«This is us»

He empezado a ver una serie titulada (como os habréis imaginado) «This is us» [tranquilos, en la entrada no hay «spoilers»]. Hay muchas series o películas que te entretienen y creo que bastantes te pueden dar que pensar (si no te quedas en lo anecdótico y vas más allá), pero no siempre es fácil dar con una que realmente te conmueva. Y esta lo hace, al menos a mí; y eso que llevo pocos capítulos.

La serie trata sobre la vida de una familia que se nos va contando a través de continuos saltos en el tiempo. Según ves cómo se desarrolla la acción y cómo se van perfilando los personajes, te das cuenta de algo que parece un poco paradójico: no tienes la impresión de estar viendo los típicos «clichés» (ni cinematográficos, ni en general), pero al mismo tiempo lo que ves entronca con muchas cosas que has vivido tú u otra gente cercana.

A raíz de esto me he estado acordando de algo que nos dijo un profesor en clase hace unos años: que un clásico es una obra que nunca pasa porque ha conseguido tocar una de nuestras fibras más humanas, es decir, porque trata sobre algo, en cierto modo, universal. También añadió que para llegar a eso tan universal no hay que seguir el camino de la abstracción, sino todo lo contrario: el de la concreción. Porque cuando mejor vemos una historia en su irrepetibilidad, en su unicidad, más capacidad tiene de llegarnos y de hacernos conectar con nuestras propias experiencias.

Esto es justamente lo que me ha ocurrido a mí con esta serie. No estoy diciendo que sea un clásico (además, es pronto para decirlo), pero sí comparte con ellos esa característica de llevarnos a nuestra propia vida a través de la vida de otros. Cuando esa vida es narrada con autenticidad, con profundidad, en toda su complejidad (sin soluciones facilonas, sin dicotomías radicales entre buenos y malos, etc.), es cuando le damos carta de ciudadanía para interpelarnos. Eso es lo que diferencia una buena película o serie de las típicas «de domingo por la tarde», que nos entretienen, pero que sabemos cómo van a acabar desde la primera secuencia. «This is us» es tan imprevisible como cualquier ser humano… porque es muy humana.

Y con esta reflexión y recomendación (por si no habíais leído entre líneas: os recomiendo que la veáis), me despido hasta después del verano, pues los avatares de los siguientes dos meses y medio no me van a permitir seguir el ritmo semanal de publicaciones. Salvo alguna posible excepción… ¡nos vemos en «la vuelta al cole»!

[Agradecimientos a Ianire por animarme a ver la serie ;)]

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Relativizar… lo justo, pero también lo necesario

El otro día tuve una conversación muy interesante con dos amigas. Quizá el que fuese un día lluvioso nos puso especialmente filosóficas, porque acabamos hablando de todo lo habido y por haber. En un momento de la conversación las tres compartimos una conclusión a la que cada una había llegado por su cuenta: la importancia de aprender a relativizar ciertas cosas en la vida.

No nos referíamos a que no haya que tomar la vida en serio, ni mucho menos. Las tres somos, además, bastante responsables. Trajimos ese tema a colación al pensar en las decisiones que tomamos en el pasado: cómo hubo ciertos momentos en que creímos que nos jugábamos todo en una decisión y lo vivíamos como si fuera la decisión definitiva de nuestra vida. Lo aplicamos sobre todo a nuestros estudios y carrera profesional. En su momento parecía que no podíamos fallar en la elección del grado que estudiaríamos, en el posterior máster, en qué haríamos a continuación o cómo enfocaríamos nuestra búsqueda de trabajo… a veces vivimos ese tipo de decisiones como si no hubiera vuelta atrás.

Las tres nos reíamos al ver que poco a poco la vida se va asentando y que cada una va encontrando su camino. Coincidíamos en que no todo el mundo lo encuentra al mismo tiempo y que a veces tomamos ese tipo de decisiones como buenamente podemos, aunque no tengamos siempre las cosas claras. A veces sabemos adónde queremos ir antes de partir, pero otras veces encontramos el camino según vamos caminando. No hay recetas para nada ni para nadie.

Esta conversación me dejó pensativa los días siguientes. Es cierto que la palabra «relativizar» no puede aplicarse sin más a cualquier situación. Yo pienso que no hay que relativizar las cosas importantes en la vida. No obstante, me parece que sí hay que aprender a relativizar lo que no es tan importante, porque ayuda a diferenciar lo que sí lo es. Creo que a esto nos referíamos mis amigas y yo el otro día: no se trata de que buscar tu propio camino (tanto en lo personal como en lo profesional) no sea importante, al contrario: lo es, y mucho; el problema está en confundir esa búsqueda con un momento puntual de la misma, como si absolutamente todo se jugara en ese momento, más aún, como si, aunque fallaras en ese momento, luego no hubiera posibilidad de reconducir tu camino.

A veces estamos tan imbuidos del deseo de éxito, de la necesidad de la eficiencia y de demostrar lo que valemos que no nos permitimos cometer ningún fallo por el camino. Y, paradójicamente, a veces esta forma de razonar nos lleva a lo contrario de lo que perseguíamos: como no nos permitimos fallar, no nos atrevemos a elegir, por miedo a hacerlo mal. Relativizar es necesario para desatascarnos, continuar caminando de la mejor manera posible y cuando nos encontremos con un bache o un rumbo errado, recomponernos y buscar el rumbo adecuado. En este caso relativizar lo secundario (el fallo o la pérdida de dirección) nos puede ayudar a ver con más claridad lo principal: nuestra capacidad de rehacer nuestra vida y encaminarla hacia la mejor versión de nosotros mismos.

[Dedicado a mis amigas, por su inspiración y sobre todo por poder compartir con ellas todo lo que me importa y preocupa.]

«Líbranos del elitismo»

Cada vez constato más lo mucho que nos atrae a todos el elitismo. Lo paradójico es que, hasta aquellos que se meten con el elitismo de otros, acaban presos de su propio elitismo. Es una tentación que tenemos todos desde que el mundo es mundo.

Quizá os parezca que es un poco exagerado decir que todos somos elitistas a nuestra manera. Igual es porque pensamos en la «élite» como un grupo de personas famosas, exitosas o poderosas, o al menos como un grupo que, de alguna manera, está socialmente «por encima» de los demás. Pero yo pregunto: ¿qué es estar «por encima»? ¿Acaso puede decirse que hay quien está por encima de otro? He aquí el secreto del elitismo: no se trata de un «por encima» determinado, sino de cualquiera de ellos. En cuanto alguien se cree por encima de las demás personas, ya está formando su propia élite.

Quien se siente superior por defender los derechos sociales es tan elitista como quien se siente superior por tener dinero. Entendedme: no estoy haciendo un juicio moral, sino espiritual. Es decir, no se trata de cuál de esas dos cuestiones es más lícita (buscar tener más dinero o buscar el bien social, en este ejemplo), sino de que en ambas subyace el mismo mecanismo espiritual: mirar por encima del hombro a quien no responde a lo que uno ha marcado como requisito para entrar en su élite.

El problema del elitismo, por tanto, no es tanto qué hacemos, sino cómo lo hacemos, pero de manera que en ese «cómo» nos jugamos el «qué». Cuando una persona considera a otra inferior en dignidad, ya ha perdido la razón, por muy valiosa que fuera su causa. Una cosa es hacer un juicio objetivo sobre las acciones o actitudes de las personas y otra muy distinta es considerarlas inferiores en dignidad. Constituirse en élite y juzgar a los que están fuera de ella como inferiores va por la segunda línea. El problema es que muchas veces no somos capaces de distinguir bien entre ambas cosas y olvidamos que juzgar un acto malo no implica juzgar a la persona que lo ha hecho como no válida, porque todos somos válidos y todos somos dignos. En cuanto olvidamos esto, somos capaces de lo más horrible… y debemos tener cuidado, porque se empieza por algo sencillo y se acaba por una atrocidad.

Por eso deberíamos pedir a Dios, además de «líbranos del mal», «líbranos del elitismo»: líbranos de considerarnos superiores a nadie.

[Dedicado a Rober porque es su cumpleaños y por tratarse de un tema que nos preocupa a ambos.]

Quien busca encuentra

Estos días estoy haciendo el ejercicio de leer mis diarios filosóficos y espirituales y algunos otros escritos míos que conservo de hace algunos años. Hoy he terminado de leer el primer diario que escribí al empezar la carrera de Filosofía; un cuaderno que me duró desde primero hasta la mitad de tercero. Al principio anotaba todo en el mismo diario: pensamientos, intuiciones filosóficas, sentimientos, argumentos filosóficos y teológicos inacabados, situaciones que me habían pasado y quería aprender a vivir, frustraciones de todo tipo, especialmente de fe… en fin, “de todo”, literalmente. Lo mismo te encontrabas un párrafo donde decía “si el universo es finito y en continua expansión… si saco un brazo por el borde del universo, ¡estaría creando universo!” y a renglón seguido una confesión íntima de lo frustrante que resultaba no conseguir “sentir” a Dios. No es raro que el cuaderno se llamara “Miscelánea de pensamientos”.

En la entrada de hoy quería compartir con vosotros un aprendizaje que estoy sacando de esta lectura: que “quien busca, encuentra”. Cuando no se re-visita la historia, es fácil quedarse con el estadio final y olvidar lo que ha sido el proceso. Es fácil ver que ahora tengo una vida espiritual activa o que tengo mis creencias (al menos las fundamentales) bastante asentadas, pero… ¿fue siempre así? Evidentemente, no. El diario que os comentaba no refleja nada de eso. Sí, se ven ciertas líneas que conectan con el presente, porque al fin y al cabo sigo siendo la misma persona. Se ven intereses, modos de pensar, de ser, de plantearse las cosas… que no han cambiado. Pero otras, en especial la fe y cómo me entendía a mí misma, han cambiado bastante. Y no fue porque un día me viniera la iluminación. Ha sido un camino en el que he tenido que seguir buscando y “ponerme a tiro” para dejarme encontrar. Cuando leo página tras página esa sensación de que mi fe era toda racional, de que no acababa de dar el salto a entender cómo es la relación con Dios y a vivirla plenamente; cuando leo sobre mis propias frustraciones… me doy cuenta de que ha sido un proceso de búsqueda, gracias al cual poco a poco fui encontrando respuestas y encontrándome a mí misma.

Con esta reflexión no quiero decir que todo el mundo lo tenga que vivir como yo, ni mucho menos. Pero leer sobre esos largos períodos de crisis y sequía espiritual, en los cuales se fue gestando lo que luego sería un crecimiento a varios niveles, me ha ayudado a ver la importancia de mantenernos buscando y perseverando en la búsqueda y a entender que para ciertas cosas necesitamos procesos. Hay gente que me dice que querría tener fe, pero no puede. La pregunta es: ¿quiere de verdad? ¿Lo busca de verdad, manteniéndose en esa búsqueda? Por supuesto, puede haber quien de verdad lo haga, y por lo que sea no haya encontrado… aún. Lo que planteo es que, en un mundo en el que conseguimos todo tocando un botón, quizá nos hemos malacostumbrado y creemos que querer tener fe y encontrarla es lo mismo: pulsar un botón y que llegue. Y no solo nos pasa con la fe, nos pasa con todo en la vida. A las cosas del espíritu no se accede por un botón.

La lección que saco hoy de mi propia vida, de mis propios escritos, es que las cosas importantes se van cocinando a fuego lento, y no hay que dejar de avanzar. Los tiempos son mucho más lentos cuando se refiere a nuestro ser, a nuestro espíritu, a lo que nos importa, a lo que deseamos verdaderamente… Creo que escribir ayuda a fijar cada etapa del proceso y releer ayuda a no olvidar que eso es lo que fue y es: un proceso. Sea como sea, estoy convencida de que quien de verdad quiere encontrar a Dios y lo busca (con honestidad), lo acaba encontrando. Lo dice el propio evangelio: “buscad, y hallaréis”. No dice que sea inmediatamente; pero estoy convencida que Dios quiere ser encontrado. Por tanto, la búsqueda no puede caer eternamente en saco roto, o eso creo…

Te animo a que, si buscas a Dios, no te rindas. No siempre es fácil, pero merece la pena. Al menos a mí me la ha merecido.

El combate espiritual

Ayer, en una serie de abogados que estoy viendo, un personaje le decía a otro que para cambiar el mundo lo que tenía que hacer es cambiarse a sí mismo y que, cuando lo consiguiera, ya había aportado su parte para cambiar el mundo. El otro no acababa de creérselo y seguía empeñado en que tenía que hacer un montón de cosas. No se daba cuenta de que la raíz de todas ellas se juega en nuestro ser. Si no se transforma nuestro ser, lo que hagamos tiene siempre la amenaza de corromperse.

Para el cristianismo, no somos nosotros los que nos cambiamos a nosotros mismos, sino que nos transforma Dios. Sin embargo, esto no es pasivo, porque requiere que nos pongamos en su presencia, sepamos reconocer que nos ama independientemente de nuestros méritos y nos dejemos transformar poco a poco por él. Parece todo muy pasivo, ¿verdad? Y sin embargo es lo que cuesta más trabajo.

De hecho, cuesta tanto, que nuestra tradición siempre ha hablado de ello como un verdadero combate espiritual. Combatimos contra todo aquello que nos hace dudar de que valemos la pena; contra todo lo que nos sumerge en la inseguridad; contra todo lo que nos mete en la espiral del merecimiento y del frenesí de hacer mil cosas para poder merecer el amor; contra lo que nos hace dudar de que podamos ofrecer algo valioso al mundo, de que tengamos una verdadera vocación; pero también contra aquello que nos vuelve conformistas, perezosos y pesimistas; contra lo que nos cierra en nuestras cosas y nos impide abrirnos a los demás y a Dios…

Bajo la apariencia de realidades muy diversas, lo que se juega siempre es lo mismo: dónde ponemos nuestro valor. ¿En lo que hacemos? ¿En lo que merecemos? ¿En lo que los demás piensan que hacemos o merecemos? ¿En lo que creemos que se espera de nosotros? Todo esto no hace más que llamar a nuestra puerta día sí y día también. Ser capaz de vivir espiritualmente a pesar de todo ello no es fácil y por eso es un verdadero combate.

Vivir espiritualmente es vivir habiendo reconocido que valemos porque somos seres humanos y no dejamos de valer incluso cuando hemos hecho grandes atrocidades (no porque dé igual lo que hayamos hecho, sino porque siempre podemos sanar y restaurar nuestro ser); es vivir siempre conscientes de nuestra verdad, es decir, humildemente: sin infravaloraciones, pero sin orgullo, conociendo nuestra pobreza y nuestros dones; es vivir siempre abiertos: abiertos a los demás, a Dios, a nuestro interior, al mundo que nos rodea… abiertos no como queriendo dar respuesta a todo el aluvión de estímulos que nos llega día a día, sino queriendo buscar honestamente nuestro lugar y misión en el mundo.

Todo esto no es tan fácil… de hecho, es lo más difícil. Es más fácil sentirte héroe por haber hecho algo bien que reconocer humildemente que no eres el salvador del mundo. Es más fácil querer cambiar muchas cosas en lo exterior y lo que te rodea que estar dispuesto a asomarte de verdad a ti mismo, encontrarte lo que hay, lo que eres, y estar dispuesto a dejarte transformar. También es más fácil estar “semi-abierto” que abierto del todo: escuchar a los otros, pero no dejarte realmente transformar por lo que te viene de ellos; dejarte cuestionar de verdad no es fácil.

Por eso decía que es un combate espiritual. Y por eso para los cristianos es un combate que no puedes librar solo. Como cristiana, librar mi combate consiste, en primer lugar, en ponerme ante Dios y no dejar de hacerlo. En segundo lugar, ponerme no de cualquier manera, sino con apertura, honestidad y deseo de ser transformada. En tercer lugar, con la entrega confiada de que, sea cual sea la transformación, será para mi bien, si es Dios quien la hace en mí. Debemos creernos el “ciento por uno”, porque su paradoja no quita su verdad. Cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar, lo que surge de la transformación es mucho mayor que lo que podíamos perseguir con nuestras propias fuerzas.

Muchas veces mis fuerzas flaquean y no combato como debería. Ese simple “ponerse a tiro” cuesta… pero creo que es el combate más bonito que podemos librar en nuestras vidas, y os animo a que, aunque a veces tiremos la toalla, estemos siempre dispuestos a luchar en el siguiente asalto. Os aseguro que, con perseverancia y la ayuda de Dios, obtendremos la victoria, que no es otra que nuestro ser renovado y todo lo que de él surge para nuestro bien y el de los demás.

¿Luchamos?

¿Accidente o milagro?

Hace un poco más de una semana tuve un accidente de coche. Íbamos de camino al pueblo y, en un tramo de autovía muy sencillo (pues era recto, sin otros coches cerca y sin nada que se nos cruzara por el camino) una de las ruedas se debió pinchar, la llanta empezó a golpear en el suelo y las ruedas no respondían al volante. Nos salimos de la carretera, el coche avanzó subiendo por un terraplén, la tierra lo fue frenando y cayó dando una vuelta sobre sí mismo. Cuando todo terminó, el coche estaba destrozado, pero todos nosotros estábamos perfectamente: ni un arañazo, ni un corte, ni una lesión… como mucho algo de dolor muscular al día siguiente, pero muy leve. Pudimos salir del coche perfectamente; además se habían parado otros dos coches y la gente vino enseguida a ayudarnos.

Cuando llegó la Guardia civil, nos dijo que habíamos tenido mucha suerte, porque todo había sucedido del modo exacto para que no nos pasara nada. En el recorrido del coche al salirse, habíamos pasado por debajo de un puente, y gracias a que el coche no subió demasiado, no nos dimos un gran golpe, sino que al salir a la parte de campo la tierra nos fue frenando y la vuelta que dimos no fue tan fuerte.

Curiosamente, hacía unos días yo había estado releyendo un capítulo de un libro de cristología sobre los milagros. Como comprenderéis, cuando te sucede algo así y has estado pensando sobre ese tema, no puedes dejar de preguntarte si lo que te ha sucedido ha sido verdaderamente eso: un milagro…

La propia noche del accidente yo viví lo que me pasó como un milagro, en el sentido de que tenía la confianza de que Dios estaba conmigo. Cuando el coche se salió, no sé por qué, no me puse nerviosa ni grité, sino que me abandoné: al fin y al cabo, no había nada que pudiera hacer y ponerme de los nervios no iba a ayudar. Aunque suene muy lógica, esa reacción me sorprendió a mí misma; lo normal no hubiera sido reaccionar con lógica, sino haberme puesto nerviosa. Estaba descolocada, sin saber qué pasaba, y cuando entendí lo que estaba pasando como que corté todo razonamiento y me dejé llevar. Justo cuando el coche se golpeó en el techo y apareció en mí la sombra de lo que podía pasar, el coche se quedó quieto, de pie, y todos los que íbamos dentro intactos.

Durante el trajín de las personas que vinieron a ayudarnos recuerdo que yo observaba el cielo con bastante tranquilidad y me preguntaba cuál sería el significado de lo que me acababa de ocurrir. Cuando pasan estas cosas, a otra gente le da por pensar en lo frágil que es la vida, en lo importante que es valorarla y vivirla con profundidad porque puede acabar en cualquier momento, en lo poco importantes que son las cosas materiales (como el coche, en este caso) al lado de haber conservado la vida, etc. Sin embargo, y aunque también reparé en ello, para mí no fue el tema principal, quizá porque la fragilidad, la muerte, la importancia de vivir la vida a fondo y de saber cuáles son tus prioridades son temas con los que convivo a diario, en parte por mis lecturas teológicas y espirituales, en parte por mi propia oración y en parte por lo que hablo con otras personas. En todo caso, después del accidente no se me quedó esa sensación negativa de lo que podía haber pasado y lo que eso me había enseñado… sino que, curiosamente, se fijó en mí esa sensación que yo había tenido desde que el coche se salió hasta que nos fuimos a casa en el taxi: que Dios estaba conmigo, que estaba en buenas manos.

Durante los días siguientes, cuando mencionaba el tema con algunos amigos, me resultó interesante ver las distintas lecturas que cada uno hacía sobre el mismo hecho. Por más vueltas que le di a lo sucedido durante esos días y por más interpretaciones que otros hicieron de ello, yo sigo con la misma lectura que hice aquella noche. No puedo interpretar demasiado deprisa que aquello tuviera un «propósito», porque cuando pasan cosas malas no creo que necesariamente tuvieran que pasar y menos aún que Dios las quiera, así que esto me hace difícil interpretar que cuando pasan cosas buenas es porque había una especie de destino sobre ellas; pero tampoco puedo negarlo muy deprisa, porque no estoy en la mente de Dios y no puedo negar que su presencia en las cosas que pasan es misteriosa y en casos como estos es fácil preguntarse de qué manera él ha estado presente. Mi conclusión es que lo que el accidente significó para mí como «milagro», es decir, como yo lo viví, no iba por esa línea del destino o el propósito divino, por más que sea una pregunta que surge de lo que pasó.

Lo viví como milagro porque, desde el mismo momento en que no sabía lo que iba a pasar, me confié y tenía la certeza de que no estaba dejada de la mano de Dios. Y percibí esa reacción como un don, como algo que surgió inesperadamente, ante mi sorpresa. Que todo acabara bien me ayudó a experimentar ese cuidado con más fuerza, pero aquella misma noche tuve la impresión de que esa sensación, que empezó antes de que acabara todo, habría permanecido aunque el desenlace hubiera sido distinto. Evidentemente no lo puedo saber, porque las cosas pasaron como pasaron. Pero me quedo con eso: Dios siempre está con nosotros, de maneras que no nos podemos explicar, y nada de lo que nos pase nos podrá separar nunca de él. Quizá eso es lo que significa «milagro»: que un acontecimiento de nuestra vida tenga la capacidad de hacernos creer en esa presencia, en esa promesa, y confiarnos a aquel que no dejará que nuestra vida caiga en el abismo de la nada.

«Alegraos y regocijaos»: llamada a no «apalancarnos»

Me ha gustado la reciente exhortación del papa Francisco sobre la santidad, que como muchos sabréis se llama «Alegraos y regocijaos» (curioso que sus tres exhortaciones apostólicas lleven la palabra «alegría», ¿verdad?). Lo cierto es que, al leerla, no me parecía descubrir nada totalmente nuevo, pues todo lo que nos recuerda el papa ya está en nuestra tradición. Pero sus palabras me han parecido muy oportunas en el momento en que vivimos, porque nos invitan a ir a lo esencial y porque lo hacen, además, con un gran equilibrio.

A quienes les gustan las «recetas» o los subrayados unilaterales, les habrá parecido un documento inclasificable. Y es que Francisco juega siempre muy bien con los equilibrios: su llamada a la oración constante no va en detrimento del compromiso con el prójimo y la implicación social; su invitación a la audacia no impide la paralela invitación a la humildad; el subrayado de la misericordia no atenta contra el de la justicia; el recordatorio de que necesitamos la gracia de Dios no resta nada a la necesidad de movilizar nuestra libertad para acogerla y obrar desde ese amor recibido…

Podrían añadirse más ejemplos, pero creo que son suficientes para sacar una conclusión: el papa nos está invitando a no «apalancarnos», no estancarnos en el camino de la fe, que es siempre un camino de conversión. Y esa conversión es totalmente personal, aunque haya rasgos comunes que derivan del propio Evangelio. Al hacer vida ese mismo Evangelio, cada uno encontramos unas resistencias distintas en nuestro propio ser y en los que nos rodean, así como algunos de esos rasgos que en nosotros son más espontáneos, o, por así decir, que nos cuestan menos.

Creo que es importante ser conscientes de que para que nuestra vida esté totalmente arraigada en Dios (que es lo que significa la santidad), debemos huir de acomodarnos en esos dones que tenemos o en esos rasgos del Evangelio que nos resultan más asumibles, porque podemos caer en la trampa de no crecer en aquellos que más nos cuestan, que suelen ser los que descubren precisamente nuestra pobreza.

Por poner un ejemplo: una persona puede ser de tendencia más contemplativa y estar muy cómoda en la oración, pero esa oración pierde su sentido si no lleva a una transformación de la vida concreta y a un compromiso con el prójimo. Por el contrario, otra persona puede ser muy activa e implicada con el prójimo, pero tiene el peligro de que el compromiso se desvíe del estilo evangélico si no lo alimenta de la oración, de estar con el Señor. No son realidades excluyentes entre sí, sino todo lo contrario: crecen recíprocamente. Pero es fácil que encubramos nuestra pereza espiritual a crecer en ambas intentando mostrar que la que supuestamente nos cuesta menos es «la que verdaderamente cuenta».

Otro ejemplo que se me ocurre sería el de la humildad y la audacia que comentaba antes: para quien tiene mayor tendencia a la mansedumbre y humildad quizá el peligro es acobardarse cuando debe decir la verdad; quien tiene como fuerte la audacia, es más probable que peque de poco delicado en las formas o de crítico destructivo en vez de constructivo. La humildad y la audacia no llevan de por sí ni a la cobardía ni a la falta de tacto, respectivamente, pero es fácil que caigamos en la tentación de quedarnos en el extremo que nos es más cómodo.

La síntesis de todos los aspectos la hace el Espíritu Santo en nosotros… pero hay que dejarle y ponerse a tiro. Para ello hay que empezar por reconocer que no somos perfectos y que siempre hay algo en lo que tenemos que crecer. O, dicho de otra forma: para poder ser santos debemos no «apalancarnos». El siguiente paso sería reconocer que el don que tiene el otro es tan necesario como el mío, aunque ninguno nos podamos «apalancar» en el nuestro. Pero eso lo dejamos ya para otro día… Os invito a leer la exhortación y ver qué os resuena más a cada uno.

Amar a nuestros enemigos

Los cristianos tenemos muy claro que Jesús nos dijo que amáramos a nuestros enemigos, pero últimamente me pregunto si realmente somos conscientes de lo que ello implica. Y digo «conscientes» no mentalmente, porque la idea la tenemos clara, sino existencialmente, en el corazón: ¿vivimos nuestra fe desde esta invitación del Maestro?

Por propia experiencia, creo que a veces la pasión por el Evangelio nos lleva no sólo a indignarnos ante la injusticia (que también), sino a dar un paso más allá: albergar sentimientos negativos hacia quienes cometen los actos injustos, incluso a juzgarlos. Es comprensible, porque nos mueve a ello el deseo sincero de un mundo justo para todos. La pregunta que nos tenemos que hacer es si vamos a conseguir esa justicia alimentando esos juicios o si, por el contrario, al juzgar a la persona estamos desencadenando más mal y más incapacidad de amor; por tanto, más incapacidad de justicia. Y digo juzgar a la persona, no sus actos; pues, aunque juzguemos sus actos como malos (incluso, aunque las consecuencias de esos actos deban ser asumidos por ella responsablemente), podemos creer que todo ser humano es capaz de bondad y que la mejor manera de ayudarlo a ello es amándolo.

«Amad a vuestros enemigos» no significa «amad el mal que os desean» ni «amad el mal que hacen». Significa «amadlos a pesar de ese mal, porque toda persona es valiosa y es capaz de bien si su corazón se convierte». No se trata de negar el mal ni de faltar a la verdad, sino de intentar mirar a cada ser humano como Dios lo miraría: como un ser débil, herido, pero capaz de mucha grandeza si sigue el camino adecuado. Es amar humildemente: desde la verdad, pero también con delicadeza, con misericordia.

Es muy difícil amar de verdad a quien nos cae mal, nos parece culpable o es incluso nuestro enemigo. No tenemos que hacerlo solos, sino dejar que Dios convierta nuestro corazón de piedra en corazón de carne para poder ser instrumentos suyos cuando realice esa misma transformación en el corazón de aquellos a los que, con nuestras solas fuerzas, nos cuesta amar.

Es una tarea difícil que solo puede ser emprendida cuando se la recibe como don. Y creo que nos hace falta recordárnoslo de vez en cuando. Dentro de la propia Iglesia no siempre sabemos amarnos así, e incurrimos en críticas dañinas en vez de constructivas o en enfrentamientos que no son fraternos, en vez de intentar transformar la realidad desde el amor. No desde el «buenismo», tampoco desde el juicio; sino desde el amor en la verdad. Ya lo dijo san Pablo: sin amor, no somos nada. Aunque lucháramos por la justicia, deseáramos una Iglesia más santa, intentáramos que las cosas fueran a mejor… sin amor, que es la esencia de Dios y por tanto su manera de hacerlo todo, todos esos proyectos se nos quedan por el camino. A esto apunta ese difícil envío: «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).

Cuando la tentación de (supuestamente) «amar más» nos haga «amar peor», cuando el «celo» por el Evangelio nos lleve al rencor o al odio, recordemos que Jesús no curó a todos los enfermos del mundo, ni liberó a todos los endemoniados, ni fue a todos los países… pero amó a todos los seres humanos y no odió a nadie, incluso cuando lo crucificaron. Ese amor nunca lo llevó a mentir a los demás sobre su verdad (incluyendo la verdad del pecado que cometieron), pero le hizo no juzgarlos (en el sentido de condenarlos), sino intentar siempre su conversión. Con las palabras de san Pablo, Jesús no cayó ni en el peligro de la inmoralidad (para Pablo, el peligro pagano) ni en el del orgullo (el peligro fariseo). A eso estamos llamados.

No es la Verdad si piensas que ya la tienes

Este año durante la Semana Santa he pensado mucho en el hecho de que todos los años «repitamos» la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, siempre intentando vivirla con profundidad e intensidad. ¿Para qué nos invita la Iglesia a hacerlo? Creo que es porque se trata del mayor misterio de nuestra fe, aquel donde todos los otros misterios se dan la mano, y necesitamos siempre contemplarlo de nuevo para que penetre más en nuestra vida y nos vaya transformando.

El peor error sería pensar que ya «sabemos» en qué consiste. Si pretendemos contenerlo nosotros, deja de ser el misterio pascual para convertirse en un esquema de nuestra razón. La mayor tentación es pararnos en nuestro camino de búsqueda de la verdad, porque en el momento en que nos detengamos estaremos haciendo un ídolo de la comprensión a la que hayamos llegado en aquel momento. La verdad es más camino que posesión. Cuando pretendemos poseerla… se nos escapó.

Lo mismo sucede con nuestra vivencia de la Semana Santa: cuanto más pensemos que «ya sabemos de qué va todo», cuanto más nos instalemos en lo que creemos que significa, más nos cerraremos a la infinita novedad que trae Dios siempre que lo dejamos entrar en nuestra vida. A veces la novedad es recuperar algo que cayó en el olvido; otras veces es aprender a pasar algo que «sabíamos» en la mente al corazón, es decir, a vivirlo; puede ser también una experiencia más novedosa o que rompe con lo anterior; a veces es identificarse con Jesús en alguno de los detalles de lo que él vivió, vivirlo en la propia vida… pero en todo caso siempre nos dice algo distinto, si estamos dispuestos.

Casualidades de la vida, después de hacer para mí estas reflexiones, empecé a leer un libro de Henri de Lubac llamado «Paradojas» y su segunda parte, «Nuevas paradojas». De Lubac comparte, según me parece entender, esta comprensión de nuestro acceso a la verdad como un camino constante que tenemos que recorrer poniendo en él con honestidad toda nuestra vida y dejándonos transformar por lo que en el transcurso nos vaya sucediendo. En definitiva, si nos encerramos en nuestros esquemas, dejamos de estar abiertos a la verdad que nos llega de la relación con Dios. Su verdad nos pone en marcha, nuestra absolutización de un esquema propio nos detiene.

Os dejo algunos fragmentos de su texto que no tienen desperdicio (las negritas son mías):

«Toda inteligencia es […] necesariamente abierta. La inteligencia que se encierra sobre sí misma, por mucha riqueza que haya almacenado, no puede mantener su tesoro intacto. Al contrario, se seca, se evapora o se pudre. Es precisamente esto lo que vemos en el caso en el que el pensamiento participa a fondo de lo eterno. El creyente que pretende situarse de una vez por todas en una determinada etapa de la expresión de la fe […] al cesar de creer y de pensar con la Iglesia viva, no sólo se priva de las matizaciones y precisiones nuevas, sino que pierde de vista la realidad y la sustancia misma de la fe» (Henri de Lubac, Paradojas y Nuevas paradojas, PPC, Madrid, p. 69).

«La inteligencia no busca naturalmente lo que es “inteligente” sino lo que es verdadero. El que la desvía de su fin, buscando cosas inteligentes, no es realmente inteligente. Por muy brillante que pueda parecer, el juego de su inteligencia es falso: algo más grave que si su inteligencia fuese simplemente deficiente. En él, la inteligencia se acicala, deja de ser robusta y sana y pierde toda su fecundidad.

¿Es la inteligencia la facultad de la verdad o la facultad de satisfacer, cueste lo que cueste, el deseo de claridad, de orden y de sistematización? ¿Es una fuerza de penetración en el corazón de la realidad o un instrumento para construir edificios mentales? ¿Es un medio para encontrar algo distinto de ella misma o debe simplemente segregar, por así decirlo, las formas que le complazcan?

Hay un culto a la inteligencia que, de hecho, la traiciona y se burla de ella, porque no es el culto de la verdad» (ibid. p. 72).

«No hay peor blasfemia contra la verdad que profesar su culto, negándose a admitir que, habiéndola encontrado, todavía hay que seguir buscándola» (ibid. p. 73).

«Lo que nos libera no es la sinceridad, sino la Verdad. Y ésta sólo nos libera porque nos transforma. Nos arranca de nuestra esclavitud interior» (ibid. p. 79).

«Se suele creer con facilidad y sin reflexionar demasiado sobre ello que la verdad consiste únicamente en la afirmación correcta de ciertas relaciones; que se adquiere toda ella a través de preguntas y respuestas; que su posesión no es más que la posesión de una suma de datos exactos, y que puede ser poseída por entero, dado que la inteligencia está hecha para ella. En definitiva, que no tiene profundidad alguna. Se suele creer que la verdad se opone solamente al error, sin tener en cuenta que también se opone a la “vanidad”. […] la verdad sólo puede ser perfecta en la posesión del ser. Ahora bien, el ser desborda infinitamente la capacidad de nuestros espíritus en su estado terrestre. Es decir, el ser es alcanzado por ellos, pero no realmente poseído. La verdad, vasta y profunda como el ser, debe desbordar también a nuestras inteligencias, para que éstas no cesen de alimentarse de ella. ¡Cuánto le cuesta dar sus frutos a un razonamiento tan sencillo!» (ibid. p. 82).

Invitándote a pensar si tu inteligencia busca realmente la verdad o complacerse a sí misma; a considerar si te quieres parar en el camino o continuar caminando… te deseo Feliz Pascua. Vívela como la novedad que siempre es.

Hambre y sed de vida verdadera

«…el hombre actual quiere vivir, sueña apasionadamente con la vida, pero lo que experimenta es tan solo el impulso del crecimiento biológico, una floración destinada a marchitarse; de ese modo, termina por alimentar una vida entretejida de muerte. […]

[…] el hombre de nuestros días, que vive en medio de la “multitud solitaria”, experimenta una especie de helada espiritual: tiene hambre y sed de comunicación, y solo encuentra la fusión que le proponen las ideologías o las sectas. El hombre de hoy tiende a considerar como represiva cualquier forma de paternidad, aunque al mismo tiempo se siente perdido y busca un padre que lo guíe y lo libere» (Olivier Clément, Los rostros del Espíritu, Salamanca, Sígueme 2015, p. 27).

Cuando leí este texto del teólogo ortodoxo Olivier Clément pensé que, al menos en parte, ha dado en el clavo en estas dos experiencias tan actuales. Por un lado, que deseamos vivir en plenitud; pero nos encontramos ante la paradoja de que ciertas formas de vida, aunque parecen “afirmarnos” más a nosotros mismos, acaban por dejarnos vacíos. Por otro lado, que no queremos estar ni sentirnos solos; pero con la paradoja de que muchas veces vemos lo que viene de fuera como algo que reprime nuestra libertad y, para evitarlo, nos encerramos en la soledad.

Deseamos la vida y la comunicación, dice Clément, pero solemos estar un poco despistados sobre dónde buscarlas. Quizá no están en conseguir por nuestro esfuerzo todo lo que queremos alcanzar en la vida. Quizá tenemos que salir un poco de nuestro “yo”. Quizá nos sentimos solos y perdidos porque hemos pretendido que tenemos que poderlo todo solos y que nadie tiene nada que decirnos sobre nuestra vida. Cerrados como una nuez, no dejamos que entre la verdadera vida que quiere dársenos.

Lo curioso es que, como dice este autor, a veces buscamos respuesta en la fusión (con los otros o con Dios), como si anular nuestra unicidad equivaliera a dejar de estar solos. El mensaje de la Pascua cristiana es que somos plenamente nosotros cuando estamos dispuestos a salir de este encierro, a reconocernos necesitados y estar dispuestos a entregarnos, pero eso no implica dejar de ser libres, sino comenzar a serlo de verdad. En otras palabras: cuando, sin huir de quienes somos, no pretendemos que nos bastamos y sobramos a nosotros mismos y descubrimos que nuestro ser se realiza en el amor.

Resucitar con Cristo es abrirse a una vida que solo nos puede ser regalada cuando estamos dispuestos a renunciar a la idea falsa que nos habíamos hecho de la vida. Si durante la Cuaresma nos hemos dado cuenta de las “falsedades” que proyectamos sobre nuestra vida, ahora que llega la Pascua es el momento de abrirnos del todo para que la vida entre, para escuchar a quien nos dice una palabra eterna.