionada de lo que hago y creo profundamente en que cada uno responda a su vocación, pero creo que hay que matizar el “todo es posible” y el “todos vamos a triunfar”.

Olaizola lo expresó muy bien. Nos dio la enhorabuena por lo que habíamos alcanzado, pero no se quedó en un discurso superficial sobre todos los éxitos que estarían por llegar. Nos recomendó detectar nuestra vocación y responder totalmente a ella, pero sabiendo que es un camino en el que no todo siempre sale bien, en el que hay éxito, pero también fracaso, en el que hay momentos especiales, pero también mucha rutina. Una de las ideas que más me gustaron fue la de que precisamente cuando amamos la rutina es cuando tenemos mayor capacidad para vivir y celebrar los momentos especiales como parte de la vida.

Ya sabéis que esto de la rutina es una de mis obsesiones constantes. Quizá insisto tanto porque veo que socialmente estamos dando el “pendulazo” hacia el otro lado y no está siendo beneficioso para la manera que tenemos de vivir el tiempo. Estoy muy de acuerdo con él en que la mayor parte de la vida es rutina y, además, no hay nada malo en ella. Casi hasta reformularía lo que él llamaba “los días grises”. En la rutina hay días grises, pero también soleados. Puede vivirse la normalidad de una manera novedosa, de una manera creativa, de forma que no tenga la connotación de ser algo “gris”, aunque haya días que, por diferentes motivos, sí lo sean.

Lo importante, me parece, es haber esclarecido de manera profunda el sentido de nuestra vocación. Porque entonces esos días más normales, e incluso los más tristes (que también los hay), estarán en el marco de un sentido, de una vida que tiene raíz y tiene dirección. Lo importante es qué construimos con nuestra vida. Los momentos en los que construimos son de lo más variados, nuestras vivencias de los mismos también. No nos engañemos pensando que hay que coleccionar momentos de subidón, lo que hay que hacer es construir. Construirte a ti mismo, construir tu entorno, construir relaciones valiosas… re-construir lo más roto del mundo que habitamos. Cuando haces eso, y lo haces sincera y desinteresadamente, los éxitos que tengan que venir vienen por sí solos. Y tampoco faltarán días de celebración. Pero la celebración tiene sentido porque has construido algo, no porque quieras tener un momento de emotividad vacía.

Creo que, al graduarnos, tenemos que ser realistas y no olvidar que en la vida nos vamos a encontrar de todo y que vamos a tener que enfrentarnos no solo a éxitos y alegrías, sino también a tristezas y fracasos, y a muchos días de normalidad que a veces no están de un lado ni del otro. Pero todo eso puede vivirse con plenitud si hemos respondido a una vocación, tan sencilla como se quiera, donde lo que cuenta es nuestra respuesta para construir un mundo mejor.

Partido a partido

Ayer una amiga de la universidad me dijo que le había sorprendido verme tan tranquila durante todo este curso a pesar de la cantidad de cosas que había tenido que hacer y de las que había tenido que preocuparme. Esta conversación me dejó pensativa. Como he vivido todo con bastante calma, mi sensación ha sido la de no haber hecho “tantas” cosas. Pero si echo la vista atrás, la verdad es que ha sido un año bastante intenso, lleno de acontecimientos, procesos y personas importantes a todos los niveles.

No nos engañemos, es cierto que he tenido mis pequeños momentos de saturación y agobio. Sin embargo, siento que este curso esos momentos han sido menos y que cuando los ha habido los he resituado más rápido que otras veces. Ni siquiera cuando tuve que entregar el TFM (o tesina, como lo llamamos en Teología) estuve sin dormir o sin descansar. Seguí mi rutina normal y lo entregué incluso un poco antes de que cerrara el plazo. Con un examen que tuve que estudiar un poco a última hora por lo liada que había estado me pasó lo mismo: los días previos estuve bastante centrada en eso y en algún momento un poco agobiada pensando en si me daría tiempo a estudiarlo todo, pero tampoco perdí la cabeza ni dejé de “vivir”. De hecho, la noche anterior al examen fui a ver al Mago Pop y disfruté mucho el espectáculo.

Creo que el secreto de haber vivido así este curso está en lo que ya os conté sobre la calma que me había aportado el embarazo. Ser capaz de pactar con mis límites y no pretender exigirme más de la cuenta ha sido fundamental. Con todo, tampoco se trata de no exigirte nada, sino de no saturarte pretendiendo llegar a más de lo que puedes. Si te organizas bien, teniendo claras tus prioridades y tus capacidades, y vas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabas llegando.

Relacionado con lo anterior está el aspecto sobre el que quisiera incidir hoy: ir partido a partido, como el Atleti. Otras veces he tendido a agobiarme porque pensaba en todo lo que me quedaba por delante y en si tendría tiempo para ello. Este año he entrenado mi capacidad de vivir el presente sin que lo que me aguardaba me distrajera de lo que estaba haciendo. He ido cerrando proyectos y abriendo otros, dando a cada cosa el tiempo que creía que tenía que dar. No siempre ha sido fácil, pero creo que es el año en que he vivido mejor esta faceta de la organización del tiempo.

Creo que el tiempo que he dedicado a la oración a través de los Ejercicios espirituales en la vida diaria me ha ayudado a lograr esto. La oración me da la paz necesaria para afrontar las cosas sin acelerarme ni agobiarme y me ayuda también a la aceptación de mí misma, central para no vivir siempre intentando responder a las expectativas ajenas (y propias), sino intentando dar lo mejor que puedo en cada momento, sabiendo que no siempre lo logro y que hay que vivirlo con humildad.

No caigamos en la trampa de pensar que no hemos hecho nada solo porque estamos tranquilos y hemos dedicado tiempo a descansar. Esa fue mi tentación al principio. Pero siendo justa conmigo misma he tenido que reconocer que, aunque quizá he llegado a menos “cosas” que antes, en realidad ha sido un año lleno de compromisos y de esfuerzo. Quizá lo que cambia es a qué van dirigidos esos esfuerzos: todo lo que lleva consigo el embarazo (empezando por las mil citas médicas y el tiempo que ello supone, y siguiendo por el aumento del cansancio y la consiguiente necesidad de descansar mejor) ha cambiado mi rutina y me ha hecho cambiar algunas opciones. Lo importante es plantearte si, con el cambio de circunstancias y el reajuste vital que comporta, sigues respondiendo a tu vocación. Ahí es donde está el quid de la cuestión.

No ha sido un año perfecto y seguro que en algunas cosas podría haberlo hecho mejor o haberme comprometido más. Eso está claro. Sin embargo, ahora que llega el verano y el cierre de esta etapa, echando la vista atrás creo que, en lo central, he seguido respondiendo a mi vocación y a mi misión. Quizá por eso lo he vivido todo con bastante paz. Quizá por eso me ha costado menos ir respondiendo a los retos “partido a partido”.

[Dedicado a Arrate, inspiradora de la entrada.]

Lágrimas

«Un hombre o una generación que no son capaces de humor y de lágrimas se han cercenado algo esencial» (Olegario González de Cardedal, Sobre la muerte, Sígueme, Salamanca, 2012, p. 34).

«Toda lágrima es una confesión de los pecados y aceptación de los límites a la vez que una implícita oración. Todo hombre que llora está de hecho invocando a quien le pueda ayudar, suplicando consuelo, expresando amor. Por tanto, las lágrimas no son un signo de debilidad sino de grandeza; de aquella humana grandeza que es reconocimiento de la finitud y del pecado. Son cariño a la realidad y caricia a la persona desaparecida, adiós agradecido y voluntad de reencuentro. […] Todo el que ama llora por sí y con el amado. Y mientras haya dolor y muerte, llorarán los hombres y llorará Dios con ellos» (ibíd., p. 35).

«Llorar es derramar el alma ante Dios. Quejarse bajo su mirada es otra forma de amor […]. El ahogo es falta de vida o falta de aire. Por ello el des-ahogo supremo lo encuentra el hombre cuando recobra el aire y la vida en unión con aquel que por ser la vida le otorga el aliento que le hace vivir: Dios» (ibíd., p. 37).

«Las lágrimas son el mejor exponente de que en Jesús Dios es verdaderamente “Enmanuel”, un Dios con los hombres. “Las lágrimas que Jesús lloró sobre Jerusalén, nos revelan el más profundo misterio de su persona. Quien no aparta sus ojos de Jesús que llora, ese y sólo ese ve el corazón de Dios todopoderoso… ¡No nos avergoncemos de las lágrimas de Jesucristo! Ellas nos revelan el más profundo misterio del poder de Dios. Quien llora revela que es vulnerable. El poder de Dios es vulnerable tanto como lo es su amor”» (ibíd., p. 38, cita de E. Jüngel).

«Las lágrimas de penitencia, las lágrimas de agradecimiento, las lágrimas de dolor, las lágrimas de esperanza han sido siempre en la historia de la espiritualidad cristiana reconocidas como un don de Dios. Llorar es lo que el hombre todavía puede hacer, cuando ya ha agotado todos los demás recursos activos. Entonces pone a prueba las entrañas del Dios, que ha prometido que nunca olvidaría al hombre, porque su corazón es más maternal que el de la propia madre para con el hijo que ha engendrado. “Sion decía: ‘Yahvé me ha abandonado y mi Señor se ha olvidado de mí’. ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15). “Como cuando a uno le consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (Is 66,13). “Con un amor eterno te he amado, con pasión y con-pasión, dice Yahvé tu Redentor” (Is 54,8).

Llorar nada tiene que ver con la edad sino con un corazón no endurecido. No está en relación con la cultura, la palabra o la riqueza que se tiene, sino con un alma capaz de expresarse ante el prójimo y ante Dios en la debilidad suprema. Llorar no se opone a la virilidad sino a la cobardía y al endurecimiento. Quien llora dice su amor desde todas las posibilidades expresivas del ser. Posibilidades somáticas, psíquicas y pneumáticas. Por eso, los espirituales han distinguido tres clases de lágrimas: del cuerpo, del alma y del espíritu» (ibíd., pp. 45-46).

La muerte, uno de nuestros tabúes

Hoy empiezo el post con una confesión: siempre me ha interesado la cuestión de la muerte. Cuando tenía 5 años ya escribía sobre lo que significa vivir (“estar en el planeta Tierra”) y morir (“irnos al cielo desde que seamos viejos, muy viejos… pero nunca morimos antes del tiempo”, cita literal). En la adolescencia, cuando nuestra profe de Filosofía nos preguntó qué despertaba la muerte en nosotros, la gente contestaba “miedo”, “angustia”, “preocupación”, “inseguridad” y cosas parecidas. Yo contesté “curiosidad”. También me dio una época por leer las “Crónicas vampíricas” de Anne Rice y siempre me han encantado los thrillers y las series de detectives y asesinatos.

Quizá esta actitud mía no sea especialmente normal, pero tampoco os hagáis la idea errónea: no es que me encanten las cosas siniestras y gore (aunque reconozco que me he tragado la saga entera de Saw, pero porque la trama me pareció más interesante que la de otras películas de ese tipo, no por la parte sangrienta). Se trata, más bien, de un interés personal y espiritual: la muerte me pone ante las preguntas últimas de la existencia. Es decir, si me interesa la muerte es porque me interesa la vida, y pensarla a fondo requiere que te enfrentes también con el problema de su término: la muerte.

Intelectual y espiritualmente hablando no siempre he tenido las mismas ideas acerca de este problema. Durante la carrera de Filosofía recuerdo que tuve una época de crisis racional en la fe que me llevó a dudar de la existencia de la resurrección. De hecho, cuando llegaba esa parte en el Credo, me callaba. Sin embargo, ahora es de las creencias que tengo más arraigadas y que me aportan una mayor esperanza, porque vivo con más confianza y tranquilidad al estar segura (todo lo que se puede estarlo, en la fe) de que la muerte no tendrá la última palabra. Me acuerdo de mis seres queridos que han muerto con más frecuencia que antes, y los tengo presentes de una manera nueva. Además, últimamente pienso mucho que me gustaría vivir de tal manera que no me importase morir en cualquier momento. Significaría que vivo plenamente.

Tras esta confesión, aquí va mi reflexión de hoy: la muerte se ha convertido en un tabú social y creo que es un gran error. Claro que cada uno somos diferentes y tenemos sensibilidades distintas. No se trata de que ahora a todos nos guste reflexionar sobre la muerte o que todos nos enfrentemos a ella de la misma manera. Pero creo que nos ayudaría a vivir mejor el ser capaces de hacerle frente cuando viene, no tratar de ocultarla para no enfrentarnos nunca a ella. En este sentido, valoro mucho que mis padres siempre hayan tratado el tema con mucha naturalidad conmigo y con mis hermanos. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi madre que, cuando era pequeña y aún vivíamos en República Dominicana, murió de tuberculosis un compañero mío de clase y todos los compañeros fuimos a despedirnos de él. Este tipo de situaciones te ayudan a ir integrando la muerte como parte de la vida, aunque sea con dolor.

¿Significa lo anterior que tenemos que ser capaces de enfrentarnos estoicamente a la muerte, mirarla de frente y ser recios para no venirnos abajo? No, casi diría lo contrario. Recuperar la muerte como parte de la vida (y no como algo escondido en los tanatorios a lo que asistimos de vez en cuando) nos debería ayudar a expresar mejor nuestros sentimientos cuando ella irrumpe. Estar triste y destrozado tras la muerte de un ser querido es normal y es necesario poder expresarlo para hacer el proceso de duelo. Si como sociedad no sabemos acompañar estos procesos, porque los hemos convertido en algo “raro” o, a lo sumo, privado, lo que conseguimos es que cada uno pretenda “comérselo y guisárselo” solo, sin ayuda, sin acompañamiento, y probablemente reprimiendo más de lo que debería.

Que la muerte no sea un tabú significa llorarla cuando viene; superarla y resituarla después, cuando hemos hecho el proceso necesario para ello; hablar de ella a los niños, a su nivel, pero sin inventarnos cuentos ni ocultarles esa realidad, porque los estamos dejando sin recursos para enfrentarse a ella; significa también enfrentarse con el significado de nuestra vida y cómo la estamos viviendo: si soy consciente de que me puedo morir en cualquier momento, intentaré vivir como quiero vivir desde ya, no esperando siempre al mañana, ni basando mi felicidad en cosas que están por venir, sino en las pequeñas cosas del día a día que ya tengo… En fin, creo que recuperar la muerte, paradójicamente, nos haría recuperar más plenamente nuestra vida.

El valor de nuestra palabra

Desde hace tiempo me vengo dando cuenta de que cada vez la gente da menos valor a lo que dijo que haría a la hora de asumir un compromiso, es decir: la palabra que damos está perdiendo valor día a día. Me empecé a dar cuenta como catequista y monitora, al organizar actividades y tener que lidiar con los típicos niños (y sus familias) que no decían claramente y en el plazo establecido si venían o no venían a la actividad, y te tenían a última hora vuelta loca con las gestiones y los papeleos para que pudieran venir (o, en algunos casos, te hacían tener que anular reservas cuando muchos decidían a última hora que no venían).

Tiempo después me fui dando cuenta de que este mecanismo funcionaba también entre las amistades: hay gente que suele decir si va a las cosas y alguna gente que suele decir pronto si sabe que no va a poder, pero la mayor parte de la gente lo deja en el aire y decide en el último momento (sobre todo cuando son planes de varias personas, si solo quedas con una no pasa tanto, aunque a veces también). Alguna vez he tenido que “des-quedar” a última hora porque la persona de turno al final no iba a poder y no se había organizado con tiempo de decírmelo antes para que pudiera yo rehacer mi tarde.

Lo que me ha empezado a preocupar hace poco es que me estoy encontrando la misma actitud en el ámbito laboral, y ya no para quedar o ir de excursión, sino para actividades como reuniones y congresos. Sigue habiendo mucha gente formal que hace las cosas en el momento adecuado y de la manera precisa, pero también hay bastantes personas que a última hora te andan pidiendo gestiones que les habías empezado a facilitar hace meses pero habían dejado pasar; que a última hora fallan, a pesar de haber dicho que irían; que te piden que extiendas plazos porque han estado liadísimos sin darse cuenta de que ya los has extendido y aún así se los han vuelto a saltar, y muchos que ni siquiera contestan a los mensajes y que a última hora aparecen o no aparecen, vete tú a saber.

Evidentemente hay que tener un poco de cintura y entender las situaciones. Muchas de ellas las entiendo (otras, francamente, no). Más allá de que a veces hagan más difícil mi trabajo, lo que realmente me preocupa es que estamos instaurando esta manera de funcionar como sociedad. Antes, uno decía que iba a una cosa, e iba. Y si fallaba, avisaba, y era por una causa muy justificada. Estamos generando un estilo acelerado y precipitado de toma de decisiones en el que lo importante es que yo tenga hasta el último momento todas las opciones abiertas, por si al final cambio de idea o se me tuercen las cosas. El problema es que tener una opción abierta hasta última hora significa que no doy mi palabra, no me comprometo con una decisión, y eso siempre tiene repercusiones en la gente que organiza aquello a lo que yo me sumo (o no me sumo).

Entiendo que hay que ser flexible y que a veces hay que levantar la mano o prorrogar un plazo para ayudar a alguien que lo necesita… pero a veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Porque lo llevamos tan al extremo que parece que todo da igual, que no importan las consecuencias que decidir las cosas cuando queremos tiene para otra gente; que es lo mismo si te apuntas en plazo o no, porque si tienes la labia suficiente al final te van a pasar; que no vale nada la palabra que das, porque luego te vas a desdecir si lo necesitas…

La verdad es que me considero bastante seria con este tema y cuando digo que voy a algo o quedo con alguien, lo intento cumplir. Si surge otra cosa después, lo siento, ya me había comprometido. Cuando me surge algo que realmente es muy importante e imprevisto, aviso lo antes posible (no espero al último minuto, como cada vez hacemos más…) e intento poner todo de mi parte para mover el compromiso o reparar las molestias que haya podido causarle a la otra persona. Y, sin embargo, en algunas ocasiones (sobre todo en quedadas con bastante gente) me veo actuando de la misma manera: sin responder con claridad o fallando a última hora… Cuando eso sucede, me da mucha rabia, porque no quiero entrar por el aro de funcionar así, pero veo que me he dejado llevar.

Creo que todos como sociedad deberíamos repensar qué significa para nosotros nuestra palabra, qué valor le damos y cómo nos comprometemos con ella. Porque detrás de esa palabra hay personas a quienes se la damos, con quienes nos comprometemos. No puede ser que funcionemos todos como veletas y nos den igual las consecuencias. Ni siquiera cuando creemos que está “justificado”, por lo liados que estamos, lo está realmente… porque los demás también están liados, y no merecen que los tratemos con desdén o indiferencia. Quizá el problema es, precisamente, que vivimos tan centrados en nosotros mismos y nuestras preocupaciones que no nos paramos a pensar que detrás de todo estoy hay personas afectadas. Si fuéramos conscientes, quizá tendríamos más cuidado. Tengámoslo, por favor.

Alegría de Pascua: alegría «gestante»

Cuando me quedé embarazada mis amigas me preguntaron cómo me sentía y si la noticia me había dado «un subidón». Me resultaba un poco difícil explicarles mis sentimientos. Claramente, no era un subidón, pero quería transmitirles que, a pesar de eso, sí era una alegría muy honda, de hecho, más honda que la alegría de los subidones.

El propio proceso de gestación se parece a la alegría que yo he ido sintiendo por tener a mi hijo dentro de mí: primero, sorpresa ante el milagro de la vida, preguntas abiertas, interés por profundizar en lo que me iba a pasar… como ese cogollito de células, aún pequeño, con muchas posibilidades por delante. Después, un crecimiento constante, no solo en tamaño, sino en madurez. La alegría más sorprendida y espontánea del principio (no exenta de algunos miedos) va dando paso a una alegría sosegada, paciente, esperanzada. Ahora, cuanto más avanza la gestación, mi alegría se hace más profunda, más consciente, más querida, porque llevo más tiempo con mi hijo dentro y en ese tiempo lo he ido queriendo cada vez un poco más. Imagino que cuando nazca habrá un salto cualitativo, porque por fin lo podré ver cara a cara.

La semana pasada, que fue la Semana de Pascua, pensé que la alegría pascual se parece a esta alegría «gestante»: no es como la montaña rusa, que crece en expectación y luego cae en picado tras el momento álgido. Es, más bien, como la semilla que va creciendo hasta que da fruto. Es como mi hijo creciendo dentro de mí y como la alegría que yo siento por ello. No es una explosión momentánea, es un proceso en el que cada vez hay más alegría, pero también cada vez es más profunda y consciente de todo lo que aún no se ha visto tocado por ella. Celebramos que Cristo ha resucitado, pero aún queda mucho por hacer en nuestro mundo para construir el Reino. La vivencia de la resurrección, si la vivimos en serio, puede ser cada vez mayor, puede ir creciendo y ahondándose, pero poniéndonos en compromiso con ella, no limitándonos a levantar las manos en el carrusel esperando a que vuelva a caer.

A raíz de estas reflexiones me pregunto si no estaremos haciendo mal al valorar todas nuestras alegrías desde el paradigma de la montaña rusa: buscamos los mayores momentos de subidón, sin darnos cuenta de que duran un instante y enseguida se desvanecen. ¿No sería mejor buscar esta otra alegría, la alegría pascual o «gestante», más tranquila, más progresiva, pero que no deja de crecer ni se desvanece cuando vienen circunstancias adversas? La alegría del amor es así: también se alimenta de momentos, pero no son lo único ni lo principal. Crece porque hay una entrega mantenida, esperanzada y amante. Imagino que así será la alegría de ser madre.