I.E.#7: ¿Somos imprescindibles?

Varias de las personas que me enviaron sus inquietudes se preguntaban si somos imprescindibles. Alguna lo formulaba de otra manera: «¿qué sentido tiene nuestra vida si somos prescindibles?» Y otra: «si hoy desapareciera, ¿el mundo cambiaría en algo?»

Como digo muchas veces, depende de qué entendamos por «imprescindibles». Si nos referimos a que somos necesarios, entonces creo que no, no lo somos. Somos seres contingentes, es decir, existimos, pero podríamos no haber existido. Además, si dejáramos de existir, el mundo no se acabaría ni se pararía… no «hacemos falta» para que el mundo funcione.

Si nos referimos a que no se puede prescindir de cada uno, es decir, que no nos podemos «privar» de cada uno, hay un sentido en el que sí somos imprescindibles: que cada persona somos única e irrepetible. El mundo no se puede «permitir» perderte, porque no hay nadie que pueda reemplazarte del todo. Te reemplazará en una función, quizá, pero nadie puede ser tú. Solo tú puedes ser tú.

Por tanto, resumiría diciendo que no somos necesarios, pero somos irremplazables. Y creo que eso nos puede ayudar a descubrir y vivir nuestra misión en el mundo: con la humildad de sabernos «una o uno de tantos», pero con la certeza de que no hay nadie como nosotros. Lo que tú puedes aportar nadie más lo puede aportar de la misma manera, porque eres único, única. Lo que haces cambia el mundo, por supuesto; pero no pretendas que lo cambie todo, sino solo lo que está a tu alcance. No obstante, tampoco te puedes creer la panacea, porque no eres la única persona que va a aportar algo al mundo, y eso tienes que tenerlo claro.

Me parece que es una tensión sana para vivir nuestra identidad y misión. Jugando con la polisemia de la «unicidad»: únicos (=singulares), llamados a dar lo que somos, lo que solo nosotros podemos dar; pero no únicos (=no solos), porque hay más gente que aporta al avance del mundo.

No sé si os he respondido de manera satisfactoria. Así lo pienso y así intento vivirlo, aunque a veces es difícil. Tendemos a mezclar los dos significados y o bien pensar que no somos nadie, o bien creernos que tenemos que ser todo…

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Bohemian Rhapsody

«Is this the real life? Is this just fantasy?
Caught in a landslide, no escape from reality
Open your eyes, look up to the skies and see
I’m just a poor boy, I need no sympathy
Because I’m easy come, easy go, little high, little low
Any way the wind blows doesn’t really matter to me, to me».

Queen, Bohemian Rhapsody

Comienzo la entrada como la semana pasada, con una confesión: cuando me propusieron ir a ver al cine la película Bohemian Rhapsody, sobre la historia del grupo de rock Queen, me dio un poco de pereza al principio. No había visto el tráiler ni había leído nada sobre la película, pero di por hecho que sería tipo documental y con una historia más plana de lo que luego encontré. Pero tuve una sensación de que debía verla, y fui. ¡Y menos mal! La película no tiene desperdicio. Intentaré deciros por qué sin incurrir en excesivos «spoilers» (o, como se diría en castellano, «destripes»… ¡aunque hay que reconocer que el sustantivo queda un poco extraño!). De todas formas, si conocéis la historia de Freddy Mercury y de Queen, tampoco os voy a decir nada que no sepáis. Es verdad que la película, por lo que dicen algunos, no es del todo exacta respecto a lo que realmente ocurrió. Aquí no me detengo en estudiar si lo que aparece fue así o no, sino en destacar un par de aspectos de la historia tal y como la película la cuenta. Es esa historia la que me ha gustado, sea más o menos verídica (en bastantes puntos creo que sí lo es, pero reconozco no ser una experta en el tema).

La película me gustó, en primer lugar, porque me pareció que está bien narrada. No se limitan a mostrarte las batallitas del grupo en su ascenso a la fama, sino que se nota que te quieren contar una historia humana. Y con «humana» me refiero a que lo principal en la historia no es tanto si Queen vende tantos discos o se hace tan famoso (aunque en parte también), sino lo que les ocurre a los personajes, sobre todo al protagonista: qué aprenden de la vida, qué priorizan en ella, cómo valoran a los demás, cómo se descubren a sí mismos…

Hay bastantes temas que aparecen con mayor o menor intensidad y que serían dignos de profundización (por ejemplo, la relación de Mary y Freddy y el descubrimiento de éste de su orientación sexual, un tema muy bien trabajado en la película, para mi gusto; o la relación de Freddy con sus padres), pero si tengo que elegir me quedo con estos dos:

1)      El aprendizaje de que el todo es mayor que la suma de las partes, y que se ve favorecido cuando esas partes son diferentes entre sí. Hacia el final de la película, Freddy se da cuenta de que lo que hacía grande a Queen no era simplemente que él era un genio, sino que formaban un equipo y se potenciaban unos a otros para formar algo mejor. Cuando estaba con gente que no le cuestionaba nada, creció mucho menos como artista.

2)      La importancia de quererse a uno mismo para descubrir la propia identidad y abrirse a una relación sana con los demás. Cuando Freddy hace este proceso personal, recobra la relación con sus amigos de una manera mucho más profunda.

Y no os cuento más, ¡para que veáis la película! Además, con buena banda sonora, eso está garantizado.

I.E.#6: ¿Sirve de algo esforzarse por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo?

Os confieso que cada dos semanas, cuando cojo la lista de vuestras inquietudes existenciales y elijo una para escribir la entrada del blog, me da una cierta sensación de vértigo. Porque si fueran preguntas tipo «¿Por qué los envoltorios de los sugus de piña son azules?», me podría inventar una historia absurda y os haría más o menos gracia, pero en el caso de que me diera por decir algo sin sentido, al menos es seguro que los sugus no vendrían a reclamar. Pero las preguntas que me formulasteis son todas muy profundas y demasiado importantes como para responderlas banalmente… ¡Qué difícil me resulta a veces! Está bien, porque así me sacáis de mi zona de confort y me obligáis a comprometerme con la respuesta que doy. [Por si alguien se lo ha preguntado, no, tampoco me refiero a que mi zona de confort sean los sugus de piña… ja, ja; sino escribir sobre lo que me apetece cada día, mientras que contestar preguntas de otros es un reto mayor.]

En fin, tras este «mini-desahogo», vamos con la inquietud de hoy, que más bien es una cadena de inquietudes, todas relacionadas: «¿Tiene sentido esforzarse por mejorar uno mismo y lo que me rodea, incluso soñar con mejorar el mundo? ¿Sirve de algo? ¿No sería mejor disfrutar y tirarse al barro? ¿No disfruto haciendo y viviendo como creo que es bueno? ¿Me viene impuesto, o soy invitado a ello y yo acepto y me sumo?» Uf, respiremos. ¡Demasiadas preguntas!

De todos modos, todas apuntan a algo sencillo, que en realidad se bifurca en dos cuestiones: 1) ¿Tiene sentido esforzarse por cambiar el mundo, o, como no vamos a cambiar mucho, es mejor pasar de todo y solo preocuparse con disfrutar? 2) Ese esfuerzo, ¿lo siento como una invitación a la que respondo porque quiero, o como una imposición/obligación?

En realidad, no siempre vivimos esta cuestión de la misma manera. Incluso cuando estás convencida de que quieres luchar por mejorar el mundo, a veces es tan difícil que lo empiezas a ver como una carga o imposición que agota e incluso aplasta. Hoy no voy a explorar los diferentes caminos que se pueden tomar para situar esta inquietud en nuestra vida, sino ofrecer un par de intuiciones de la espiritualidad cristiana que a mí, en concreto, me ayudan a plantearme esto de una manera más liberadora.

Lo primero y principal de la respuesta: para los cristianos, no somos nosotros los que tenemos que salvar el mundo. El mundo lo salva Dios. Es verdad que él actúa a través de nosotros, pero digamos que el «peso» de lo que supone encaminar hacia el bien un mundo en el que hay tanto mal lo carga Dios, no tenemos que cargar cada uno todo ese peso. Esto puede parecer conformista y es verdad que a veces lleva a pensar: «bueno, como es Dios quien se va a encargar de esto, yo paso». Pero, en realidad, nada más lejos: esto no es una excusa para desentenderse del mundo, sino que ayuda a tomar conciencia de nuestra limitación y a no pretender que lo podemos todo, cuando no es así. Cuando te limitas a lo que a ti se te pide, lo vives como una invitación a colaborar con un proyecto que te sobrepasa (porque es el proyecto de Dios) y al que tú dices «sí» libremente. En mi experiencia, cuando lo empiezo a sentir como un peso o una carga insostenible, es porque he pretendido llevar yo un peso que no es el que debo llevar (y me refiero sobre todo al peso psicológico).

Segundo y también fundamental: aunque el «peso» lo lleve Dios, es central la respuesta que nosotros le demos para llevar adelante este proyecto de regeneración de la humanidad, de mejoramiento del mundo. Dicho de otro modo: si antes hemos dicho que no tenemos que pretender poner nosotros todo el desierto, porque solo somos un grano de arena, ahora subrayamos que es imprescindible que ese grano de arena que somos sí lo pongamos. La esperanza cristiana nos lleva a creer que ese acto de poner nuestro grano de arena no cae en saco roto. ¿Merece la pena lo que hagamos? Dios siempre nos dice que sí. Su criterio no es el de lo que más se ve o lo que más se puede «contabilizar». Y nos asegura que lo que hagamos por el prójimo, por el mundo y por nosotros mismos, tendrá su fruto, aunque no siempre lo veamos. ¿Qué metáforas pone Jesús para hablar del Reino de Dios? La levadura en medio de la masa, el granito de mostaza en la tierra… las realidades pequeñas, metidas en el meollo del mundo, que no se ven, pero que siempre producen un cambio. Quizá haya que empezar a pensar en ello como realidades que se van contagiando, poco a poco, y no como realidades que pretenden «imponerse» desde arriba.

Finalmente: si vivimos nuestra misión como compartir, en lo que se nos pide a nosotros, la misión divina (y no pretender que lo tenemos que hacer todo nosotros) y si confiamos en que lo que hacemos servirá para algo, aunque no se vea… es más fácil que vivamos esa tarea con alegría y con gozo, de manera que no sea una imposición, sino una elección de plenitud. Aunque sabiendo que esa alegría y esa plenitud no siempre van acompañadas de comodidad y bienestar, porque enfrentarse al mal lleva consigo tener que sufrirlo también. La esperanza es la clave de todo… la clave de que sigamos caminando y encontrándole sentido a esta misión.

Mirar al pasado perdonando o agradeciendo

La semana pasada escribí sobre la procedencia y el sentido del mal y subrayé que, en mi opinión, no podemos “justificar” el mal por el hecho de que nos puede llevar a cambiar de vida y elegir mejor el bien. No obstante, también dije que eso no significa que, cuando de hecho el mal o la adversidad nos lleguen en cualquiera de sus formas, no podamos aprovechar esa ocasión para crecer. Intenté mostrar que ambos argumentos no están reñidos, porque una cosa es el por qué del mal y otra cosa distinta cómo elegimos vivirlo de la mejor manera posible.

Hoy quiero dedicar la entrada a una persona que ha vivido situaciones extremas en su vida desde esta consigna: aprender a crecer en la adversidad y encontrar un sentido a la vida a pesar de que las circunstancias a veces lo pusieran difícil. Se trata de Irene Villa. Si tenéis tiempo, os recomiendo ver el reportaje entero (42 minutos):

https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/puede-el-perdon-curar-el-dolor-irene-villa/

Si has visto el vídeo, te puedes saltar lo que sigue 😉. Simplemente aprovecho para subrayar varios elementos que me parecen muy potables de la narración que ella hace y de las respuestas que da a las preguntas que le van formulando:

  • Lo primero en lo que insiste es que antes o después nos vamos a encontrar con adversidades (mayores o menores, pero alguna habrá), y no se trata de vivir con la obsesión de evitarlas (porque no se puede), sino aprender a afrontarlas para crecer.
  • Para ella la constancia es una virtud esencial para que todo lo demás fructifique. No sirve eso de decir “es que soy así, y punto”, sino que para determinados cambios personales y vitales es necesario el entrenamiento: creer que puedes cambiar, pero también ser constante en ese proceso que te lleva al cambio.
  • Tener la autoestima bien te abre puertas; no tenerla, te las cierra. Es difícil mantener una sana autoestima durante toda nuestra vida, y por eso es una tarea tan importante cuidarla…
  • El perdón libera. Irene Villa dice que perdonar no es (yo puntualizo, “no solo es”) por la otra persona, sino por ti mismo: a ella perdonar le sirve para sentirse liberada del mal que alguien ha cometido contra ella. Dice que es como cortar el hilo que te unía a esa persona por el rencor y sentirte libre respecto a ella. Me parece una visión interesante, porque, aunque pienso que lo ideal es la reconciliación (es decir, que el perdón se viva con profundidad por ambas partes, el que perdona y el que es perdonado, de manera que se pueda restaurar la relación), hay ocasiones en que no es posible, porque la otra persona no pone de su parte. En estos casos, como ella señala, el perdón sigue siendo valioso porque te libera de la rabia y el rencor, a pesar de que a la otra persona no le llegue ese perdón porque esté cerrada a ello. No perdonar te puede envenenar por dentro, te daña el corazón.
  • El miedo no lleva a buen puerto, el amor, sí.
  • Menciona estas tres “R” como pilares de la vida: Respeto, Responsabilidad y Resiliencia. Me parecen tres palabras muy dignas de tener en cuenta y no sé si siempre las valoramos lo suficiente.
  • Es central tener en cuenta que somos seres sociales, que no estamos solos… tampoco ante la adversidad. Ella valora mucho todo el apoyo de quienes la han ayudado en los momentos difíciles de la vida.

Dice muchas cosas más y, sobre todo, desarrolla más estas ideas, al hilo de su propia experiencia. No os cuento más para invitaros a que veáis el reportaje.

Me quedo especialmente con una frase que dice y que he utilizado para el título de la entrada: que, cuando miremos al pasado, lo hagamos “con perdón o agradecimiento”. Creo que son sabias palabras y que ayudan a vivir mejor: agradecimiento, porque te ayuda a coger fuerzas de lo bueno; perdón, porque te ayuda a liberarte de lo malo. Si interiorizamos esta conducta, seremos más capaces de crecer en la adversidad.

I.E. #5: ¿Existe el mal para hacernos conscientes de cuál es el bien?

Alguien me envió esta inquietud: «¿Dios nos pone en nuestro camino a gente que parece que la enfermedad y la adversidad se ceba con ella para que veamos qué es importante y qué no lo es en la vida?» Dura, ¿eh? Pero totalmente lógico planteársela… todos conocemos personas en las que parece que la adversidad se concentra en determinados momentos de su existencia. Y no puede sino surgirnos la pregunta de por qué eso es así, y si el sentido de ello es que aprendamos a valorar la vida y lo que es más importante en ella.

A esta pregunta yo respondería en primer lugar que no, pero luego matizaría que sí, en otro sentido. Os explico: pienso que Dios no es quien nos envía los males, las enfermedades, las adversidades, las desgracias… todo esto es propio de una existencia limitada como la nuestra y se agrava con el mal que cometemos las personas y repercute en los demás. Es decir, todo esto viene sin más, no es que Dios quiera enviarnos los males para darnos una lección.

Dios no actúa en nuestro mundo como un titiritero moviendo los hilos. Nos ha hecho libres en un mundo autónomo. Ahora bien, esto no significa que Dios permanezca de brazos cruzados frente a lo que ocurre en el mundo. A través de lo que sucede él siempre se hace presente para encaminarlo todo desde dentro al bien. No debemos identificarlo con las causas concretas de lo que ocurre, sino que su providencia se sitúa en un nivel superior, trascendente, y actúa a través de esas otras causas (por eso decimos siempre que Dios actúa a través de nosotros en beneficio de los demás).

Y aquí viene la segunda parte de mi respuesta: aunque Dios no “envía” esos males a la persona para que nosotros distingamos el bien del mal, sí intenta que aprendamos de su situación a hacer esa distinción. No es lo mismo decir que Dios quiere el mal para llevarnos al bien, que decir que Dios aprovecha el mal (que ya hay y que no es causa suya) para intentar encaminarnos desde ahí hacia el bien. Su providencia es su cuidado de nosotros a través de todo lo que pasa. Por eso incluso cuando lo que ocurre es malo Dios sabe encontrar modos de ayudarnos a superarlo, aprender de ello y encaminarnos más al bien. ¡Pero ojalá pudiera hacer esto mismo desde una situación buena, sin necesidad de que el mal se meta por medio!

Este texto que leí hace unos días lo refleja muy bien:

“…en realidad Dios no nos manda desgracias, sino que está tan cerca del que las sufre que las asume como proyecto suyo para aquel que ha de vivirla. De lo que siempre podemos estar seguros es de que en todo cuanto nos sobreviene, Dios se complica, se ocupa, lo convierte en su interés… e interviene. En ese sentido sí podemos afirmar que es ‘su voluntad’, porque todo su querer está implicado. Pero no en el sentido de que él es la causa directa de lo que está aconteciendo” (Nurya Martínez-Gayol ACI, El sentido apostólico de la adoración, Sal Terrae, Madrid 2018, pp. 102-103).

“…adorar significa reconocer esa posibilidad de Dios de rehacer nuestros caminos, nuestros planes, nuestros proyectos, y dotarlos de sentido, pase lo que pase. Cuando los planes se vienen abajo, por debilidad, por fragilidad, a causa de las libertades de otros, de desgracias naturales o de acontecimientos que nos sobrepasan, adorar nos da la posibilidad de creer que Dios se reinventa para nosotros y nos ofrece una y otra vez un nuevo camino, como propio y personal. Adorar nos invita a creer que aquello que tenemos que abrazar porque la vida nos lo impone y no nos queda más remedio, él está dispuesto a transformarlo en camino de salvación. […] el dolor de no haber podido recorrer el camino que deseábamos no se quedará sin sentido” (ibíd., p. 104).

La autora habla de “adorar” porque el libro trata sobre la adoración. En todo caso, su reflexión nos viene muy bien para el tema de hoy. Donde pone “adorar” podemos poner también “orar” o “relacionarnos con Dios”… la idea es que Dios no nos envía el mal, pero ante las frustraciones de la vida nos ayuda a buscar un sentido y reconstruir nuestro camino. Creo que, al menos casi siempre, el sentido no es algo que venga de las cosas mismas, sino que nosotros lo buscamos. El mal que sufrimos o vemos a otros sufrir no tiene sentido por sí mismo… se lo podemos dar si decidimos partir de esa situación hacia un horizonte de amor y de crecimiento personal.

Por eso, no justifiquemos las cosas malas como si fueran necesarias para aprender a distinguir, valorar y elegir el bien. Es cierto que a veces no nos damos cuenta de lo que es importante en la vida hasta que no nos suceden desgracias (por cierto, sería interesante plantearnos por qué…) y en ese sentido ese puede ser un momento importante de revelación y de aprendizaje. Pero no significa que esas cosas suceden por una especie de designio superior. Eso sí, cuando vengan, aprovechémoslas para crecer. Nunca está todo perdido y nunca perdemos la capacidad de rehacernos. Dios siempre tiene esperanza en nosotros… tengámosla también.

Reflexiones sobre la santidad

Como esta semana ha sido el día de los santos, he estado pensando un poco sobre el tema de la santidad. En un sentido amplio, solemos entender que es santa una persona que vive ejemplarmente: sin maldad, entregándose a los demás, con coherencia de vida, etc.

Me he puesto entonces a pensar en qué entendemos por “santo” desde la perspectiva cristiana. O, mejor dicho, qué es para nosotros una persona cristiana santa. Me parece que, cuando alabamos el bien que hace esa persona, a veces caemos en reducir la santidad, cristianamente entendida, a una cuestión de esfuerzo personal de quien se empeña en entregarse más a Dios y a los demás.

No me malentendáis, claro que es importante el esfuerzo que hay que hacer para ser santo. Pero creo que desde el cristianismo el foco no está ahí, sino en el punto previo: la persona santa es la que reconoce su pequeñez y su pobreza, se sitúa en verdad y humildad ante Dios y deja que él la transforme y la impulse a una entrega a los demás. Claro que se tiene que esforzar, pero su santidad no es algo que conquiste por sí misma, sino algo que recibe y entrega.

Os dejo dos textos de Eloi Leclerc, que escribió un libro precioso sobre san Francisco de Asís (cuña publicitaria: lo recomiendo vivamente, no tiene desperdicio). Como veréis, coincido bastante con él en la forma de entender -cristianamente- la santidad:

“El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.” (Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 91987, p. 129).

[Tras reconocer que Dios sí reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad, Francisco añade:] “Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. […] Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión. […] Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.” (Ibíd., pp. 129-130).

El secreto está en que ese “simple y puro querer a Dios”, si es verdadero, SIEMPRE lleva a la entrega de uno mismo al prójimo y a construir un mundo mejor. Por supuesto que se puede construir un mundo mejor sin creer en Dios; pero es importante que quienes creemos en él no renunciemos a nuestro particular modo de vivir la santidad.

I.E. #4: ¿Somos seres incompletos? ¿Qué «pieza» nos falta?

Vamos a por la cuarta inquietud existencial. Alguien me preguntó si cada persona necesita a alguien en particular para estar completo, si somos seres incompletos en búsqueda de una pieza (es decir, una persona) determinada que nos falta y que es perfecta para encajar con nosotros. Me pareció una pregunta muy interesante y creo que está a veces muy presente cuando pensamos sobre el amor.

Como punto de partida, diría que Hollywood nos causa demasiados problemas con este tema en particular. El mito de la media naranja (que, por otra parte, es bastante antiguo) se ha infiltrado en nosotros hasta límites insospechados a través de ciertas películas de amor: esas en las que hay una persona que parecía totalmente destinada a otra persona, que por fin consiguen estar juntas y son felices.

Para mostrar que el mito no es verdad, (o no del todo) apelaré a otras historias (también presentes en las películas, series y novelas) que muestran otros casos: la típica persona que quedó viuda y acaba conociendo a alguien con quien tiene una bonita historia de amor. ¿No parece indicar esto que es posible tener una relación con más de una persona?

A veces nos creemos a pies juntillas el mito de la media naranja por esa idea de destino que nos es tan querida (recordad lo que dijimos en la inquietud #2 sobre la libertad y la predestinación). Yo pienso que no existe una persona perfecta para nosotros. ¿Por qué? En primer lugar, porque no hay nadie perfecto. Todos tenemos luces y sombras, virtudes y defectos… se trata de saber relacionarnos, crecer y construir algo juntos desde lo que somos, y lo que somos es imperfectos (por más que sea bueno querer mejorar como persona… pero eso no equivale a pretender que se es perfecto).

En segundo lugar, porque no hay «una» sola persona con la que podamos tener una relación de pareja sana y profunda. En las relaciones hay muchos factores que influyen, y algunos no dependen tanto de nosotros (hay gente con la que no se empasta y no se sabe bien por qué), pero otros sí, porque la relación es algo que se trabaja entre las dos partes, algo que se construye y en lo que se puede crecer.

Mantener el mito de la media naranja es creer que solo pesa lo que no depende de nosotros, esas características que (es cierto, de forma un poco misteriosa), hacen que en principio o de entrada estemos mejor con una persona que con otra. Se han dado casos de gente que empieza mal y termina fenomenal, gente a la que le sucede al contrario, gente que parece poco compatible pero encaja bien…

No podemos obviar que hay aspectos que escapan a nuestra comprensión o a nuestra acción y que a veces impiden una buena relación. Pero, desde luego, creo que hay mucha gente (o, al menos, más de una persona) con la que podemos tener una relación buena, sana e, incluso, para toda la vida. Elegir una persona con la que estar siempre es una cuestión de compromiso, de apuesta, de construcción, no es algo que «cae del cielo» tal cual. La primera aparición de la persona en nuestra vida sí puede tener ese carácter sorpresivo que incluso podemos reconocer como don de Dios, pero eso no significa que el éxito de la relación se deba a solo a este reconocimiento. En este sentido, quizá tenemos una comprensión demasiado estática de lo que es una relación.

Con todo, estoy de acuerdo con esa idea de que somos seres necesitados y nos falta una pieza, pero esa pieza no es (o no solo) una pareja. Somos seres necesitados porque no somos islas, no nos realizamos de manera independiente: estamos hechos para salir de nosotros y dejar entrar a otros en nuestra vida. Esa pieza que nos falta es el amor, y el amor tiene muchos cauces para llegar a nosotros y muchos lugares hacia los que ir desde nosotros. Para muchos, un cauce muy importante es una pareja con la que construye una vida conjunta, pero no es el único, ni todo el mundo lo tiene (sin que, por ello, deje de tener cauces de amor en su vida). Me parece que prueba de ello es que la vida tiene sentido para quien no tiene esa persona y también para quien la ha tenido y la pierde. Otra cosa es que, en algunos casos, buscar de nuevo ese sentido sea una tarea difícil.

Si me permitís ponerme teológica, pienso que esa pieza en realidad es Dios, porque Dios es amor, y ese deseo infinito que tenemos en nosotros, esa sensación de que no nos bastamos a nosotros mismos, de que nos «falta» algo… es signo de que estamos hechos para el infinito y nosotros no podemos fabricarlo. Es él quien viene a nosotros. Y, como decíamos, tiene muchos cauces.

Poder elegir no es ser libre

Hace tres semanas escribí una entrada sobre la libertad en la que defendía que no estamos predestinados, sino que siempre somos libres en cierta manera: no de elegir todo lo que nos viene en la vida, pero sí al menos qué hacemos con ello. Sin embargo, no acaba aquí toda la problemática de la libertad, como me hicieron ver de distintas maneras varias personas: ¿no nos sucede a veces que nos afectan sucesos o personas hasta tal punto que esclavizan nuestra libertad? ¿No somos esclavos cuando no somos conscientes de que obramos guiados por factores que no somos nosotros mismos? En efecto. Y, sin embargo, sigo manteniendo que somos libres.

A mí me ayuda mucho en este tema distinguir la libertad del libre albedrío. Al decir en la entrada anterior que somos libres, me refería a que siempre tenemos libre albedrío, es decir, capacidad de decidir (excepto en situaciones límite; por ejemplo, con determinado tipo de drogas que anulan la voluntad). Siempre podemos elegir cómo construir nuestra vida con lo que nos viene dado y lo que creativamente hagamos o consigamos nosotros. Incluso cuando nuestra libertad es muy esclava (de los demás, de la publicidad, de una adicción… de lo que sea) creo que siempre queda un pequeño margen de libre albedrío, de capacidad de cambio. Cuando la dependencia es demasiado grande necesitaremos ayuda ajena para liberarnos de ella, pero en último término los que debemos querer cambiar somos nosotros, y creo que siempre es posible esa decisión. Al menos, la decisión de dejarse ayudar.

Ahora bien, la libertad en sentido pleno no es poder elegir una cosa u otra, sino el tomar opciones de vida y decisiones que nos construyen verdaderamente como personas, que nos dan sentido, que no nos hacen daño a nosotros ni a los demás, sino que están encaminadas a nuestro bien y el bien ajeno. El verdadero bien nunca esclaviza, sino que libera. El problema es que solemos pensar bien de cosas que son malas, y mal de cosas que son buenas. Por eso alcanzar una verdadera libertad es un proceso difícil que exige tomar conciencia de nuestras motivaciones, deseos, heridas, creencias, etc. (que muchas veces están ocultas) y aprender a elegir sin dejarnos esclavizar.

Es decir, el libre albedrío es “poder” tomar una decisión u otra, mientras que la libertad es “decidir” aquello que brota de la raíz de nuestro ser y que construye de manera positiva nuestra vida. Cuando no hacemos esto, sino que nos dejamos llevar por otras cosas que parecen otorgarnos más placer, pero que no nos construyen y hasta nos dañan, nuestra libertad se va deteriorando. Seguimos teniendo albedrío, porque siempre podemos elegir cambiar de vida, pero nuestra libertad es cada vez más débil porque nos hemos ido separando de lo que era bueno para nosotros.

Surge entonces una pregunta: “alguien con su plena libertad es culpable de elegir el mal, pero ¿lo es alguien que tiene una libertad tan esclava que le es muy difícil liberarse de lo que lo ata?” Mi respuesta es que sí. Os intentaré explicar por qué.

Me ayudó mucho a entenderlo un artículo de Ratzinger titulado “Conciencia y verdad”. Él se preguntaba si alguien como Hitler era culpable de obrar como lo hizo, si estaba tan convencido de que lo que hacía estaba bien que estaba siendo fiel a su conciencia. Ratzinger decía que la culpa no estaba en este momento en que elegía conforme a su conciencia, sino muy atrás: cuando dejó de escuchar la voz de su conciencia, cuando empezó a tergiversar la verdad que intuía (en este caso, que está mal denigrar y matar a las personas como lo hizo) hasta tal punto que ya no distinguía lo que estaba bien de lo que estaba mal.

El ejemplo concreto de Hitler sería discutible, porque es difícil creer que pensara de verdad que aquello estaba bien (de hecho, ¿es posible estar tan engañado? ¿No queda siempre una vocecita interior que nos advierte contra ello, pero no queremos oír?). No obstante, creo que sirve para ilustrar nuestro problema: nosotros somos responsables de nuestra vida, y cuanto más dañamos nuestra capacidad de decidir lo mejor para nosotros y para el prójimo, más difícil nos es elegir lo correcto, ser plenamente libres. Aunque rara vez es solo nuestra culpa, porque siempre hay muchos condicionantes en la vida, el rumbo que queramos para nuestra vida sí es cosa nuestra. Nadie puede decidirlo por nosotros. Quizá necesitemos más ayuda si nuestra libertad está débil, pero nadie puede suplantarla, y siempre nos queda la decisión (libre albedrío) de querer cambiar de rumbo.

Me diréis que he relacionado demasiado la libertad con el bien. Sí, creo que el bien nos hace libres y el mal nos esclaviza. Elegir el mal es ejercer mal el libre albedrío, no es ser verdaderamente libres. Elegir el bien tampoco es tomar una opción monolítica, porque el bien se encarna en las circunstancias concretas de cada uno y podemos ser libres tomando diferentes opciones de vida, todas ellas buenas. Lo que digo es que, en mi opinión, cuando elegimos el mal nos hacemos daño y nos “restamos” libertad, porque el mal esclaviza. Solo lo bueno (en su diversidad) puede hacernos libres de verdad.

Quedan abiertas muchas preguntas, como qué son el bien y el mal. Así tenemos algo que rumiar estos días. 😉

I.E. #3: ¿Tienen sentido la oración de petición y la de intercesión?

Alguien me trasladó una inquietud que yo he tenido también durante mucho tiempo: si Dios es bueno infinitamente, lo lógico es que su bondad no “necesite” que le pidamos para darnos; él se nos está dando siempre. Entonces, ¿tiene sentido rezar y hacerle peticiones para nosotros o para los demás? ¿Es cristiano pedir e interceder por otros, o por el contrario equivaldría a tener una fe utilitarista que pretendería obtener favores de Dios?

Cuando empecé a estudiar teología yo me hacía esa misma pregunta. La verdad es que no veía del todo qué sentido podía tener la oración de petición. Racionalmente no lo entendía, porque Dios es amor y yo tenía la convicción de que Dios siempre nos da todo lo que puede darnos; si no recibimos más es por nuestra incapacidad para acogerlo o por la libertad ajena, que trunca ese don (por ejemplo, Dios nos da la vida; si la perdemos a manos de alguien no es porque Dios quiera, sino porque alguien ha utilizado mal su libertad).

A pesar de esta reticencia intelectual, llegué a la comprensión del sentido de la petición (o más bien a encaminar un posible sentido) a través de mi experiencia personal de oración. Yo era consciente de que elegía relacionarme con Dios libre y gratuitamente y que no quería “utilizarlo” para cumplir mis deseos; pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que lo necesitaba a él para no desviar ni pervertir esos deseos, sino encauzarlos para el bien de los demás y el mío.

Me ayudó mucho esta frase de san Juan: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). Entendí que no se trata de pedir “al tuntún”, sino de desear hacer la voluntad de Dios (que es lo que desea quien “permanece” en él). Esta cita de Santiago ayuda a entenderlo mejor: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). ¿De qué se trata, entonces? De no pedir de manera egoísta ni pedir lo que no sirve para construir el Reino de Dios, sino pedir a Dios que nos ayude a liberarnos de lo que nos ata y nos dé la fuerza para hacer el bien.

Con todo, yo me seguía preguntando: “Si Dios ya nos está dando esa fuerza, porque es bueno y quiere encaminarnos al bien… ¿para qué pedírsela?” Este texto es bastante iluminador:

“¿Qué tipo de oración es más adecuado para nuestra relación con Dios? ¿La oración en la que agradecemos, la oración en la que rogamos, la oración de intercesión, o la de confesión o de alabanza? […] La oración del Espíritu es la elevación a Dios en el poder de Dios e incluye todas las formas de oración” (Paul Tillich, The New Being, Londres 1964, p. 138, traducción mía).

De lo que se trata, en definitiva, es de que nuestra oración nos haga elevarnos a Dios, es decir, ponernos en sus manos y dejarle que nos transforme y nos lance al mundo. Es reconocernos pequeños y dejar a Dios obrar en nosotros. Todos los tipos de oración deben llevarnos a estrechar nuestra relación con Dios, a dejarle obrar en nuestra vida. Unos días será a través del agradecimiento por todo lo que ha obrado en nosotros; otros, a través de nuestras lágrimas por el dolor que sufrimos ante determinada situación; otras veces será pidiéndole perdón por haber hecho daño a alguien; y otras veces será reconociendo que no lo podemos todo y que lo necesitamos a él.

Este último es el sentido de la oración de petición: no pedir cosas a Dios como quien hace la lista para los Reyes Magos, sino poner en sus manos todo aquello a lo que no llegamos, con la confianza de que nos ayudará con ello (aunque no siempre como ni cuando esperamos). Para que Dios nos sostenga no hace falta pedir, pero para acoger ese don de Dios es necesario reconocer que lo necesitamos. Pedir es ese reconocimiento. Ese es el sentido que yo veo a la oración de petición.

La oración de intercesión está muy relacionada. A mi modo de ver, no se trata de pedir cosas concretas para los demás, sino de ponerlos en manos de Dios. Dios no “necesita” que pidamos por los demás, lo necesitamos nosotros. Al hacerlo, los introducimos en nuestra relación con Dios, de manera que no es algo intimista entre nosotros y él, sino una relación abierta donde los demás no solo caben, sino que son especialmente importantes.

En mi grupo de la parroquia siempre nos encomendamos a las oraciones de los demás cuando estamos atravesando un momento de dificultad o cuando alguien a quien conocemos lo están pasando mal. Sabemos que Dios va a querer y cuidar a esa persona aunque no pidamos por ella, pero rezar todos unos por otros nos hace más generosos espiritualmente; nos une por lazos misteriosos, pero reales; nos consuela, porque sabemos que estamos en el corazón y en la oración de los demás, y nos ayuda a comprometernos más activamente con ellos, porque los tenemos asiduamente presentes en la oración.

Así que, aunque racionalmente cueste entender por qué pedir, existencialmente es posible encontrar un sentido, siempre y cuando pidamos correctamente: no de forma egoísta, sino poniéndonos en manos de Dios y teniendo presentes a nuestros hermanos en la oración. Os garantizo que eso transforma nuestra vida y la vida ajena, aunque a veces no nos demos cuenta.

Quisiera agradecer especialmente a mi grupo de referencia que me haya ayudado a profundizar en el sentido de la intercesión y que me brinde el consuelo de saber que estoy en su oración como ellos en la mía. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado murió una tía mía y para mí fue un gran consuelo saber que mis hermanos de comunidad rezaban por ella, por la familia y por mí. Su oración no quita el dolor de la pérdida, pero me hace saberme acompañada en ella.

Cómo me estoy cuidando: Ejercicios Espirituales en la vida diaria

Después de la entrada de hace dos semanas sobre lo importante que es cuidarnos siempre y en todas las dimensiones de nuestra vida, un amigo me dijo que le gustaría que escribiese un poco más sobre ello. En concreto, me preguntó cómo podemos cuidar más la dimensión espiritual en el día a día, sin esperar a «urgencias». Estos días lo he estado pensando y la verdad es que me resultaba difícil contestar a esa pregunta. Entonces me planteé: ¿por qué? ¿Por qué sé que es importante cuidarse e intento hacerlo, pero luego no sé explicar bien cómo?

Hace poco me vino la inspiración y se me ocurrió una primera respuesta: porque cada uno necesitamos cuidarnos de una manera distinta. No lo digo para salirme por la tangente (¡de verdad!), sino que realmente creo que es así. Hay personas más inclinadas a la pereza, a la pasividad, que quizá necesitan crecer en el compromiso activo y responsabilizarse de ciertos ámbitos de su vida que tienen más descuidados. Hay otras personas (entre las que me incluyo) que tendemos a la aceleración y el agobio, y necesitamos aprender a frenar y tomarnos la vida con más calma. Hay personas a las que les preocupa demasiado todo y necesitan aprender una cierta y sana indiferencia, y personas tan indiferentes que lo que necesitan es que los demás les importen un poco más. ¿Cómo dar una receta válida para todos, si cada uno necesitamos algo distinto?

Después de pensar esto, se me ocurrió que todos, independientemente de nuestras diversas necesidades, debemos empezar por lo mismo: ser conscientes de que necesitamos cuidarnos, abrir espacios y tiempos en nuestra vida para ello y elegir medios que nos ayuden a hacerlo. Para contestar a mi amigo con algo más que una generalidad, he decidido compartir cómo me estoy cuidando yo este año en el ámbito espiritual (me ciño a este, pero lo mismo habría que plantearse en el psicológico, el físico, etc.). Así le doy una respuesta más concreta, más encarnada, pero sin pretender que es una respuesta válida sin más para todos.

Como algunos sabéis, para cuidarme espiritualmente siempre me ha ayudado mucho rezar. Cuando estoy rezando con calma, en silencio y centrada solo en eso, Dios me ayuda a sosegarme, ver las cosas con perspectiva e ir transformando mi forma de entender la vida y relacionarme con todo lo que me rodea. No suelo recibir «recetas» para solucionar cada situación, sino más bien un crecimiento interior y una experiencia de estar en las manos de Dios que me ayudan a vivir de otra manera.

Pues bien, este año decidí dar un espacio mayor y más constante a la oración a través de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Él pensó estos Ejercicios para un mes entero en el que la persona se dedicaba solo a ellos, pero los jesuitas han diseñado una nueva forma de llevarlos a cabo en la vida diaria que facilita la experiencia a la gente que no puede dedicar todo un mes seguido. Durante aproximadamente un año, cada día te comprometes a rezar una hora, revisar después la oración, revisar el día antes de acostarte e ir a misa (esto último solo si puedes y quieres).

Los Ejercicios son una mediación muy bonita y completa porque aúnan a su vez otras mediaciones. En primer lugar, el acompañamiento interpersonal. Hay una persona que me acompaña los ejercicios. Nos vemos una vez a la semana: yo le cuento cómo me ha ido la semana y él me propone el tema para la semana siguiente, dándome algunas pautas que me pueden guiar en la oración.

En segundo lugar, la experiencia de otros que han vivido antes de nosotros. San Ignacio, basado en su experiencia y lo que conocía de otros, propone temas para rezar, modos de oración y reglas de discernimiento, que son orientaciones para entender tu mundo interno, aprender a detectar de dónde te viene cada sentimiento y cada idea, cómo integrarlo en tu vida, a qué te sientes llamada, etc.

En tercer lugar, la Biblia: todos los ejercicios incluyen lecturas bíblicas que te ayudan a meditar, a dejarte provocar y abrir a lo novedoso, a detectar qué partes de tu vida necesitan más luz, etc.

En cuarto lugar, la vida de la Iglesia, en concreto la eucaristía. No es obligatorio ir a misa para hacer los Ejercicios, pero a mí me está ayudando intentar acudir todos los días a ella, porque inicio el día centrada en mi dimensión espiritual y poniéndolo todo en manos de Dios.

Los Ejercicios te ayudan también a iluminar el resto de dimensiones de tu vida: lo psicológico aflora, porque estás en contacto permanente con tu mundo interior; lo social también, porque traes a la oración todas las personas que te importan y los problemas que tienes con ellas y quieres resolver o aprender a vivir; lo emocional siempre, porque san Ignacio insiste mucho en que te fijes en qué sentimientos experimentas en cada oración; incluso lo físico, porque los Ejercicios requieren un orden vital que te permita mantener el compromiso (con el consiguiente descanso, entre otras cosas) y una observación de cómo estás en cada momento que hace que te sea más fácil detectar cómo te encuentras, también físicamente.

Además, me siento unida a la gente que me importa porque cada día, además de tener presente a toda mi gente, rezo especialmente por una persona. El nombre de esa persona me acompaña desde el principio del día, en la misa, en la oración, a lo largo del día y finalmente en la revisión del día antes de acostarme. Es una forma de que los demás también estén presentes en mi relación con Dios.

Me diréis, «¿por qué hacer todo esto equivale a cuidarte?» Con la siguiente anécdota creo que se verá con claridad. Cuando empecé el curso, tuve la tentación de agobiarme con todos los frentes distintos a los que tenía que atender: nuevas tareas en el trabajo; llevar al día los estudios; nuevas iniciativas que me surgían en el ámbito eclesial; ponerme al día con mis amigos y familia después del verano; las tareas de la casa, etc.

Además, se me empezaron a estropear las cosas: el ordenador de casa no me iba bien, tardaron un montón en recogérmelo y traérmelo, y cuando vino seguía sin funcionar del todo bien; con los ordenadores de la oficina pasó algo parecido y hubo que ponerlos a punto; el móvil empezó a fallarme para leer el correo, por lo que hubo unos días en los que no sabía bien dónde contestar los e-mails ya que todas las máquinas a mi alrededor se estropeaban; el metro y el tren se averiaron varios días seguidos, causando la consiguiente carrera matutina para no llegar tarde; y para colmo otro día se me rompió una sandalia cuando estaba yendo a la Universidad y tuve que volver a casa a cambiarme.

No eran cosas graves, ni mucho menos, pero sumadas a las preocupaciones habituales, al inicio de una nueva rutina en la que te tienes que situar y los problemas que cada uno tenemos y siempre llevamos con nosotros (me refiero a las cosas que sí son más graves o importantes, tanto nuestras como de gente que nos importa), hubo un momento en el que empecé a agobiarme.

¿Sabéis lo que funcionó? Los Ejercicios. Paradójicamente, lo que mejor me cuidó (y me sigue cuidando) fue ese aparente «no hacer nada». Cuando me acelero, la oración me frena. Cuando me empiezo a hacer daño a mí misma y culparme demasiado por tonterías, Dios me hace ver que eso no me hace bien y me devuelve la confianza en mí misma. Cuando las cosas no salen bien con los demás, me enseña a esperar, tener paciencia y encauzar las situaciones de la mejor manera posible, paso a paso. Cuando he pasado algo importante por alto o no he tratado bien a alguien, me ayuda a verlo. Y un largo etcétera.

¿Qué necesitas para cuidarte y cómo hacerlo? Yo no lo sé, cada uno somos un mundo… solo sé que yo sí necesito ese espacio y ese tiempo de parar, ponerme en manos de Dios y estar dispuesta a profundizar en toda mi persona. Hasta el punto de que todos mis agobios y frustraciones se ponen en un segundo lugar cuando simplemente estoy ante el amor de Dios y confiada a él.

Pienso que los Ejercicios pueden ayudar a mucha más gente, igual que a mí, porque están pensados de tal manera que a cada uno lo ayudan desde donde está y hacia donde más necesita. Pero si no es el momento de hacerlos, seguro que hay otros medios por los que te puedes cuidar espiritualmente. Como digo siempre: lo primero es querer hacerlo. Después, poner los medios. Si de verdad quieres cuidarte, busca el modo. Si necesitas ayuda para ello, pídela. Y, sobre todo, ¡no pongas excusas para no hacerlo!

[Dedicado a Luis… por preguntar, je, je.]