I.E.# 8.2. La música que escuchamos: un ejemplo de incoherencia

Como hoy tocaba hablar de alguna de vuestras inquietudes existenciales, no he podido evitar volver al tema de la coherencia (I.E. #8), esta vez para demostrar mi tesis con un ejemplo concreto.

«Pégale. Azótala. Sin miedo, que no hace nada. Y mírala: si se ríe, le gusta.»

«No me hagas abusar de la ley que empiezo contigo. Si sigues en esa actitud, voy a violarte.»

«Cuando le dije que le había sido infiel, me pegó. Y yo lo sentí como un beso. Me pegó y me di cuenta de que realmente me quería.»

«Quiero una mujer bonita, callada y que no me diga nada. Que cuando me vaya de noche y vuelva por la mañana, no me diga nada, y aunque no le guste, se quede callada.»

«Sí, yo cocinaré, sí, yo limpiaré, serás el jefe y te respetaré. Lo que sea que me digas, porque es un juego en el que estás escupiendo.»

«Y en la oscuridad quiere saber si lo que dicen es verdad. Me pide más aun sabiendo que la puedo dañar. No es culpa mía si me porto mal.»

«Estoy enamorado de cuatro tías. Siempre hago lo que quiero, follan cuando yo les digo, y nunca me ponen peros.»

¿Qué tal te suena? Esto preguntaban los chavales de un instituto que llevaron a cabo la iniciativa que ha inspirado esta entrada. Podéis ver el vídeo en este link, no tiene desperdicio.

Primero leen estas frases y alguna otra más, sin música ni nada. Chicos y chicas se van turnando en la lectura de las frases, para interpretar el papel de forma más realista. Al escucharlos se te pone la piel de gallina. Después de que piensas que todo esto es una barbaridad, te reproducen las canciones en las que aparecen estas letras. La mayoría son de reggaetón, pero hay alguna otra que no.

La verdad es que llevo bastante tiempo preocupada por este tema, y por eso cuando vi esta iniciativa (llevada a cabo por chavalas y chavales jóvenes, además) me pareció muy acertada tanto en el mensaje como en la manera de transmitirlo.

¿Cómo podemos pedir coherencia cuando, empezando por la música que escuchamos, no somos coherentes? Pero mucho más grave: ¿no nos damos cuenta de que estos mensajes se van instalando en las cabezas de todos, aunque sea de forma implícita, y especialmente en los más jóvenes? ¿Cómo podemos luchar contra el machismo si estamos reproduciendo constantemente mensajes no solo machistas, sino violentos y degradantes?

Será que no hay buena música en la historia de la humanidad para que tengamos que estar consumiendo la música de peor mensaje y muchas veces de peor calidad… Creo que tendríamos que ser más conscientes de que la coherencia no es solo para «quedar bien», como una persona madura y consecuente… sino que en ella nos jugamos la educación de la sociedad y las actitudes que más imperen en ella. Este doble rasero en el que exigimos unas cosas (como el respeto a la mujer, en este caso), pero después vivimos de otras (las letras denigrantes de la música que escuchamos, cantamos y bailamos) no lleva a nada positivo. Me encantaría que fuésemos un poco más conscientes de la gravedad de este tema… Menos mal que de vez en cuando se oyen voces, como las de los estudiantes de este vídeo, que tienen sentido de la dignidad.

 

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Mujeres, hombres «y viceversa»

No me matéis, sé que este título no me pega mucho, pero seguro que gracias a él alguien ha entrado por pura curiosidad, je, je. Además, me va que ni pintado para la entrada de hoy. Quedaos con la literalidad del título y no con su posible referencia a ese programa del que algunos nos preguntamos por qué ha existido.

Siendo esta semana el día de la mujer, no podía dejar de reflexionar sobre algo relacionado con ello en el post de hoy. Me voy a centrar sobre todo en la cuestión «mujeres, hombres y viceversa» en la Iglesia, pero creo que algunas cosas son extrapolables a la sociedad en general.

Resulta que este 8M leí una entrevista que le hicieron a una profesora mía de Teología en la que afirmaba que antes que un sínodo sobre la mujer cree que en la Iglesia haría falta un sínodo sobre los varones. La afirmación me dejó perpleja, porque nunca se me había ocurrido, pero lo cierto es que tenía todo el sentido del mundo. Ella se preguntaba hasta qué punto era deseable un sínodo principalmente masculino en el que se tratara sobre el papel de las mujeres en la Iglesia sin que los hombres de dicho sínodo hubieran reflexionado antes sobre su propio papel como varones en ella, sobre cómo ejercen su liderazgo cuando lo tienen, de qué manera se relacionan, cómo trabajan y desde qué sensibilidad han ido asignando determinadas tareas que les parecían mejores para las mujeres. Concluía que «sería más necesario un Sínodo sobre el papel del varón en la Iglesia que hiciera posible un cuestionamiento sobre lo que nunca se cuestiona, un discernimiento sobre estructuras indiscutibles, sobre modos de relación, sobre espacios y tareas asignados o prohibidos para nosotras, etc.» (Nurya Martínez-Gayol aci, entrevista en Ecclesia, no sé el número de la revista, perdonad).

Creo que esta reflexión da en la línea de flotación del problema. Porque no parece tener mucho sentido tratar la «cuestión de la mujer en la Iglesia» como si fuera un caso particular dentro de ella, cuando más bien somos la mitad (o más) de los miembros de la Iglesia. Ni parece tener mucho sentido que la cuestión de los roles que unos y otras tenemos se determinen sin un diálogo mutuo en el que cada uno analice primero cómo vive su propio rol, su propia identidad de género, su propia sensibilidad… y desde dónde se está relacionando con quien es diferente. Y este es un camino bidireccional, de ahí el «viceversa» que os ponía al principio: no se trata sólo de qué piensa la Iglesia sobre la mujer, sino de ser capaces de revisarse cada uno (y cada una, evidentemente) y avanzar hacia una mayor igualdad desde el diálogo mutuo.

Os contaré una anécdota en la que he sentido que ese diálogo sí se daba. No es un ejemplo eclesial, sino de la vida cotidiana. Tengo la suerte de estar rodeada de bastantes varones (tanto familiares como amigos) con sensibilidad hacia la igualdad, que siempre me han tratado con respeto y de los que nunca he oído un comentario machista. Con algunos de ellos he comentado últimamente algunos de los malestares del embarazo y alguna vez, medio en broma medio en serio, les decía que no lo entendían porque ellos nunca iban a pasar por lo que todo ello implicaba. La respuesta ha sido en todos los casos que les daba envidia no poder vivir esa experiencia. No me lo decían para nada con la intención de quitar hierro a mi cansancio o malestar de ese día (de hecho, los hombres que me dijeron esto en concreto son bastante comprensivos con lo que estoy viviendo), sino de poner en valor la experiencia que tengo la suerte de poder vivir. Me lo decían con cariño, pero en serio: saben que la maternidad comporta sacrificios a nivel personal (y nunca los infravaloran), pero al mismo tiempo perciben que es una experiencia preciosa que sienten no poder vivir (aunque lo asumen bien, no desde la rabia). Este comentario me ha ayudado a darme cuenta de que, igual que no me gusta que algunos (o bastantes) hombres saquen conclusiones precipitadas sobre lo que vivimos las mujeres, tampoco nosotras debemos pensar que todos ellos sienten y viven lo mismo.

¿No se trataría de eso, precisamente, también en la Iglesia? Saber cuáles son las diferencias entre nosotros, acogerlas con respeto, saber valorarlas como algo positivo que el otro (o la otra) me ofrece a mí que no vivo eso exactamente y tener la capacidad de dialogar para llegar al entendimiento mutuo. Si no lo hacemos así, corremos el peligro de dar por hecho que nuestra manera de interpretar las cosas (y en concreto el papel de otras personas) es el único válido. Se trata de un trabajo de todas y todos, de cada una y cada uno, como sociedad y también como Iglesia. Sin profundizar en nuestra identidad, nuestros valores, nuestra sensibilidad… en suma, sin pararnos a analizar cómo y desde dónde miramos a los demás y sin ser conscientes de que ellos tienen su propia mirada, difícilmente vamos a ser capaces de entrar en un diálogo profundo. Espero y confío que sigamos dando pasos socialmente y que en la Iglesia los demos también.

[Agradecimiento especial a Nurya por la inspiración y a mis familiares y amigos que me han dado que pensar con el tema del embarazo.]

I.E.#9.2. Sentido de la vida “revisited”

Como la inquietud por el sentido de la vida salió bastantes veces, a pesar de que el otro día escribí sobre ello le he seguido dando alguna otra vuelta esta semana. He estado leyendo un libro de un psicólogo que se basa en la logoterapia de Viktor Frankl y sus ideas me han ayudado a caer en la cuenta de otro aspecto central en el tema que nos ocupa.

Para quien no sepa quién es, Frankl fue un psiquiatra de procedencia judía que sobrevivió a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Su logoterapia se basa en el análisis existencial. De su visión se desprende que, antes de empezar a proponer “parches” a una persona para intentar enmendar su vida (fijándonos en una sola de sus dimensiones), es fundamental que se plantee cuál es el sentido de su existencia: por qué y para qué vive. Y aunque los demás, y en concreto el terapeuta, puedan ayudarle a dar esa respuesta, solo él puede darla. De hecho, en su libro El hombre en busca del sentido narra cómo la gente que tenía claro cuál era el sentido de su vida luchaba con más fuerza para sobrevivir al sinsentido del campo de concentración, mientras que quien no lo tenía claro sucumbía antes.

Esto me ha hecho pensar que a vuestra pregunta sobre el sentido de la vida solo podéis responder cada uno. Igual que yo me tengo que responder a mí misma por el sentido de la mía. Evidentemente podemos compartir lo que creemos al respecto, como hice el otro día al hablaros de mi libro y de mis ideas sobre ello. Pero siempre serán respuestas generales que necesitan aterrizar en la existencia de cada uno.

Llevo toda la semana dando vueltas al hecho de que en nuestro querido siglo XXI vivimos a toda velocidad y hacemos un montón de cosas, muchas de ellas buenas, pero seguramente si nos preguntan por qué y para qué las hacemos, en último término, por qué y para qué vivimos, no sabríamos responder. Creo que es una pregunta que nos debemos hacer al menos una vez en la vida, aunque sería deseable que fuesen más veces, porque hay que concretarla en cada momento, con las circunstancias y el crecimiento personal de ese momento. Incluso cuando tenemos un horizonte (valores, creencias, etc.) que nos guía en la vida, se va plasmando de manera diferente a lo largo de ella.

¿Por qué será que cuando hablamos de este tema creemos que hay una respuesta genérica, abstracta, que nos vale a todos por igual? Aunque la hubiera… ¿no tiene que hacerla suya cada uno? ¿No tenemos que descubrir por qué estamos viviendo, y en caso de que la respuesta no nos convenza, aprovechar para cambiar de vida y optar por lo que de verdad nos llena? No evitemos enfrentarnos a nuestra propia vida, a nuestro propio sentido. Y tú, ¿para qué vives?

Aprender a pedir

Las primeras semanas de embarazo, que es cuando peor estás, pero cuando menos se nota físicamente, me daba un poco de corte pedir el sitio en el metro. Un día de hecho aguanté de pie con el metro a rebosar de gente y un mareo que no podía con él (fue una semana con muchas náuseas y las mañanas eran horribles).

Poco después me planteé que es una tontería tener vergüenza de pedir: al fin y al cabo, la gente no va a saber lo que necesitas si no lo dices (sobre todo si no se te nota), y si realmente te encuentras mal ¿por qué no decirlo y aprovechar la generosidad ajena para hacer mejor el viaje? Con todo, no siempre me animaba a hacerlo. Solo cuando me encontraba más floja.

Vino una racha en la que tuve bastante suerte y casi siempre encontraba sitio, o a veces eran trayectos cortos y ya me encontraba mejor, así que no lo necesitaba en exceso.

Últimamente he vuelto a tener náuseas y estar más floja alguna de las mañanas, y ya se me va notando la barriguita. Alguna vez alguien se ha dado cuenta y me ha dejado el sitio directamente, pero la mayoría de las veces lo digo yo directamente. Todas las veces que lo he pedido ha habido alguien (y muchas veces más de una persona) que se ha levantado como un resorte en cuanto se lo he pedido, y normalmente la gente se excusa diciendo que no se nota mucho o que no se había fijado. Yo les pongo buena cara y les digo que es normal, que todavía no se nota mucho, y que por eso lo digo. El otro día dos chicas encantadoras me dijeron que ellas también habían pasado por eso, que les daba corte pedirlo, y que yo hacía muy bien en decirlo directamente porque la gente no tiene por qué saberlo.

Puede parecer una anécdota muy tonta, pero a mí me ha dado bastante que pensar. Decimos muchas veces que estamos en una sociedad egoísta y que nos cuesta mucho dar. Pero creo que nos cuesta mucho, acaso más, pedir, quizá porque tenemos instalado el chip de que tenemos que poder con todo y ser autosuficientes.

Por supuesto que lo suyo sería que la gente se levantara sin que nadie tuviera que pedirlo; que todos estuviésemos más pendientes del prójimo y de sus necesidades. Pero siendo realistas, no siempre se notan esas necesidades. Por eso ayudamos al prójimo a ayudarnos si en vez de empezar a poner caras y resoplar decimos directamente con educación lo que necesitamos. Yo últimamente lo digo todos los días, y la verdad es que siempre me he encontrado gente amable y dispuesta a ayudar.

Tendríamos que aprender a pedir sin tanta vergüenza (¡claro está, sin echarle morro tampoco!), cuando de verdad lo necesitamos. También es una forma de dar visibilidad a las necesidades y crear conciencia en la gente, que muchas veces está dispuesta pero no siempre sabe que esas necesidades existen.

I.E.#9: ¿Qué sentido tiene mi vida?

Varias de las inquietudes que me mandasteis tienen que ver con el sentido de la vida, de cada uno y de la humanidad en su conjunto. También había otras preguntas relacionadas, sobre todo referentes a cómo encontrar la felicidad. Me vais a permitir que hoy haga un poco de “propaganda”, pues a estas preguntas he respondido desde la fe cristiana en mi primer libro, Atraídos por lo humilde (PPC, 2019).

El libro parte de la intuición de que somos seres “atraídos” constantemente, seres que deseamos infinitamente… y ese deseo nos habla de que no nos “completamos” encerrándonos en nosotros mismos, sino saliendo al prójimo y a Dios. En definitiva, existimos por amor y para amar.

En segundo lugar, parto de otra intuición que es la tesis principal del libro: para cumplir ese destino hay que transitar la vía de la humildad, que consiste en relacionarse en verdad y con delicadeza; dejar que el otro sea quien es, sin dejar de ser nosotros mismos.

A lo largo del libro intento explicar estas intuiciones a través de varias preguntas, anhelos o búsquedas humanas: el ser, el bien, la verdad y la belleza, terminando en la pregunta por la eternidad y la salvación.

No me hago más “spoilers” porque a quienes me hicisteis esta pregunta os animo a leerlo, ya que ahí he expresado mejor lo que pienso de este tema (¡difícil de resumir en una entrada de blog!).

Aprovecho para invitaros a todos los que queráis venir a la presentación del libro, que tendrá lugar el miércoles 13 de marzo, a las 19:00 en la librería Paulinas (c/ San Bernardo, nº 114, Madrid).

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este proyecto saliera adelante. A todos os invito a que sigamos creciendo en humildad, pues es la mejor manera de encontrar nuestra plenitud por la vía del amor.

Sabiduría de un pobre

He estado leyendo de nuevo el libro Sabiduría de un pobre. Ya os lo he citado un par de veces, porque me encanta. En una historia aparentemente sencilla y muy fácil de leer, en realidad se nos está transmitiendo la verdad más difícil: cómo ser pobre de espíritu, pobre de verdad.

Como hoy estoy un poco mareada y poco centrada para escribir, y también porque la obra es una joya en sí misma que no requiere ningún comentario, os dejo uno de los fragmentos que más me han dado que pensar esta vez (ya es la segunda vez que me leo el libro y creo que ha pasado a estar entre mis favoritos). Espero que a vosotros también os deje alguna cosilla para rumiar esta semana (los resaltados son míos):

«-Pero en el mundo -contestó Tancredo- están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

-Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es precios aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta”. Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle.

[…] El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero, ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. […] Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”» (Éloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Encuentro, Madrid 2018, pp. 114-116).

I.E. # 8: La coherencia

Como hace ya tiempo que no contesto a vuestras inquietudes existenciales, he tenido que releerlas todas de nuevo para elegir una para hoy. Al hacerlo, me he dado cuenta de que a muchos os preocupa el tema de la coherencia personal. La manera de formularlo es distinta, pero en resumidas cuentas todos confluís en que os preocupa si realmente vivimos siendo coherentes con nuestros principios y si esto es posible.

Así sin pensarlo demasiado, tirándome un poco a la piscina, diría dos cosas: 1) Sí es posible ser bastante coherente, aunque es difícil serlo del todo. 2) Actualmente creo que la coherencia no es una actitud que abunde. Partiendo de este análisis de la realidad, me planteo qué puede estar pasando para que esto sea así: todos queremos coherencia, en principio sería posible tenerla, pero vemos que como sociedad «sacamos poca nota» en esta actitud.

Mi primera hipótesis es que no somos coherentes porque nos falta asentar un poco el primer fundamento de la coherencia: los principios o los valores. Si la coherencia se define como actuar conforme a los propios principios, ¿cómo vamos a atenernos a unos principios que ni tenemos claros y que cambian constantemente según lo que nos viene mejor? Claro que en la vida vamos madurando y cambiando de parecer y no tenemos los mismos principios siempre. Me refiero, más bien, a que se está implantando en nuestra sociedad un inmediatismo (muchas veces emotivo y visceral) que nos arrastra a opinar de todo, cada día según nos dé. Para tener principios hay que pararse un poco a pensar cuáles son y por qué los tienes. Sin este paso previo, no tienes nada con lo que ser coherente, nada a lo que atenerte con tus actos.

En segundo lugar, estamos tan preocupados de que los demás se atengan o no a sus principios (para poder criticarlos) que no nos queda tiempo, interés ni fuerzas para observar nuestra propia coherencia. Dicho de forma más simple, somos demasiado «juzgones» y demasiado «bocazas». Lo primero nos pone siempre en guardia frente a los demás y nos disuade de ponernos en guardia ante nosotros mismos. Lo segundo añade más dificultad a la coherencia propia, porque cuantas más cosas critiquemos, más cosas nos tenemos que exigir a nosotros mismos para ser coherentes. Como no lo conseguimos, acabamos teniendo una sensación de falsedad generalizada.

Finalmente, está la cuestión de la pereza y la comodidad (sálvese quien pueda). Ser coherente requiere control, sacrificio y discernimiento; no vale cualquier decisión ante determinada situación. Y reconozcamos que muchas veces no estamos dispuestos. Recurrimos a lo anterior, buscamos un chivo expiatorio al que criticar, y nos olvidamos de que nosotros también tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás.

Sé que hoy he sido más dura de lo habitual. Creo que hay cuestiones en las que no conviene que nos sigamos engañando todos. Como siempre, no valen las generalizaciones, y hay gente que no sigue estos patrones o no de manera tan drástica. Pero seamos sinceros: estamos fomentando una sociedad superficial, criticona y acomodada. Con todo, yo sigo permaneciendo optimista y os diré por qué:

1) Creo que sí tenemos principios, pero nos falta darles nombre y asentarlos. No es que seamos gente sin valores, pero no dedicamos el tiempo suficiente a pensarlos y priorizarlos. Ante una situación suele haber varios valores en juego y no podemos dejarnos llevar por la primera impresión que la situación nos produce. Así, creo que seguimos teniendo sensibilidad y capacidad de valoración, pero nos falta desarrollar un juicio más crítico.

2) No estamos tan lejos de la coherencia porque al menos la entendemos como un valor y no nos gusta cuando falta. La parte positiva de nuestra «compulsión al juicio» es que somos capaces de ver como negativo lo que no es bueno. Ahora bien, tendríamos que empezar por dirigir esa mirada crítica hacia nosotros mismos, y no utilizarla para hacernos daño sino para crecer (la actitud criticona dirigida hacia uno mismo también es muy dañina… no se trata de culpar, sino de mejorar como persona). Una vez que hemos hecho este proceso personal, tendremos más capacidad para que la crítica que hagamos, tanto a nosotros mismos como a los demás, sea constructiva y compasiva y no destructiva.

Esta semana me gustaría que todos hiciéramos estos deberes: pensar un poco más con calma y profundidad qué está en juego en cada situación y cómo debemos valorarla; esforzarnos por actuar un poco más fielmente a ese discernimiento que hemos hecho; controlar un poco nuestra lengua y empezar por buscar nuestra propia coherencia antes de exigírsela hipócritamente a los demás.

Sin enfrentarse a crecer uno mismo creo que no se está en situación de hacer ninguna crítica (y ojo que digo «hacer crítica» y no «juzgar» o «criticar»). Podemos ser coherentes, pero nos lo tenemos que currar un poco más.

El efecto primario de mi embarazo

Cuando estás embarazada no tardan en aparecer efectos secundarios, que al principio son el único indicador de que lo estás (hasta que llega la primera ecografía y puedes ver al bebé). La verdad es que yo no me puedo quejar de embarazo, porque estoy bastante bien, pero sí que he tenido un poquito de todos los efectos más comunes: náuseas (aunque por lo general no he llegado a vomitar casi nunca, cosa que agradezco), ardor de estómago (que me obliga a controlarme en las comidas, porque si me paso luego se me está repitiendo toda la tarde o toda la noche), cansancio/sueño (de este tengo más que un poquito, porque como muchos sabéis soy bastante marmota, y ahora más), cambios en tu cuerpo que te hacen estar más hinchada, ir engordando y notar tiranteces por los músculos que se estiran, aumento de tu temperatura corporal y la famosa ciática, que me ha empezado hace poco (aunque todavía no me ha dado mucha, toquemos madera).

Estos y algún otro que se me habrá pasado son los efectos secundarios más comunes. Pero estos días me preguntaba… ¿cuál es el efecto primario? ¿En qué me ha cambiado más el embarazo, en qué me he notado más que ahora estoy embarazada? Lo tengo bastante claro: que tengo una paz, una tranquilidad y una confianza impresionantes. Es cierto que un hijo te cambia la vida y soy consciente de que habrá muchas cosas a las que ir enfrentándose: mi situación laboral, la organización del tiempo, la reestructuración de los gastos familiares, todo lo que vamos a tener que aprender Rober y yo para ir criando al «bollito» y para ir ayudándolo a sacar de sí su mejor versión… y otras tantas cosas. Pero ahora mismo la verdad es que no me preocupan.

Hasta aquí, constato un hecho: estoy tranquila y todo lo que voy a tener que pensar, organizar o hacer en un futuro no me agobia. Tras esta constatación me he preguntado: ¿por qué? ¿De dónde surge esta paz, esta calma? Supongo que es una realidad con muchas aristas y que habrá más de un factor. Uno de ellos es que tener un hijo (o una hija, seguimos sin saber el sexo) es algo que siento claramente como vocación, y cuando sabes que algo es tu vocación, confías en que tendrá que salir hacia adelante sea como sea, porque es tu prioridad (o al menos una de ellas).

Otro factor (y de los más importantes, si no el que más) es que me he dado cuenta de que no necesito estar haciendo nada para estar aportando algo a la humanidad. Evidentemente no es que me haya vuelto vaga; sigo llevando adelante con la mayor responsabilidad posible mi trabajo, mi estudio, las tareas domésticas, las relaciones con la gente… pero quizá en este momento soy más indulgente conmigo misma y no me siento tan mal cuando no me da el cuerpo para más, cuando me tengo que ir pronto o decir que «no» a algo o a alguien porque no me da el día para llegar a todo, ya que tengo que cuidar más los espacios de descanso. Es decir, sigo haciendo lo que venía haciendo (más o menos, quizá algo menos), pero soy más consciente de que mi valor como persona está en mí misma, y quizá ahora lo soy más porque estoy generando una nueva vida, que es algo valioso en sí mismo.

Y aquí viene la reflexión de los últimos días, a raíz de todo esto que he venido pensando antes: ¿por qué tiene una que estar embarazada para sentirse así de liberada? Quizá, porque es una de las «excusas sociales» más extendidas y aceptadas. Pero… ¿no deberíamos ser todos más indulgentes con los demás y con nosotros mismos? ¿No podríamos vivir sabiendo que nuestro valor está en nosotros mismos, que evidentemente es importante lo que hacemos, pero que no tenemos que vivir al límite pretendiendo unos niveles de eficacia que a veces no son humanos? ¿No deberíamos vivir con paz las veces que tenemos que decir que no, o las veces en que tenemos que cuidar nuestro descanso?

Yo creo que la vida alcanza su plenitud cuando se entrega por amor. Lo que el embarazo me está haciendo pensar es que la entrega es algo que surge de la raíz de nuestro ser y que tiene muchas formas de manifestarse. No siempre se ve en la superficie. Aunque ahora «hago» menos cosas o vivo a una velocidad más lenta, siento que no he dejado de entregarme, solo que es de otra manera. Creo que no deberíamos esperar a un embarazo para hacernos conscientes de ello… viviríamos más tranquilos, más confiados y con más paz.

[Dedicado a nuestro bebé, que sin «hacer» todavía nada nos está enseñando tanto.]

Felices = amados

Hace unas semanas estábamos Rober y yo de viaje con dos amigos y un día por la noche nos pusimos filosóficos; nos hacíamos preguntas «profundas» y cada uno daba su respuesta. En una de estas, alguien (creo que fui yo) preguntó qué era para los demás ser feliz. Cada uno dio su respuesta. Cuando me tocó mi turno dije: «para mí ser feliz es saberme amada». Lo dije de sopetón, casi sin pensarlo, pero después le he dado bastantes vueltas y estoy muy convencida de esta definición. Porque cuando me sé amada soy feliz, siento mi vida plena de raíz, a pesar de que haya cosas que vayan mal o sucesos que me pongan triste.

Ayer fue la boda de mi hermana Marcela y mi cuñado Matías. El evangelio que eligieron para la celebración fue el de las bienaventuranzas. A primera vista, puede parecer curioso que elijan un evangelio donde se llama bienaventurados o felices a los pobres, los que lloran, los que quieren justicia, los mansos, los perseguidos… sin embargo, teniendo en mente mi definición de felicidad me pareció un evangelio de lo más coherente para un matrimonio: la felicidad está en el amor que se tienen y que ayer se prometieron para siempre ante todos los que estábamos allí. Y ese amor no se ve menguado por los momentos de tristeza, las injusticias o dificultades de la vida.

Como supongo que os pasaría a quienes también estuvierais en la boda y los conocierais bien, para mí esta reflexión tuvo una hondura especial, puesto que la alegría desbordante que compartimos con ellos ayer no era una alegría ingenua ni mucho menos superficial. Realmente han pasado muchas dificultades de todo tipo y estas en vez de separarlos los han unido más. Han luchado por estar juntos de manera incansable. Por eso verlos celebrar su amor ayer no fue un facilón «felices para siempre» de algunas películas, sino la verdadera alegría de ver que el amor triunfa sobre todos los problemas y dificultades; su «felices para siempre» o «bienaventurados para siempre» fue la promesa de mantener la apuesta que ya vienen haciendo mucho tiempo: quererse contra viento y marea y medir su felicidad en la calidad de su amor y no en las comodidades de su vida.

Gracias, Marce y Matías, por el día tan maravilloso que pasamos ayer con vosotros. Y gracias a todos los que aportasteis vuestro granito de arena para que así fuera.

[A mis lectores habituales: sé que tenía que haber retomado ya vuestras inquietudes existenciales, pero como veis están pasando muchas cosas importantes en mi vida que no podía dejar de compartir. Espero retomarlas pronto.]

Dos gestaciones, dos alumbramientos

Esta Navidad ha sido un momento especial. Cuando escribí la reflexión sobre el «escándalo» navideño no os lo conté todo… parte de darme cuenta del escándalo que la Encarnación de Dios suponía se debió a que lo estoy viviendo en mis propias carnes, porque estoy embarazada. Ser consciente de que una vida depende de mí (ahora mismo, para todo) me hizo darme cuenta de que Dios mismo se hizo dependiente de una madre.

Al volver de las vacaciones me esperaba una semana muy intensa, sin yo saberlo. Este miércoles fue la primera ecografía, la de los tres meses; un momento muy emocionante porque por primera vez ves a tu bebé. Ves cómo se mueve y escuchas su corazón y te entra una sensación de paz y de alegría al mismo tiempo. Al día siguiente recibí la noticia de la publicación de mi primer libro, que ya llevaba tiempo escrito y estaba pasando por los diversos trámites editoriales para su publicación. Enseguida me llegaron algunos ejemplares a casa y lo vi anunciado en las novedades de la web de PPC.

Que estos dos sucesos tuvieran lugar durante la misma semana me hizo relacionarlos espontáneamente, porque tienen bastante en común. Son fruto de dos procesos, de dos «gestaciones», que al final ven la luz: el libro, ahora, con su publicación; el bebé, cuando nazca en julio. Durante la gestación de cada uno ha habido etapas de todo tipo. Con el libro tuve un atasco de inspiración importante que en su momento me frustró mucho, pero del que salí gracias a la ayuda de diversas personas. Con la niña o el niño no lo he vivido con frustración, pero sí he pasado la etapa inicial del embarazo, que tiene sus dificultades (estar más cansada, estar con el cuerpo revuelto y cambiado, los cambios de humor…). Lo bueno es que esta vez he aprendido más rápido a «pactar con mi finitud» y a vivir con agradecimiento la etapa, a pesar de que a veces es difícil adaptarte a vivir más despacio, a otra velocidad, siendo consciente de tus límites más que antes.

La gestación es una maduración… tanto del pensamiento como de una nueva vida. Es un proceso que nace de procesos anteriores (los estudios y la reflexión, en el primer caso, mi matrimonio en el segundo) y que se proyecta en procesos futuros. Lo que vivimos tiene conexión con toda nuestra vida. En estos dos casos lo he visto con mucha claridad.

En cuanto entregas un libro para publicar te empiezas a comer el tarro y a ver que hay cosas que podrías haber mejorado y otras que quizá hoy las dirías de forma distinta… pero tienes que lanzarte en algún momento, porque si no, nunca publicarías nada, vivirías reescribiéndolo todo. Supongo que con la maternidad me pasará algo parecido: es tirarse a la piscina, intentando dar lo mejor de ti, pero habrá momentos en los que pudieras haberlo hecho mejor. Espero que cuando lleguen sea capaz de aprender de ellos.

En ambas «gestaciones» he tenido gente cerca que me ha ayudado y acompañado. No concibo ni el escribir ni el ser madre como algo que me atañe solo a mí. Son realidades que, aunque en primer término me conciernan a mí (bueno, la maternidad también a mi marido y su respectiva paternidad), las vivo como algo social, abierto a los demás, porque recibe de ellos y proyecta hacia ellos.

Seguro que hay más detalles en los que se parece escribir un libro y tener un hijo. De todos modos, hay una diferencia importante: el libro son palabras, en cierto sentido, sin encarnar. Están encarnadas en mi vida, si he sido capaz de escribir realmente lo que creo y de lo que vivo, pero en el libro están inertes. Necesitan un lector que les dé vida, que las encarne en su propia existencia una vez que las lea. Siento que con mi hijo o mi hija no sucede lo mismo: ya es encarnación, ya es amor concretado, llevado a la vida, en este caso, a una nueva vida. Por eso para mí tiene una significación mucho mayor el bebé que el libro. Lo que sea capaz de transmitirle a la niña o al niño será una verdad no solo «dicha», sino «hecha» en la existencia de una persona. ¿No es precioso dar algo así al mundo, escribir en una vida y no solo en un papel?

Os dejo testimonio gráfico del bebé y un link al anuncio del libro (Atraídos por lo humilde) en la web:

Atraídos por lo humildeprimera eco bebé